Laberinto
Ya se perdió. Voltea para un lado y para otro. No tiene la
menor idea de donde se encuentra. Sólo ve paredes viejas a su alrededor y un
sinfín de escaleras que ascienden hasta el cielo y se pierden más allá de la
vista. Da un paso y siente que se equivoca. Intenta corregirlo y se vuelve a
equivocar.
Ha perdido a su madre mientras escapaba lleno de curiosidad detrás
de un ave rara que voló caprichosamente entre los pasillos que conectaban
varios edificios habitacionales. Cuando quiso volver, ya era imposible. Trató
de gritar y sólo el eco le respondió. Luis empezó a caer en desesperación.
Sus pasos errantes finalmente lo llevaron a un sitio. Un patio
de adoquines, cubierto de pasto seco y un profundo olor a olvido. Miró hacia
los edificios, enormes y viejos, que bordeaban el lugar. Había un montón de
ventanas, más de las que podía contar. A nadie de los que vivía ahí le
preocuparía un niño de diez años dando vueltas ahí.
Luis salió del patio y comenzó a vagar por un pasillo.
Encontró muchas puertas con números oxidados, todas cerradas. De pronto escuchó
el sonido lejano de una televisión y reconoció la misma voz aburrida del
noticiero que veía su padre todas las tardes. Finalmente había una puerta
abierta al final del pasillo.
Entró al departamento lleno de temor, con la intención de pedir
ayuda. El polvo cubría las repisas, los muebles y centenares de objetos de
colección. La televisión estaba ahí, en blanco y negro, con las mismas imágenes
de siempre. Luis creyó que no había nadie y se dispuso a salir. Estaba
equivocado.
-¿Qué haces aquí chamaco?-dijo un hombre, con escaso cabello
blanco, rostro alargado y mirada fría que reposaba en un sillón, casi camuflado
en él.
-Buenas…tardes, seeñor. Me perdí, quiero encontrar a tu
madre.
-¿Por qué no aprendes a vagar? ¿Por qué molestas la paz de
los que no podemos hacerlo?
-Pero…
-¡Largo!
Luis salió corriendo. Creyó que sería buena idea subir las
escaleras que había a su derecha y desde arriba tratar de buscar a su madre.
Sus pequeñas piernas lo llevaron por los altos y deformes escalones de hierro.
Llegó al primer piso y encontró hileras de macetas que volvían del pasillo una
selva. Sintió que en cualquier momento un tigre de bengala saltaría sobre él.
Rompió la maraña de vegetación con sus manos.
-¿Buscas algo, niño?-dijo un hombre de piel oscura, sentado
en una silla de madera lujosa y con una llamativa túnica púrpura.
-A mi madre, me perdí. No sé dónde estoy.
-Tienes cara de explorador, muchachito. ¿Por qué no te quedas
aquí? Qué importa tu vida pasada cuando puedes encontrarte en la naturaleza,
cuando puedes ver lo que nadie ha visto. Olvídate de lo que te ata a la ciudad.
-No, señor, pero yo no quiero…
-Vamos, acércate.
Un humo oscuro y extraño invadió el lugar. Luis salió de ahí
resbalándose varias veces, sintiéndose perseguido por una manada de elefantes y
visto por cientos de ojos amenazantes de entre la vegetación. Cuando encontró
la escalera, subió presuroso hasta el tercer piso.
Nuevamente decenas de puertas a su alrededor. Pero estas no
eran viejas, estaban en perfecto estado. De todas salía una melodía armoniosa y
cadente que se colaba en sus oídos y confundía su mente. Decenas de fragancias
profundas y deleitantes le causaban mareo. El color rojo predominaba y había
extraños dibujos de cuerpos en las paredes.
Y vio cruzarse en su camino a muchas personas, de casi todas
las edades. A muchos no los conocía, pero otros le eran muy similares. Vio a su
tía Laura caminar de la mano con su vecino, vio a un par de sus primos mayores
besándose. Vio a uno de sus amigos con su maestra. Escucho risas placenteras y
vio gestos coquetos que no supo interpretar. Todos entraban en pareja a las
puertas abiertas de los apartamentos. Lo contagió una sensación extraña, un
despertar que le causaba una extraña adrenalina y deseo.
