Las calles de la Soledad
LAS CALLES DE LA SOLEDAD
Yo no lo recordaba así. No recuerdo tampoco cuántos años
han pasado desde que me fui lejos de esta ciudad de pesadilla. Si volví, fue
porque la gente me preguntaba demasiado de este lugar y finalmente cedí ante la
curiosidad. Volver al barrio de mi infancia sería una experiencia
reconfortante, sólo para recordar que la nueva vida que tenía no era la única.
Eso pensé.
Me llamo Amalia. Mis padres jamás me dijeron el motivo de
mi nombre y realmente, nunca me interesó saberlo. Los mil y un apodos que me pusieron
cuando era niña casi borraron de la faz de la tierra lo que estaba en mi acta
de nacimiento. Ni dialogando conmigo misma me llamaba así, sólo en los momentos
más tristes.
La ciudad vive en una sombra permanente y no lo digo en
sentido figurado. Los edificios son tantos y tan altos, que los potentes rayos
del sol sólo impactan contra los muros de cristal y los pocos diminutos bosques
privados que quedan. Mi lugar de origen está un poco lejos de ese complejo
monótono y gris.
Lo primero que encontré fue un profundo olor a humedad.
El musgo crecía por los muros de las casas y había despintado las orgullosas
fachadas. Algunos trozos de tejado estaban caídos por el suelo y las raíces de
los milenarios árboles secos habían terminado de destrozar las banquetas. Eran
la decadencia misma y el olvido invadiéndolo todo.
Quise entrar por la calle Cerezos porque fue por ahí
dónde me fui. Recuerdo cuando Josué y yo jugábamos a perseguirnos por ese
camino que se nos hacía eterno. Esquivábamos los escasos autos que pasaban y
saltábamos sobre los charcos de agua. Cuando nos cansábamos, descansábamos bajo
la sombra de un gigantesco roble. Eran los buenos tiempos.
Decido dar la vuelta en otra calle, Sotavento. Ahí
ocurrió un gran disturbio y todos hablaron de él por muchos años. La parejita
de oro, Ricardo y Reyna, habían interrumpido la calma de la madrugada de un
martes. Los gritos comenzaron dentro de la casa y el flujo de los improperios
los llevó a la calle. Jamás se tocaron, eso sí. Todos encendieron sus luces y vieron
desde lejos el espectáculo, como si fuera una obra de teatro. El motivo era un atole
defectuoso. Luego se separaron y se perdieron para siempre.
Todos dijeron,
meses atrás, que no habría pareja más perfecta, todo aparentaba a que serían el
motivo de la ternura popular eterna. Lo cierto es que no se conocían más allá
de las conversaciones superficiales y protocolarias. Se casaron con las
apariencias y las familias. Mi madre me dijo que antes de casarme (y aún dudo
hacerlo), me ocupara de conocer al susodicho. Lo demás vendría después.
Allá, en esa esquina derruida estaba el mercado. Iba con
mis amigas en la primaria a comprar baratijas para sentirnos bellas entre
nosotras y que las del otro grupo nos tuvieran envidia. Puros juegos y cuentos.
Sé que ellas cambiaron el plástico por sofisticados cosméticos de tiendas
departamentales cuando eran adolescentes. Yo rompí los míos el día en que mi
amor platónico me dijo que ni el maquillaje me hacía bonita.
Las casas de mis tíos están más adelante. Hicieron tantas
celebraciones por los motivos más extraños que debieron haber sido premiados
con el título de los más festivos del barrio. Y siempre íbamos con ellos.
Primero jugábamos a las escondidas en la oscuridad, cuando todos los adultos
bailaban. Llegó el día en que aprendimos a bailar y a ilusionarnos con las
parejas. El ritmo caribeño siempre era constante. Esos días se acabaron cuando
el alcohol abundaba demasiado. Después, sólo se reunían para mostrar luto: la
enfermedad se los llevó a todos. Y de ahí, sólo quedaron ataúdes y botellas
vacías.
Desearía encontrar a alguien, pero parece que no
ocurrirá. Ni siquiera los pájaros se paran en los viejos cables de luz. Ya no
hay curiosos en las ventanas ni nómadas en las calles. Si escucho voces, debe
ser por pura imaginación, por pura nostalgia. No hay nadie aquí y la soledad
comienza a desesperarme. Comienzo a invocar incluso a los fantasmas, que sé que
rondan aún por ahí. Nada ocurre. Sólo escucho el sonido de mis pasos entre el
polvo.
Decido ir a mi casa. Apenas y recuerdo el camino en estas
calles ahora tan extrañas. Ahí está, con esa perpetua reja verde, hoy
completamente oxidada. La hojarasca se ha aplastado a sí misma y del cuidado
jardín de mis padres queda solo una selva de arbustos y enredaderas. No fue
necesario usar mis viejas llaves: el candado se desmoronó cuando lo toqué.
No sé qué esperar. Me parte el corazón que mi hogar se
volviera una casa embrujada que mataría de miedo a cualquier niño. Adentro,
todo sigue en su lugar, pero cubierto de polvo. La humedad ha hecho de los
cuadros de los abuelos un auténtico arte contemporáneo. La pintura que aún se
conserva forma caprichosas figuras en la pared.
