Polvo Nuestro

POLVO NUESTRO
Teluria II 

Han pasado doce días. Las temidas réplicas no vinieron y las luces en el cielo resultaron ser producto de mi imaginación. Hemos vuelto a respirar con calma; he vuelto a bromear con mis seres queridos. Celebramos las fiestas patrias, comimos pozole hasta hartarnos, aunque habría deseado comer tlayudas de tasajo, sólo por recordar a Oaxaca. No mucha gente asistió a la celebración del grito. La gente prefirió permanecer con su familia. En la televisión recordaron a Chiapas y a Oaxaca, a todos esos pueblos donde la gente no celebraría cosa alguna y seguiría en la tristeza de haberse quedado sin casa o de llorar alguna muerte.

Es 19 de septiembre. Desde 1985, el día tiene un moño negro por sí mismo. Cada año se realiza un simulacro, precedido por la horrorosa voz de la “alerta sísmica”, que hemos juzgado de inútil tantas veces. No viví ese terremoto, mis compañeros en la escuela tampoco. Por eso, a las 11 de la mañana bajamos con toda calma, mirando el celular, comiendo. Esperamos el protocolo típico para volver a clases. Los voluntarios de protección civil hacen su esfuerzo. A casi nadie le importa. Pienso que sería mejor no avisar del simulacro. Sólo así lo tomarían en serio: hasta yo.

El día continúa con calma. Sabemos que hay más de tres mil réplicas del sismo del 7, pero lo peor ha pasado ya. Seguimos con nuestras vidas. 1985 parece distante a 32 años. Aún hay gente que siente miedo. Cada 19 los sismólogos salen de sus madrigueras a hablar en los medios de comunicación y los fatalistas hablan del gran terremoto que viene que quebrará hasta nuestras conciencias. Pero es 2017 y nada ha ocurrido. Es como un día más. Es la una de la tarde. Se hace tarde. Un parpadeo más. Viene, pero no lo sabemos aún.

*   *   *
Un salto. Tomo la mesa que está frente a mí. Mis compañeros a mi alrededor se miran confundidos. No hay alerta sísmica. Todo se mueve violentamente. Salimos desordenadamente al espacio abierto más cercano. Los edificios se bambolean de un lado a otro. La tierra cruje, las grietas nacen, los cimientos bailan sin control y los objetos empiezan a caer. Alcancé a tomar mis cosas, pero muchos no. Algunos gritan. Caras de desconcierto y temor por todas partes. Todo parece terminar muy rápido. Se va la luz, no hay señal de telefonía celular.

Son las 13:14, el tiempo es imperturbable. Pero es 19 de septiembre. ¡Cómo puede ser que tiemble de nuevo en este día! Sólo en México, nuestra surreal tierra donde el “no pasará” no existe. Todos miran sus celulares, tratan de ponerse en contacto con sus familiares. Aún hay internet. Los compañeros comentan entre sí con temor y curiosidad. Comienzan a aflorar los rumores: que si se cayó tal edificio de la escuela, que si pasó algo en el Centro o en la Condesa. No sabemos. Somos un montón de estudiantes con incertidumbre en una escuela asentada en el suelo más estable de toda la ciudad, que de todos modos fue sacudida.

¿Qué habríamos de esperar? Llueve la primera información: que fueron dos sismos, de Puebla y Morelos. ¿Cuál primero? Los rumores continúan. Los voluntarios de protección civil corren de un lado a otro: han sido puestos a prueba en el día menos pensado. El mareo nos hace pensar que la tierra tiembla todavía. No sé nada de mi casa y muchos tampoco. Marcamos desesperadamente. Queremos saber que están bien. Pero puede que pasen horas hasta que sepamos.

No tengo miedo, no, no. Estoy bien, mis compañeros también. Me preocupa el temor de unos cuántos, sus paranoias, la posibilidad de que me mate una estampida en lugar del crujir de la tierra. Los sismos son una extraña forma de comunicación del planeta para que recordemos que nada es estable para siempre y que el planeta es un rompecabezas interminable por las placas tectónicas. Ah, y que hemos decidido vivir en la ciudad construida en los vestigios de un lago, en un país donde chocan por lo menos tres placas. Pero somos mexicanos y nuestra lógica es distinta.

Al poco tiempo el internet se va. Mis compañeros miran al cielo y a los edificios como topos a los que se les perdió la madriguera. Escucho la radio. Ni el locutor ni los reporteros saben con certeza lo que ocurre. Hablan de edificios caídos en Cuernavaca y en Puebla. ¿Salimos intactos otra vez? La Ciudad de México aún no es mencionada. Esperamos unos treinta minutos. Nadie puede volver a los edificios. En cualquier momento llegará la réplica. Fue un sismo, no dos. No vino de la costa, de dónde siempre. Fue tierra adentro. Reina lo inusual. Decido ir a casa. Ciudad Universitaria parece estar a salvo. Suenan las sirenas. Desde un puente veo nubes de polvo en la ciudad. Hay un grito colectivo y no es el de independencia.

