Lucha de Clases


LUCHA DE CLASES
Nos atrapó. ¿por qué nosotros?: no lo sabemos. Era la tarde de un miércoles de septiembre. Miranda y yo acordamos de vernos en el metro Insurgentes Sur, ese que tiene una misteriosa salida a la tienda de Liverpool. Pero no íbamos de compras. Le había prometido que la llevaría a conocer el melancólico Parque Hundido, un pequeño espacio verde con un sutil olor a frituras y un olvidado reloj floral que lleva años sin funcionar.

 Reinaba el sonido del abandono. Caminamos por los bordes del parque y descendimos a los corredores que siguen un orden que parece laberíntico. De vez en cuando aparecían oficinistas comiendo plácidamente. Ella, estudiante de fotografía, me contaba sobre su proyecto visual de reconstrucción de un caso de feminicidio: la escuchaba con interés. Notaba su entusiasmo y, a la vez, temor por el tema de la violencia. En eso un hombre pasó a nuestro lado en bicicleta. Muy cerca, tal vez, demasiado.

Optamos por sentarnos a seguir platicando y disfrutar la tarde. En los espacios de silencio me preguntaba si esa sería la tarde memorable con ella que había estado deseando. En eso llegó él: lo vi desde que venía a varios metros de distancia. “Otro güey a pedir dinero”, pensé, con un gesto de molestia. Era un hombre de mediana edad, de estatura baja, con una barba desgarrada, voz de una dureza frágil y una chamarra desgastada; la piel morena, cabello crespo, el ceño fruncido y la mirada ejecutora.

En efecto, pidió dinero: “Voy a ser claro. Yo vengo de la Colonia Morelos. Venimos en grupos de 5. Les explico. Ayer unos hijos de la chingada, así morritos ricos, estaban echando carreras en moto cerca de nuestros barrios. Atropellaron a una niña y se largaron, no dieron la cara. Está en el hospital Xoco, su familia no tiene para los gastos y nos organizamos para hacer lo que se necesite, ¿me explico?”. Su ligero titubeo tenía un rasgo de amenaza.

“No tenemos dinero ahorita, disculpa” le respondí. Él negó furioso con la cabeza, clavó su mirada en mí. “No me voy a ir sin nada. ¿Quiénes son ustedes o qué?, ¿qué hacen o a qué se dedican? Son igual que esos culeros, morros que andan haciendo pendejadas.” Negué nuevamente, Miranda también. El hombre apretó los puños y exigió respuestas. Decidimos responder.

Le dije que éramos estudiantes universitarios. ¿Qué tanto dinero podíamos tener?, ¿cuál era nuestra culpa en todo esto si seguramente estábamos haciendo tarea o perdiendo el tiempo en las redes sociales cuando atropellaron a esa niña? Él tomó un tono burlón: “Estudiantes… ¿estudiantes de qué? Si se parecen a esos morros. Allá en el barrio todo se respeta y se paga, ¿me explico? No somos iguales, no nos vamos a ir sin venganza, ¿de dónde vienen ustedes dos?”.

Ella de Nezahualcóyotl: respuesta correcta. Pude haber dicho lo mismo, pero me nació un orgullo por mis calles entrañables cerca de Mixcoac, debajo de Plateros, las unidades habitacionales decadentes que se volvieron una de las tres zonas más peligrosas de la ciudad. “¿El barrio le da legitimidad sobre nosotros?”, pensé.

Nuevamente la discusión se tornó contra mí, a Miranda: “El problema no va ahorita contigo, señorita”, le dijo. Un vendaval orgulloso lo cubrió: “Nosotros en el barrio tenemos huevos, no nos andamos con mamadas, ¿me explico? No permitimos que chamaquitos pendejos se salgan con la suya. ¿Qué la policía? Chingaderas, acá nos defendemos, ¿me explico?”.

Estaba a centímetros, con las manos sobre sus rodillas, las venas saltadas y los ojos cada vez más oscuros. Miré el panorama: podíamos correr por uno de los andadores si lo derribaba. Pero allá a lo lejos estaba el hombre de la bicicleta que nos había rebasado poco antes. Por allá otro de gorra que miraba la escena. Estábamos rodeados.

“A ver, ¿qué celular traes?” me increpó. Negué nuevamente, pero permanecí en un silencio expresivo que gritaba: “No cabrón, lo compré con mi dinero. No por tercera vez en dos años”. La tensión incrementó. Miranda olió el rancio aroma que viene antes de los golpes y sugirió prudentemente: “Dáselo”. Cedí a su voz, no quería que le hicieran daño. Lo miró por delante y por detrás: un Motorola negro sin mucho lujo.

Perdió su prudencia contra ella, también le pidió su celular. “A ver cuánto dinero traes en tu cartera”. Tomó los pocos billetes arrugados que me quedaban. El hombre, distinguió que arropábamos nuestras mochilas como si fueran nuestros hijos: eran nuestras cámaras fotográficas. “¿Qué traen ahí?”, preguntó. “Nada, nuestras cosas, somos estudiantes” le repetí con la voz ronca de coraje. Otra vez la tensión, pero desistió. Miró alrededor: mucho tiempo para un asalto, ya era tarde.

Nos dio una indicación: “Pongan atención. Se van a quedar aquí sentaditos, sin moverse. Pobres de ustedes si se levantan. Van a esperar hasta que pase una bicicleta, ¿me explico? No mires para dónde me voy, cabrón. La mirada al suelo”. Nos miró a los ojos una vez más. Distinguió quizás la frustración detrás de mis anteojos y la mirada expectante de ella. “¡Dale un abrazo, cabrón! Eso, abrázala, bien. Ahí quédense.” La abracé, mis músculos estaban tensos.

Lo vi irse a velocidad moderada. Nos despojó sin armas: sin una navaja en mi garganta, sin una pistola apuntándonos. Se largó. La bicicleta jamás pasó. Ella estaba tranquila, reía nerviosa y trataba de tranquilizarme. Yo quería ir tras él, mostrarle a golpes que la violencia de la ciudad también estaba en mí y que su barrio podía irse mucho al carajo. Huimos del Parque Hundido: la gente seguía descansando y comiendo, también permanecía impasible el aroma a abandono. El hombre se fue creyendo que hacía justicia contra nosotros: niños burgueses estúpidos. El “barrio” contra estudiantes que tenían más de proletarios que de fifís. Lucha de clases.



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