Encuentro un viejo café en la alacena, ¿será que se ha
vuelto añejo y de colección? Decido probarlo, con la botella de agua que tengo
y un azúcar vuelto piedra de un recipiente. Me siento en el comedor y lo
pruebo. Me quedo inmóvil: no es que sepa mal, sólo sé que si lo termino de
beber, caeré al suelo de tanta añoranza.
Subo las escaleras para ir a mi habitación. Casi resbalo
en tres ocasiones, por lo que decido usar el barandal; se siente pesado y
tieso. En la pared veo mi sombra, que se forma con los escasos rayos de Sol de
la tarde. Justo detrás, veo una sombra más pequeña, siguiendo concienzudamente
mis pasos. No me asusta, me siguió una y otra vez sin hacerme daño años atrás.
Antes de abrir la puerta de mi cuarto, escucho un
estruendo enorme dentro. Retrocedo por instinto, pero decido abrir la puerta
con la mayor lentitud posible. Escucho un aleteo impresionante y enseguida una
nube oscura cae sobre mí. Caigo apabullada y veo lo que me golpeó: una parvada
de avecillas oscuras como la noche.
Una de ellas se para en mi mano y me deja mirarla. Es un
colibrí. Alguna vez quise tener uno en mi cuarto, pero mi abuela me advirtió
que si lo privaba de su libertad, perdería sus colores para siempre y viviría
infeliz. No sé cómo llegaron ahí, pero me recuerdan a mi adolescencia. Los años
que estuve encerrada, también me quitaron lo colorido.
Antes de irme, decido ir a mirar el gran espejo del baño.
Cualquiera diría que sólo estoy buscando ser atacada por los seres del más
allá, pero sé que no me harán nada. Tal vez ni
siquiera les interese estar aquí. Los bordes del cristal están
carcomidos. Veo mi reflejo: mis ojos marrones delineados por sombras oscuras,
mis labios desencantados y mi cabello cayendo por mi pecho. No importa mi edad,
ni los malditos años. Me sigo viendo tan pequeña y tan misteriosa.
Tomo un plumón que traigo en mi bolsa y escribo sobre mi
reflejo. “Entre recuerdos me consumo en
las noches. Me harté de ser invulnerable, impasible con todos. La debilidad es
la sinceridad que ocultamos sin jamás dejar de temer. Debajo de la piel, mis
lágrimas secas y los sueños rotos. Palabras de aliento que se han ido y falsas
promesas. Volveré el día en que sepa qué hacer con la oscuridad, el día en que
la alegría condene mis maldiciones al olvido. Amalia”.
Menuda confesión la que hice. Una lágrima resbala por mi
mejilla y moja mi único lunar. Vine también, porque creía que mis sonrisas eran
cada vez más falsas. Que lo que me causaba nudos en la garganta cada noche sí
se podía decir. Es la soledad prolongada y la fortaleza inútil. Caigo sobre mis
rodillas y pido, murmurando, un abrazo.
Cuando la tormenta ha pasado, decido salir de ahí. Ya fue
suficiente. Espero cumplir la promesa que dejé por escrito: esas palabras jamás
se borrarán. Camino temblando de frío por la calle hacia mi última parada o la
que yo considero pertinente.
Antes de llegar, me detengo ante el tronco muerto de un
enorme pino. Encuentro periódicos viejos tirados y cartas de amor que el viento
ha traído de quién sabe dónde. En las ramas viejas hay globos de enamorados,
sin aire y de todos los tamaños. No hay nombres ni iniciales, porque se han
caído con los años. Sólo permanece un grabado en una de las raíces: Ilusiones caídas.
Ya no es olvido, ahora es tristeza. Salgo corriendo hacia
el único parque que tenía el barrio. Ya no hay columpios, ni resbaladilla.
Permanecen únicamente las bancas y la estructura vieja del quiosco. Todo luce
gris. A lo lejos, veo como al atardecer se asoma, intensamente anaranjado.
Contrasta perfecto con este lugar.
Me siento en una de las bancas y permanezco silenciosa
pensando en todo y en nada a la vez. Oigo pasos, pero no quiero voltear. Veo
pasar una silueta alta y elegante. Luego se sienta al lado de mí. No giro la
cabeza, hasta que los reflejos me traicionan y lo hago fugazmente.
-¿También estás aquí? Qué sorpresa, Amalia.
Lo reconozco. Es Josué. Infinitamente más alto que cómo
lo recordaba y vestido de traje. Tiene el rostro sereno y triste, pero sonríe
ligeramente al verme. Cruza sus manos y baja un poco la cabeza para mirarme a
los ojos.
-Sí-le respondo-algún día tenía que venir.
-Y yo también. A veces el pesar de los años se hace
insoportable.
-¿Qué hacemos aquí?
-Esa pregunta tiene muchas respuestas-me responde él, sin
dudar-pero lo que yo pienso es, que llegamos al mismo tiempo para salir juntos
de aquí.
Me
conoce. Me da el abrazo que tanto necesito. Nos limitamos a comenzar a caminar
para tratar de salir de la profundidad de nuestro barrio. Ya veremos cómo.

woow!! enserio que tenias razón.. me encanto.. un abrazo.
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