Armisticio
He estado ansiando la caricia como una promesa vespertina que
jamás llega. He visto los rayos del sol incidir con timidez en tu rostro
mientras viajamos por este camión. La tarde se hunde sin vacilaciones, la
posición de las sombras es efímera. Dices que vamos a un lugar que conoces,
pero apenas recuerdas el trayecto. Después de consultar una y otra vez los
mapas del celular te has rendido a la intuición. Esos ojos que apresan los
pensamientos ociosos deben saber cuál será el momento de bajar. Es primavera,
la primera que no es aborrecible para mí.
Se nos olvida el día que es, quizás porque no se parece
ninguno. Nuestra historia es un capricho que cuesta resumir: muchas pequeñas
acciones y pensamientos que llevaron a la resolución del instante idóneo.
Martes 27, 14:13: uno frente al otro sin saber nuestros nombres, comiendo en
las llenas mesas de un parque; luego, tus ojos cerrados, tus dedos
tamborileando una canción cualquiera y
tu pie distraído que fue a impactarse en un feliz puntapié mortal a mi espinilla.
Las disculpas, la conversación, la sonrisa, el sabor afrutado de la comida…tu
nombre, el mío. La primera de varias conversaciones infinitas.
Desde entonces recuerdo tus miradas de cansancio y una
sonrisa que haría transparente una máscara oscura. Siempre he dudado de tu
origen. Esa voz con matices de guitarra eléctrica setentera me ponía a pensar,
al igual que tu cuello largo y el aroma a niebla de tu cabello. No son cosas
que uno encontraría a menudo. Vienes de las tierras del oriente de la ciudad, en
esos barrios que no conocen límites históricos ni temporales y que se extienden
hasta el horizonte; bordean los cerros agónicos, antes siempre verdes.
Tus cejas brillan como pinceles impresionistas. Me acerco a
ti sin notarlo, volteas y sonríes. Afuera la ciudad parece respirar tranquila.
Caeríamos dormidos de sentirnos tan relajados. No ha habido enfrentamientos en
varios días. Las balaceras se han detenido en la mayor parte de la ciudad. Y
aún no conocemos a qué le debemos esta tregua inesperada. En los últimos años
vimos cómo se multiplicaban y dividían grupos armados entre nuestras calles. Al
igual que la violencia en el resto del país, la muerte parecía a veces distante
y en otras respirar en nuestro cuello. Las víctimas eran desconocidas y cada
cierto tiempo, algún conocido o amigo de toda la vida.
Respiramos tranquilos sin el estruendo de las sirenas y el
olor a cal; sin los rumores de pánico y los niños ociosos en sus casas, después
de haber sido canceladas las clases una vez más. Allá en las zonas ricas viven
poco de esto. Algunos viven con calma todo el tiempo, otros no pueden dormir.
Nosotros estamos en el medio, volviéndonos cada vez un poco más locos, con una
juventud quebrada por el miedo. Tenemos heridas invisibles. Hemos soñado que
las balas caen sobre nosotros sin razón, un día cualquiera, a las 4 de la tarde
o al volver a casa por la noche.
Ojalá la paz fuera duradera, o que el conflicto fuera una
simulación. Encuentro calma en tus manos, que juegan con mis dedos. Colocas mi
mano en tu pierna izquierda, te miro con complicidad. Tus ojos reposan sobre
los míos, como si me pidieras que no me fuera, recargas tu cabeza en mi pecho.
En estos tiempos, todos nos protegemos, sin importar el género ni las viejas
costumbres. La cuestión en estos momentos no es el amor solamente, sino si
podemos transitar juntos estos días de fuego.
Nos refugiamos en nuestros labios, y los besos son como un
amanecer lluvioso; como si nuestra piel tuviera pequeños charcos que sirven de
espejos para los rayos solares. Tengo tus caricias aquí al fin, tu piel bajo el
calor de mis manos: el silencioso deseo que grita en nuestra mente y nos hace
olvidarnos del resto. Tenemos derecho a ser nosotros sin sentir culpa y vivir
en el lamento. Nos quejamos y nos contradecimos, pero vivimos. Y la vida es la
forma en que muerdes modestamente mi boca, en que orientas mis manos.
Mientras tanto el camión sigue su rumbo. El viento entra por
la ventanilla. Sigo tu mirada ansiosa que aprecia y se lleva los detalles de
los lugares, que fabrica historias, recrea e inventa conversaciones, coloca
silencios y sonidos, y que tiene el derecho de decidir dónde empieza y termina
el paisaje. Mente de cineasta que hará quizás cien cortometrajes e imaginará
diez mil. Admito que me siento ingenuo con tu creatividad. Y ojalá que
pudiéramos realmente grabar y fotografiar lo que sea: que nadie destruyera
cámaras ni vidas.
Déjame encontrar las estaciones del año en ti: la ciudad ya
no las tiene más. Llegará quizás el día
en que nos conozcamos más con el silencio, pero mientras tanto tenemos este
enamoramiento, que no tiene ni planes ni días definidos: solo los instantes
conectados. Los ríos escondidos bajo el asfalto pueden correr sobre nosotros,
mis relieves encontrarse con los tuyos. Y en esta geografía caótica en que nace la paz en las calles, ya no me
importa al lugar al que vamos.
Dicen que las respuestas llegan cuando no pensamos
obsesivamente en las preguntas: como una gota de agua que cae sin razón de un
cielo azul. Distingo en tu mirada el brillo del recuerdo y así puedo saber que
hemos llegado. El camión apenas nos deja bajar. Ahí está ese parque que ambos
frecuentábamos de adolescentes, a pesar de que nunca fuimos juntos. En verdad
pudimos vernos tantas veces, que quizás solo el destino nos mantenía ciegos.
Tal vez un día me fui con tu recuerdo sin saber tu nombre.
El espacio tiene un aroma a abandono, a recuerdos fantasmas.
Caminamos tomados de la mano riendo hacia los pasillos que forman los árboles.
Me detengo a besarte, y dejas caer tu cuerpo sobre mis brazos. Tengo miedo de
que te desvanezcas, de no volver a verte. Este es el momento exacto en que nos
tenemos y la caricia no es más una promesa. Frente a los días de guerra
corremos entre los árboles que quedan hasta alcanzarnos como un par de niños jugando.
Nos miramos. Haremos el amor y tendremos la vida, quizás hasta que el
armisticio termine.

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