Una mujer, de vestido y labios y profundamente rojos, se
dirigió hacia él. Lo miró con extrañeza y curiosidad. Le preguntó:
-¿No eres muy joven para entrar aquí, mi niño?
-Yo…no sé, cómo llegué aquí. Estoy perdido.
Ella rio, en un murmullo suave, pero que perforaba los
pensamientos.
-Nadie de los que están aquí saben cómo llegan y todos están
perdidos. Nadie de ellos podría dar una explicación. Ellos vienen, disfrutan y
se van. Y cuando se van, sufren, patalean y lloran…incluso algunos maldicen
este lugar. Pero siempre vuelven. Tenemos residentes permanentes, algunos
conocen todas las habitaciones y les quitan la pareja a otros. No es cosa que
se entienda mi niño, sólo se vive.
-Perdone, pero…estoy buscando a mi madre. Me perdí en los
edificios, no sé cómo volver.
-Entonces será mejor que salgas de aquí. Ya te volveré a ver
pequeñín, en unos cuántos años.
Los sonidos y las imágenes de ese lugar seguían dando vueltas
en su mente cuando llegó al cuarto piso. El sonido de las cajas registradoras
invadía el lugar. Hombres elegantes dialogaban entre sí, estrechaban sus manos
y firmaban papeles. Luis no entendía nada de lo que hablaban. No sabía a qué se
referían con utilidad, crédito, préstamo, hipoteca. Sólo reconocía la palabra
dinero y todos sonreían al escucharla.
Trató de hablarles, pero nadie lo escuchaba. Entró a una de las
habitaciones y se sorprendió de lo lujosa que era. Había oro y adornos
sofisticados por todas partes. Tecnología de hologramas, voces de computadora y
robots haciendo labores del hogar. Había cerca de ahí un montón de niños.
Hablaban en desorden, pues todos querían presumir. Se menospreciaban entre sí y
hacían alianzas contra los otros. Al final, siempre decían que para sus padres
nada imposible. Que los de al lado ni personas eran y que jamás invadirían su
palacio.
¿Los de al lado? Sí. Luis entró a la habitación contigua y
sintió ganas de llorar. Encontró otro círculo de niños, casi en los huesos. No
decían nada, porque hablar ya no tenía caso. Todo estaba destrozado. Había
agujeros en las paredes, ventanas destrozadas y fotografías en sus manos. De
vez en cuando uno suplicaba por comida, por agua. Ya no recordaban como se
sentía. Un hombre viejo los miraba sentado en una esquina y dijo para sus
adentros: “Llevan mucho tiempo sin acordarse de nosotros, tal vez, nos quieran
tener aquí”.
Y en los pasillos el flujo de dinero corría felizmente. Por
miedo, Luis ya no quiso entrar a las demás habitaciones, quien sabe qué
tragedias encontraría. Finalmente un hombre corpulento, de traje gris opaco, lo
detuvo del hombro.
-Tan joven y sin hacer nada, ¿no te da vergüenza? Podrías a
empezar a hacer dinero.
-Pero señor, yo…no soy de aquí. Estoy buscando a mi madre,
sólo eso.
-Eso no importa, ya la encontrarás y algún día te olvidarás
de ella. Yo sólo te sugiero una cosa pequeño humano. Menos estudios, menos
artes y más trabajo, más negocios. ¿A quién le importa que sepas un montón de
cosas y que termines criticándonos sentado en un trono imaginario y miserable?
Únete a nosotros, gánate la vida.
Nuevamente Luis no entendió nada. Sólo sabía que el dinero
era un asunto de problemas y alegrías en su hogar. Sabía ya cuando le pagaban a
su madre y cuando el efectivo escaseaba. Por más que deseara un videojuego,
tenía que resistir la tentación y aguantar lo que sus amigos presumían. Muchas
veces se sentía confundido y no sabía qué pensar al respecto.
