Venas Rotas (LST)
LST
Aquella noche él tuvo sueños volcánicos. Al despertar, sólo
recordaba que su cuerpo estaba tirado en el suelo y a su alrededor corrían
riachuelos de lava. El calor había ennegrecido su piel, no podía levantarse.
Derramaba sus últimas gotas de sudor, se sentía prisionero y castigado sin
saber por qué. Luego escuchó otra expulsión salida de la tierra, atronadora. Las
columnas de humo se elevaron y la roca incandescente voló por el cielo. Llegó
entonces la ola de lava que sumergió su cuerpo: dejó de existir. Al abrir los
ojos en la madrugada sentía pesado el cuerpo, como si estuviera asfixiado bajo
kilos de ceniza.
Estaba solo. Tanto hacer y al final se mantenía la misma soledad. Él sabía que el
infierno era frío y que nadie realmente podía describirlo con precisión con
palabras: cada noche lo sentía en carne propia. Los tormentos dantescos y
aquellos que no se le habían ocurrido al florentino llegaban con detalles
demasiado vívidos. A veces dudaba de si la realidad eran los castigos
infernales y la misericordia despertar entre la niebla de la frustración
personal y los problemas modernos.
Un día cualquiera, buscando consuelo, había ido a un
confesionario. Era la tarde de un martes, apenas pasadas las seis de la tarde
en un día que había nacido caluroso y estaba por desvanecerse entre una lluvia
fría. Despertó al padre, quien estaba en pleno sueño vespertino, e inició con
una declaración brutal: los pecados capitales eran su droga y no sabía cómo
deshacerse de ellos. El de la sotana escuchó con cuidado, pero a cada momento
sentía más miedo. Terminó por despedirlo: el confesor mismo se quedó haciendo
la penitencia.
Él no sabía en qué momento se había ido al carajo todo. Los
vecinos ya no recordaban su nombre y su presencia era como una sombra que
generaba miedo, a pesar de que su aspecto no se diferenciaba mucho de cualquier
adulto citadino. Con el tiempo se había quedado solo, con una familia distante viendo
apenas a algunos kilómetros, amigos riendo en otros aires y un historial
amoroso irritante. La vida le sabía a polvo desértico, hallaba tristeza en los
jardines y una falsa felicidad en los videojuegos.
Sus coqueteos fallaban en las primeras palabras. Mirar
parejas tomadas de la mano caminando por las calles le causaba una ira terrible
que sólo podía desquitar golpeando con furia la pared (sólo soportaba tres
golpes). En las peores noches hallaba paz momentánea los primeros cinco minutos
que empezaba a mirar pornografía. Terminaba ansioso y frustrado; sentía
impulsos de odio contra su cuerpo y al terminar su masturbación furiosa sentía
un vacío que no lo dejaba dormir. Contemplaba las sombras que la mente crea en
la oscuridad, hasta que se quedaba dormido y los tormentos de los sueños
empezaban.
Leer le irritaba porque envidiaba a los personajes. Detestaba
que le dijeran que la vida estaba allá afuera, porque en el exterior sólo
encontraba hostilidad. Otra tarde fue una clínica con una solicitud extraña: le
exigió a las recepcionistas que le dejaran entrar a un consultorio para que un
médico le tomara los signos vitales. Se creía muerto, quería una evidencia de
su vida. Ellas lidiaron con su desesperación. Le tomaron la presión, que estaba
bastante agitada, le hicieron un chequeo rápido y le dijeron que, en efecto,
estaba vivo. En la bolsa de su camisa dejaron la tarjeta de un psiquiatra del
mismo lugar.