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No hay Metrobús y los túneles del metro podrían caer. Lo único que tenemos los seres humanos cuando lo construido por nosotros falla, es nuestro cuerpo. Camino rumbo a casa mientras marco desesperadamente, sin éxito. ¡Malditas compañías de telefonía! Los desconocidos se preguntan cosas, siguen caminos y buscan certeza. Los silencios duran poco. La transmisión en la radio es ininterrumpida. Han cerrado el aeropuerto. Pasan cosas en la Roma y en la Condesa, pero no hablan con claridad. Mis pupilas se dilatan cuando escucho del primer edificio en riesgo de caerse.

“Mi familia, mi familia, ¡chingada madre! ¿cómo están?” pienso. Y parece que todos pensamos lo mismo. Los automóviles quieren huir como caballos despavoridos, pero son demasiados y bloquean las calles. Los demás caminamos, con el pulso acelerado y el calor infernal que no tiene misericordia alguna. Camino con fuerza, me miran a los ojos. Mientras más escucho, más desconozco. El hormiguero de gente se ve a la distancia, por toda la Avenida Insurgentes. Nos golpearon, nos dieron. Estamos bajo ataque.

El sonido de las sirenas no cesa: aturde, reduce, alerta y consume cualquier mínima sensación de calma. El sismo ha pasado ya, pero el infierno podría estar por desatarse. A los reporteros en la radio se les quiebra la voz. La gente comenta inquieta entre sí en la calle y se arremolinan en torno a las televisiones de los restaurantes para mirar las escenas de último momento. El tráfico llega al punto del colapso. Las camionetas pickup y de redilas se cargan de gente que ruega por un aventón. Hoy, más que nunca, nadie tiene el camino asegurado a casa. Algunos no sabemos todavía si aún la tenemos.

Huele a desesperación después de caminar tantos kilómetros. Pienso en mis amigos, cada quién huyendo por su lado, porque en esta ciudad tan grande es muy complicado que tu compañero de clase o trabajo sea tu vecino. La soledad aprieta como una serpiente que absorbe el oxígeno, hace difíciles los pasos, da paso a algunas emociones que son neutralizadas por la adrenalina. El cansancio es un compañero. Mi casa no está tan lejos ya.

“Las primeras personas empiezan a ayudar, como pueden, a sacar los escombros de tal edificio caído” dicen en la radio. El número de los sitios afectados incrementa en sus voces a cada minuto. Se me arruga el corazón: “¿y sí cayó mi casa?”. Los pensamientos racionales y salvadores no sirven en la espiral de la incertidumbre. En una ciudad que ha empezado a respirar polvo, donde sus habitantes corren como pueden a sus madrigueras distantes, es difícil estar a salvo.

Me apresuro a llegar a casa, cansada, fatigada, después de haber caminado casi diez kilómetros bajo la tensión constante. Ahí está la fachada intacta y la puerta, con sus colores. Miro a mi hogar con amor. Me recibe mi familia, que está a salvo, con expresiones de profundo miedo. Me siento un momento, tomo un poco de agua. En la televisión se ve el Soriana de Taxqueña…reducido a escombros. Veía ese lugar casi a diario. Hoy es 19, maldita sea. La ciudad ya no es la misma: el caos la dominó.

*  *  *
Bendito y maldito sea a la vez el Internet. Me hizo estar enterada, saber que mi novio y mis amigos estaban bien; pero también me hizo ver los videos de los desastres en la ciudad, de la desesperación y los colosos caídos. Fue ahí que se organizaron las primeras brigadas de voluntarios que salieron como aventureros a mover escombros. En la aventura no se sabe a qué se va. El rescate de los atrapados es un poco como eso. Compartí información, rogué por qué mis compañeros desaparecidos dieran una señal de vida. Me sentí feliz de que mis seres queridos estuvieran bien. Pero no dije nada, ni fui efusiva. La adrenalina aún me dominaba y me destrozaba los nervios.

Salí intacta, pero quedé expuesta. Mi universidad, la UNAM, ya envió 1,500 brigadistas esa misma noche, que surgieron de las profundidades de toda la ciudad, con los rostros ansiosos y recién curtidos por el día; con las manos inquietas, los corazones agitados y un deseo de ayudar, ser útiles, sentir que ponían su voluntad en los otros, en su ciudad. Por eso desde ese día callaron los enemigos profesionales de nuestra generación: los más “egoístas” y “desinteresados” eran los primeros en moverse en masa.

