Sábana Blanca



SÁBANA BLANCA
Ahora que estoy condenado al silencio voluntario y sensato, pienso en esa escena. Alcanzo a rasguñar la comprensión de las obras violentas de Goya y los arrasadores versos de Vallejo. Veo mi reflejo viviente y poco vistoso en los espejos de la ciudad, siento el temblor de las calles y que las miradas de los animales me culpan por pecados anteriores. Recuerdo la sábana blanca, siento que salgo disparado de dónde estoy y que nada puedo hacer.

Lunes por la tarde, me retiro del hospital con mis manos entumidas, sin saber si están vacías o llenas. Tengo la mirada en un cielo que parece haber estado nublado siempre, a pesar de que hemos tenido la primavera más terriblemente calurosa en años. Jardines opacos, viento expectante. Los pasillos y corredores son los lugares de la espera más larga e irritante. Sitio donde se conjugan temor y esperanza; rezos, ruegos y veredictos implacables. Espacio de desesperación, círculo intermedio, reino de incertidumbre entre vida e inframundo. Los lazos se estrechan, pero la vida por sí misma tiembla.

Camino sin contar mis pasos, sintiendo el peso de la soledad en mis hombros y el regreso a casa, que quizás no será tan largo, pero sí cansado. Alguien habla a mi espalda, no escucho…una vez, dos, tres. “¡PERMISO!”. Entonces volteo. Un hombre de blanco (médico, enfermero, lo que sea) lleva en una camilla lisa a una figura humana envuelta totalmente por una sábana blanca. Se mueve presuroso, seguido de cuatro familiares que siguen la trayectoria. Avanzan con rapidez, quieren evitar las miradas, pero todos volteamos.

Me hago un lado del pasillo, quiero seguir caminado, pero en cierto punto me detengo. Contemplo una vez más el cuerpo caído. Unas cuerdas amarran la sábana en puntos estratégicos como el cuello. En la cara del que lleva el carrito, uno de tantos Carontes modernos, distingo el cansancio, pero también el hábito de ser la enésima vez que hace esa tarea. A sus espaldas carga a los familiares, que no lloran, ni vociferan. El paso acelerado da lugar al dolor, pero no a las lágrimas. Para el muerto es el final, pero para ellos no.

Muerto. ¿Cómo más podríamos narrar esto? La crudeza de los hospitales da lugar a pocos sustantivos metafóricos en las conversaciones y declaraciones. La gente quiere saber con claridad cómo está su paciente: si vivirá o morirá. El cuerpo humano es aún indomable e impredecible en muchas cosas. Médicos y enfermeras lo dicen lo mejor que pueden; los mejores no sólo lo son por sus habilidades profesionales, sino por explicarnos todo como los niños ignorantes y desesperados que somos en temas de salud.

Con los pies por delante, sin volver a respirar jamás. Generalmente, no elegimos ni el principio ni el final de la vida: nuestro reino es el del intermedio, el cual seguimos sin entender. Aún el suicidio es más un acto de escape, que de muerte. Escapamos porque no podemos con todo, o no creemos hacerlo. Pero el abismo no siempre es una opción. Y esas personas que siguen presurosas el carrito tendrán que decidir el destino final del cuerpo, el cual ya está condenado a desaparecer.

Será el fuego o la tierra. La carne no es eterna. No sé a dónde se dirigen, los sigo con la mirada hasta que me siento con la dignidad de volver a caminar a la salida. Respiro con dificultad. La visión de la muerte llegando por la espalda corta mis pensamientos y me deja aún más indefenso. No hay consuelo en mí para esos desconocidos, y mis palabras son parte de una marea confusa que merece ser ignorada.

Por los pasillos y aún afuera yacen quienes esperan. Ojalá todos tuvieran la respuesta instantánea. La verdad yace ahí todo el tiempo, esperando a que sepamos interpretarla. Ellos vienen de todas partes del país, confluyen hacia un mismo lugar, como en cualquier país centralizado. Sus tierras son distintas, sus voces responden a aires con otro aroma, pero la humana desesperación es la misma. Algunos dan su sangre, pero todos ofrecen su tiempo y la ruptura de su rutina que los alimenta para no dejar solo al caído, a su caído.

Dialogan entre ellos, hacen amigos momentáneos. Comparten sus motivos para estar ahí, como quienes están presos. Calculan las horas, cuidan su dinero para repartirlo entre insumos médicos y una pizca de alimento. No duermen ni aunque tengan los ojos cerrados. No es lugar para el descanso. La espera agota. Hay mucha fe en los milagros, pero nadie sabe realmente si el santito ha depositado su mirada en ellos, o en otra parte…o en todos los sitios de un país quebrado donde son invocados.

La visión que tuve no es única. Esos trayectos desesperanzadores en los que no hay nada que hacer se repiten por montones. Algunos caen antes de llegar al hospital. Unos tienen claro que el final viene, otros entran confiados para no volver. Cuando miramos algo así, deseamos que nunca nos ocurra. “¿Por qué no puedes salvarlos a todos?”, pregunto al cielo. La respuesta no llegará, pues la pregunta es sentimental pero absurda. Yo no soy quién para decidir quién sigue y quién se va.

Después del hospital, la casa es más cálida y apacible. Hay un tiempo para recuperarse y pensar. Mejor la comida presurosa de los seres queridos, que la de las oscuras cocinas; la cama propia es un paraíso de ensueño sin más sonidos de instrumentos médicos, rondines interminables, dolores ajenos y pensamientos fatalistas. El centro de curación es también un epicentro de tormentas humanas  con el que lidiamos como podemos.


La sábana blanca no es una pesadilla ni una fobia. Es una realidad cruda que no podemos cambiar y que seguirá más allá de nuestras vidas. El hospital continuará conjugando la paradoja de la vida y la muerte. Algunas heridas no se curarán, en otras los puntos permanecerán para siempre. Seguiremos teniendo dudas y esperando. La Ciudad de México, con su infinidad de climas, seguirá manteniendo una nube permanente sobre los hospitales. Tendremos esperanza, agarraremos a la vida del brazo y cuidaremos nuestras espaldas.



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