El quinto piso lo aguardaba. Él ya sólo esperaba poder hallar
a su madre, algo de paz. Encontró algo que buscaba: un balcón para mirar. Se
acercó y se recargó en el barandal. Vio toda la ciudad, desde los volcanes
hasta los otros cerros verdes con sus caseríos grises. Vio los edificios altos,
los montones de iglesias y muchas casas de todos los colores. Las calles
inundadas de automóviles y los cielos cruzados por aviones y helicópteros. No
veía a las personas como hormiguitas, sino que distinguía sus rasgos. Incluso
podía escuchar sus conversaciones.
Al mirar con atención, veía que algunos caían para ya no
levantarse y que otros elevaban sus miradas hasta ese lugar, pedían favores o
suplicaban. Notó que detrás de él había una reunión de hombres viejos y de
amplias barbas que dialogaban y observaban lo mismo que él.
Luis miró por demasiado tiempo los infinitos detalles. En
cierto momento, comenzó a ver sus sueños hechos realidad, allá abajo entre esas
calles eternas. Quiso saltar y alcanzarlos, pero alguien lo pescó de la camisa.
Era uno de los viejos:
-No, no. No saltes antes de tiempo, no saltes por ver
demasiado. Que sí saltas, te sumes en el sueño eterno para vagar por siempre. Te
cautiva todo esto, ¿verdad? A nosotros también, por eso seguimos aquí, sin
entenderlo. Llevamos tanto tiempo aquí que nadie recuerda cómo llegamos. Sé que
estás perdido y que buscas a tu madre, pero no sabemos dónde está. Continúa tu
camino, pero evita el que no tenga luces ni puertas. Jamás saldrías de ahí.
-Gracias, señor-dijo Luis, con la voz temblorosa.
-Vamos, no llores. Quizás estás a nada de terminar este
viaje.
-Espero que sí. Muchas gracias.
Luis continuó al sexto piso y encontró lo que inmediatamente
le había mencionado el sabio. Un pasillo oscuro, sin luces y sin puertas, en un
silencio sepulcral. Quiso continuar por la escalera, pero la curiosidad lo
venció. Caminó unos cuantos pasos por el pasillo.
Comenzó a escuchar gritos, voces de tormento y otras
burlonas. Sintió una gran tristeza y a la vez un gran temor. Vio monstruos
regocijantes y otros de aspecto melancólico. Unos eran capaces de convertirse
en figuras bellas para luego descubrir su naturaleza. En el centro del pasillo
había una figura casi irreconocible que invadía de odio el lugar.
Luis trataba de dar un paso atrás y sus piernas daban dos
adelante. Desesperado, comenzó a gritar y llorar. Muchos lo ignoraban y otros se
burlaban de él. Finalmente, uno de los espectros lo arrojó accidentalmente por
los aires. Sólo así salió de ese abismo, hacia la escalera. No supo a qué
agradecerle.
El séptimo piso era la azotea del edificio. Miró el laberinto
que representaba la unidad habitacional de construcciones grises y marrones.
Había una gran vasija con agua y se miró a sí mismo. Por instantes, se miró
muchos años más grande, con barba, canas y un tumulto de preocupaciones. Luego
volvió a verse como un niño, pero sintió que ya no era el mismo.
Finalmente, creyó encontrar a su madre. Había una mujer
vestida de manera idéntica a ella, volteada de espaldas y mirando hacia los
otros edificios. La rodeaban muchas de las aves raras que había visto
antes. Corrió hacia ella, con los brazos
extendidos. Al tocarla, se convirtió en una estatua. Miró su rostro y notó que
no era ella. Tenía una nota entre sus manos:
“Búscame pequeño, que no estoy lejos. Aprende a vagar,
aprende a vivir, para cuando ya no me vuelvas a encontrar”.

Está increíble, me sentí como dentro del juego de la oca, o al otro lado del espejo de Alicia o vagando por los planetas del principito. Siempre es un gusto leerte, un abrazo.
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