No pude ir, aunque quisiera. Pero ya habría muchos días. Se suspendieron las actividades en todas partes. El sismo arrasó con la región centro-sur de la ciudad: Cuauhtémoc (Roma y Condesa), Benito Juárez (Del Valle, Narvarte, Portales), Tlalpan (Coapa), Iztapalapa y Xochimilco (San Gregorio Atlapulco y Santa Cruz Acalpixca). A unos pocos kilómetros de mi casa había construcciones caídas, muchas de ellas minutos después del sismo.

Pienso, me imagino. Unos fueron aplastados al instante, pero otros perecieron después de sentirse a salvo. La esperanza los traicionó, al igual que la confianza en esas paredes que parecen indestructibles. El espacio se les había venido encima. Supe que el Colegio Enrique Rébsamen había caído con muchos niños en su interior y la gente imploraba al cielo, con sus ángeles-rescatistas para que los salvaran.

¿Qué será de esos padres? Con las manos cubriendo sus rostros, porque no pueden usarlas para mover los escombros, rezando, pidiendo que sus niños sean tan fuertes como lo fueron en sus juegos cotidianos. Y los familiares que piensan con dolor en esas personas, en las últimas palabras que les dijeron, en los recuerdos atemporales, congelados en la mente. Los dueños de las mascotas atrapadas, con sus infinitas ganas de encontrar consuelo en sus compañeros peludos.

Es miércoles 20 y la Ciudad de México ha amanecido con más de 200 personas menos. Salimos de nuestras casas muchos de nosotros, porque haberse salvado no es suficiente y la calma podría matarnos por nuestras emociones y sentimientos de culpa. La mayoría corre a la Roma y Condesa. Otros a Tlalpan y a Taxqueña. Xochimilco parece el sitio abandonado por la vista de todos, y allá van muchos. Nos ponemos en contacto con los amigos. La semana pasada pudimos unirnos para ir por cerveza: hoy vamos a salvar vidas, a mantener y engrosar las brigadas, a ser por nosotros mismos un soplo de esperanza.

Hay brigadas por todas partes, no sólo de jóvenes. Unos toman pico, pala y casco para irse a las zonas de desastre; otros coordinan como pueden los centros de acopio que se llenan en pocas horas de víveres; otros preparan comida para voluntarios y brigadistas. Médicos, arquitectos, ingenieros, enfermeros y cualquiera de otra profesión se une para ayudar. La voluntad es tan grande como la desorganización. El gobierno es rebasado por la sociedad civil: no es ninguna sorpresa.

En Xochimilco ya hay más voluntarios que pobladores; la zona central rebosa de gente como en sus días de gloria, pero con un aire de desesperación. Miramos con nuestros ojos, ahí está todo: las grietas, los edificios y casas chuecas, los escombros, el polvo, las mareas de gente, el transporte de materiales de un lado a otro, el ejército que ha salido de sus cuevas-cuarteles y los de Protección Civil que parecen hormigas. La ciudad late, pero respira con dificultad.

*   *   *
No hemos parado en días y todo descanso es insuficiente. Pero la sensación más condenada es pensar que lo que hacemos no alcanza, ni es el esfuerzo que esperamos. Ayudar tiene una recompensa emocional, una gratificación que cura todas las heridas y golpes, porque así dejamos de sentirnos inútiles. Pero ha ocurrido lo increíble: las zonas de desastre regresan a los voluntarios porque son demasiados y los centros de acopio dejan de pedir ciertos insumos. México se ha superado en ayuda en esta traumática semana; aún si sigue reinando la confusión y la frustración.

Varios de mis lugares ya no existen o están en peligro de desaparecer. Mi querida Taxqueña fue azotada, al igual que mi lugar de paseos y entretenimiento cuando era adolescente: Coapa. Ahí en esos lugares de tantas salidas con amigos y citas errantes, de sonrisas, lluvias y andanzas. Pertenecemos a nuestras tierras, sólo que, a diferencia de las plantas, nuestras raíces son móviles. Y cuando a un mexicano le matan las raíces, reacciona con fiereza o desesperación; llora a moco tendido o en silencio, mientras mira al cielo en busca de respuestas.

El gobierno apenas ha aparecido. A nadie le interesa escuchar que Enrique Peña Nieto, el presidente, tuvo que volver de Oaxaca para atender la emergencia, ni que los secretarios del gabinete hicieron lo mismo. Nadie le hace caso a las ojeras de Miguel Ángel Mancera, de Osorio Chong, ni de Claudia Sheinbaum o incluso de Salvador Cienfuegos o Vidal Soberón, jefe militar y marino respectivamente. Sus voces son sólo palabrerías entre el polvo. En las calles se lucha por organizarse, por entenderse, entre las fuerzas públicas que buscan hacerse cargo y la sociedad que no quiere abandonar sus posiciones.