La tarde siguiente, al volver a la clínica, se encontró con
que el lugar estaba en pleno proceso de demolición: el inmueble había sido
víctima del sismo de meses atrás. Se llevó las manos a la cabeza, se dejó caer
en la acera de enfrente. Un sudor frío le recorrió la espalda, pero escuchó su
corazón latir. Vio los moños negros y las flores secas en la improvisada pared
de madera que separaba los restos del lugar de la calle. Se pensó difunto de la
tragedia, su mente se elevó como si fuera héroe de un desastre inevitable. La
muerte en el sismo podía perdonarle todos los pecados y dejar su legado en un
estado honorable: quizás su nombre aparecería en algún memorial.
Al contemplar, meses después, el monumento en honor a los
caídos sintió una gran tristeza de no ver su nombre. No pudo derramar lágrimas,
pero al poco tiempo algo brilló en sus ojos: el deseo. Tomó el dinero que le
quedaba para la semana y fue a darse un festín en su restaurante favorito.
Consumió más de un kilo de carne en cuestión de media hora, con gran voracidad.
El espacio entre sus dientes quedó cubierto de trozos de carne, su boca
salpicada de vino exclusivo. Pensaba que si comía más rápido sentiría el sabor
mezclado con adrenalina.
Pero en el sabor no encontró más que el habitual vacío. Pensó
que si comía como emperador romano sentiría el placer infinito: el resultado
final fue una amenaza de indigestión. Al calcular la cuenta por sí mismo se dio
cuenta de que el dinero no alcanzaría; además, la noche aún no terminaba. Se
decidió por solicitar al mesero el cálculo, y al notar que era el mismo, soltó
algunos billetes. Dejó pasar unos
instantes en los que el mesero esperó que sacara el resto de los billetes o la
tarjeta negra que paga lo impagable, con una jugosa propina de rico excéntrico.
Aprovechó el descuido para golpearlo con la charola y correr despavorido.
En un movimiento inusitado, evadió a los de seguridad y salió
disparado por la calle. Al poco rato escuchó el sonido de las sirenas, de las decenas
de patrullas que cubrían esa zona, la más lujosa de la ciudad. Se escondió en
el confesionario de una iglesia cercana y al poco tiempo, vomitó sobre la
estructura de madera. Aún con la boca sucia, sonrió con la boca torcida y los
ojos saltones. No era placer, pero sí un hormigueo inquieto que lo hacía
sentirse vivo después de meses de sequía y tormento.
Cuando escuchó que alguien venía, salió corriendo a toda
velocidad. Era el padre de esa iglesia. Lanzó una bendición al cielo y corrió
presuroso a cerrar las puertas, antes de encontrar el verdadero desastre del
confesionario. Mientras tanto, escapó del barrio rico, aún con sus billetes
mugrientos y salpicados. Se dirigió a un prostíbulo que siempre había
contemplado en sus días ociosos: en ellos, se quedaba un rato en la acera de
enfrente mirando los gestos de los hombres al salir y la discreción con la que
las prostitutas entraban.
Se imaginaba como un hombre poderoso a quien le abrieran la
puerta y lo llevaran inmediatamente a una habitación, donde estuviera la mejor
de ellas: la ideal sin que él hubiera abierto la boca. Se acercó con la
seguridad de un maníaco a la puerta y mostró los billetes como pase de acceso.
Los guardias dudaron, pero finalmente lo dejaron pasar sin dejar de vigilarlo.
Ninguna de las mujeres lo miró de forma sugerente, más bien, lo ignoraron. Eso
lo irritó. Se acercó a una que estaba de espaldas, le sonrió, le mostró los
billetes. Subieron unas escaleras, la cama parecía el templo prometido.
Le pagó primero, todos los billetes acabaron en manos de
ella. Ella lo miró enloquecido, y sintió una inquietud extraña. No sintió
miedo, sino una sospechosa curiosidad que era distinta a la que había
experimentado con otros hombres inusuales. Él se desvistió, le quitó la
lencería con suma torpeza. Se abalanzó como una fiera errante y de su boca
salían impulsos de furia propios de un monstruo desorientado. Todo acabó en
cuatro minutos. Ella no hizo gesto alguno. En el silencio de los instantes
posteriores no hubo redención ni paz.

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