Lección de Vuelo
LECCIÓN DE VUELO
Nunca añoré el cielo por su esencia, su
inmaterialidad, su existencia bella pero frágil, movida por los vientos. No
encontré animales entre las nubes que se movían siempre, tampoco extrañé
el color celeste cuando llovía y caían las columnas de agua. Me
mantenía contento en tierra mirando los atardeceres o amaneceres, maldiciendo
el calor abrasivo y disfrutando las templadas tardes de otoño.
Por eso el día que volé no sabía cómo sentirme, si
abrazar la emoción de un niño o asumir la indiferencia de adulto ante lo que
parece obvio para el resto. Sería un vuelo corto por el oeste de la planicie
del Anáhuac atravesando la aridez del Bajío. No habría grandes montañas,
bosques inmensos o caminos milenarios. Aún así quería mirar por la ventana,
como el ser curioso que soy. El peso de los años no me ha quitado la
expectativa.
Encontraría en el aeropuerto más comida, productos y
recuerditos que en cualquier supermercado cerca de mi casa. Los pasillos están
saturados de tiendas y de gente que espera con el rostro ansioso, cansado,
feliz o impasible. En ese lugar convergen los vientos y fragmentos de muchos
países y ciudades, traídos a diario con el incesante tráfico aéreo. Mi ciudad
es cosmopolita, cada vez vienen de más lejos. Quisiera moverme con esa
facilidad del viento, desaparecer entre rutas trazadas o inventadas.
Abordo el avión después de una larga demora. Ella está
a mi lado, somnolienta pero feliz. Me mira con ternura, como si fuera un niño.
Se burla de mi manía por querer ir en la ventana, como en cada viaje desde que
tengo uso de razón. Su presencia me hace soñar un poco más y mirar ese cielo
nublado como un gran telón que está por abrirse. Espero con ansias a que el
avión despegue. Nunca añoré el cielo, pero siempre quise saber qué se veía
desde él.
Instrucciones, protocolos de seguridad que la mayoría
ignoran. Es hora de irnos y disfrutar el breve paseo, que dura poco menos que
atravesar la ciudad de poniente a oriente. El despegue es emocionante, siento
el instante en el que dejamos el suelo atrás. Es una vibración fascinante en el
interior. Falta una hora para que anochezca. Como despedida, contemplo mi
ciudad, que se extiende en un infinito de casas grises hasta el horizonte; esas
colonias y calles que no respetan relieve alguno y desafían a la geografía,
porque la gente ha vivido donde ha podido.
Veo a mi ciudad y siento cariño por ella: existe
conmigo o sin mí. El cielo empieza a mirarse como un telón magnífico que rebasa
por mucho lo que ven mis ojos. Conforme ascendemos, sólo se nota el trazo de
las calles principales y los restos del viejo lago desecado parecen estáticos.
Desde las alturas desaparecen nuestros detalles cotidianos y aparece una
dimensión nueva desde la que apreciamos mejor nuestras idas y vueltas. Todo
cabe en una ventanilla de cristal sólido un tanto sucia. Nada hace más feliz a
un curioso que tener por dónde ver y por dónde escuchar.
El resto de la tripulación no me importa demasiado. Da
igual si piden comida o café, si se paran al baño o violan la disposición de
poner su celular en modo avión, si hablan en español o inglés. Ellos están
aparte con sus propios problemas. Tengo un cachito del mundo para contemplar en
estos minutos que vienen. Después de todo sí quiero ser el niño que,
entusiasmado, le cuente a su mamá lo que ha visto o imaginado mientras veía
algo que no conocía.
Dejamos la ciudad en poco tiempo, nos encaminamos
hacia ese infinito. El avión invade las nubes y ellas responden; mueven al
aparato de un lado a otro, se van como vienen con su consistencia efímera. No
son de algodón, sino que parecen marañas de pintura flotante que viven y mueren
sin pena ni gloria. Me impiden ver más allá, pero contemplo sus formas
caprichosas: no saludan, tampoco dicen adiós. Son el paisaje, la bruma del
sueño, el camino entre las alturas.
De entre las nubes no saldrán ángeles, ni tampoco son
fragmentos del camino al dominio celestial de la vida después de la muerte.
Desde aquí parece que el verdadero oasis de la existencia no está en los
cielos, sino que estos son miradores para lo que realmente supera en belleza y
complejidad nuestras vidas y pensamientos: la tierra debajo de nosotros, que
respira cada vez con mayor dificultad. Quizás el verdadero paraíso está oculto,
muy oculto delante de nosotros mismos.
Respiro con gusto. Soy feliz mirando esas planicies que
podrán ser áridas o trazadas por los campos agrícolas, pero que no dejan de ser
bellas a su manera. Las últimas luces rojizas del día iluminan los contornos
del horizonte, colorean las nubes. La penumbra que empieza a aparecer
lentamente cubre los pequeños poblados. El contraste del crepúsculo, en que el
día es devorado por la noche conmovería al indiferente, haría reír suavemente
al deprimido y callaría al escandaloso.
Parece que mis problemas han quedado debajo, hundidos
en el suelo. Quisiera que el viaje se prolongara por mucho tiempo, hasta caer
dormido recargado en la ventana, con ella entre mis brazos. Muchas veces es más
probable enamorarse del camino que del destino. Existen tantas formas de
reinventar lo que miro que nada sería igual dos veces. Y lo que ha creado el
ser humano parece pequeño…porque somos diminutos. Podemos ser absorbidos,
perdernos como un punto en el infinito, como una espiga en la maleza.
Estamos por aterrizar, lo ha anunciado el piloto con
cierta incredulidad. La oscuridad ya lo domina todo: las luces atraviesan las
tierras oscuras en hileras rectas y cuadrangulares; los cerros imponen su
presencia aún con la falta de luz. Detesto que el viaje esté por terminar.
Anuncian la temperatura y el estado de nuestro destino. Me siento como el niño
que percibe la desaceleración en el juego mecánico en el que estaba tan
divertido. Se nos acabará el pájaro de hierro.
Si tuviera un condenado motivo para soportar mis
labores o los desastres cotidianos sería poder viajar de vez en cuando. Poder
tener la libertad para la contemplación infinita, la reflexión ociosa y saber
que mis ojos han visto más de lo que han podido imaginar. No sé cuándo
terminarán mis días, ni de si habré de volverme ciego algún día o si el avión
se estrellará al llegar al aeropuerto. Sólo pienso en que no hay placer como
contemplar el mundo, una y otra vez.
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