“No es igual que en 1985” es una obviedad que repiten en la televisión todo el tiempo. Hubo menos destrucción y un mayor flujo tanto de información como de desinformación. Aquí tenemos a los científicos instruyendo a la sociedad (esta vez sí son escuchados pacientemente) y a los sensacionalistas que hablan de otro gran terremoto anunciado por la ONU. Los rescatistas “Topos” pelean otra vez por lograr milagros. De Japón, España, Israel, Costa Rica, Chile, Estados Unidos y otros países vienen rescatistas a contribuir, con el agradecimiento-reticencia de los nacionales.

¡Ah, los perros! Condenados. No importa que lleven catorce mil años viviendo con el ser humano, porque siguen siendo despreciados por algunos. Los perros rescatistas ayudaron a señalar la ubicación de muchos heridos y caídos. Fueron otros héroes desinteresados, con riesgo de morir por la fatiga, que con sus simpáticas botitas atravesaron la destrucción. A su vez, otros perros y mascotas fueron rescatadas y puestas en albergues especiales.

Abrigamos a los damnificados, maldecidos sin querer. Que nadie venga a chingarnos con cosas de que nosotros lo provocamos por nuestros pecados, por no aprender de experiencias pasadas o por fuerzas mentales extrañas. No, no. Las patrañas no nos vienen bien. Nos movemos como podemos, damos un cachito de nuestra vida y recursos por los otros. La realidad se respira en las calles, se vive en los rostros, en la mirada de orgullo mutuo que intercambiamos cuando vemos a alguien más ayudando.

Pero no sólo es la capital. El epicentro fue en Morelos: el pequeño estado con forma de durazno mutante está destrozado, en casi todos sus pueblos. Las primeras brigadas corren hacia allá, al igual que a Puebla y al impasible Estado de México. Muchos entusiastas llegan, pero otros son asaltados. Que no mientan tampoco, de que todos los mexicanos son santos. Aún en las tragedias deambulan muchos demonios e hijos de puta dispuestos a aprovecharse de otro. Que sea de ellos el infierno, no de los inocentes.

El mundo nos tiene en la mira, con su ayuda y oraciones. Los rescates se vuelven traumáticos en Taxqueña, la Roma y particularmente en el Enrique Rébsamen, con todo y la sospechosa telenovela de una niña que por razones inciertas nunca existió. Ha llovido en las noches. Aún el bien tiene sus huecos, sus vacíos y poros expuestos. Debemos cuidarnos entre nosotros, permanecer alertas, dialogar. La ciudad puede levantarse de nuevo.

*   *   *
No, no otra vez. Suena la alerta sísmica el sábado por la mañana. Me incorporo tan pronto como puedo, pero el movimiento es nulo. No obstante, el susto mata a dos personas de un infarto. Ya no estamos para esto. Regreso a la cama desconcertada, me acurruco en las sábanas, me siento sola y vulnerable. No importa qué tanto nos digan que estaremos bien, porque no hay ley que reine sobre el subsuelo y toda plegaria parece inútil.

No he confesado nada realmente. He visto el dolor en mi ciudad, declarada zona de desastre por primera vez desde que tengo uso de razón. No he llorado, ni pedido nada. He dormido, pero sin sentir la paz tranquilizante del que descansa sabiendo que habrá un buen día al despertar. No he dicho a mis seres queridos cuánto los amo. Hay heridas que tardan en sanar; no todas son superficiales. Es poco confiable aquel que es indiferente, castigado por el látigo de nuestras emociones a flor de piel.

Soy una mujer con el rostro triste. Siento que tengo una pequeña grieta dentro de mí, y que muchas personas tienen grandes aberturas a punto de colapsar. Los sismos no sólo derriban construcciones o árboles, sino que destruyen vidas, entusiasmo, esfuerzos, voluntades, espíritus entusiastas y provocan un miedo que se vuelve un huracán sin fecha de salida que se lleva todo a su paso en nuestro interior. Vivimos ya con temor y nada será como antes. La ayuda es terapia. Encontrarnos los unos a los otros es lo que provoca que no nos liquidemos a nosotros mismos.

Sábado, Ciudad de México. Mi ciudad, mi condenada ciudad, que permanecerás reviviendo de tus ruinas una y otra vez. Te hablo con mi voz quebrada sin llanto, jurando que te recuperarás pronto. No serás la misma de mis recuerdos, pero quizás seas más bella, moldeada por nuestras manos y las vidas que depositamos en ti. Somos en ti, pertenecemos aquí, no nos iremos. Tus hijos han caído, nuestros corazones están rotos. Pero tú, urbe surrealista que ríe ante la adversidad y hace encantadores sus vacíos, nos demuestras que aún hay más. Tienes vida, nosotros también. Nos curaremos. Ciudad nuestra, dejemos de temblar: la bandera mexicana nos envuelve.




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