Apeirón: Caos Infinito

APEIRÓN: CAOS INFINITO 

Hay un lienzo blanco tejido tendido sobre una mesa y sostenido de forma improvisada; no hay nada en él. Al lado casi burbujean unas pinturas de tonos oscuros recién preparadas y unos pinceles viejos. Ella contempla la escena, se detiene a pensar y trata de visualizar los trazos antes de empezarlos. No lo consigue, sabe que si se deja llevar, no habrá arte sino destrucción.

No es que ella no crea en el caos: la ha inspirado la mayoría de las veces. Pero en todas las anteriores ha construido a partir de ese desorden. Sabe perfectamente que está sumida en un gran conflicto. Esa tarde huyo de sus amigos en la escuela y trató de dormir en el camino de regreso para tratar de reprimir el pensamiento. El único consuelo era llegar a desquitarse con sus pinturas, pero ahora todo parece incierto.

Decide empezar, a pesar del temor de que el lienzo acabe roto. Toma un pincel, elige el color negro y traza una diagonal desequilibrada. Era demasiada pintura, el color escurre en pequeñas gotas. Ella lo mira con furia y no se da por vencida. Ahora elige un tono rojizo para marcar el contraste. Siente el color brillar en sus ojos y se le escapa una lagrima. Los recuerdos empiezan a fluir.

Se volvió artista por un par de razones: por su enorme creatividad y por la utopía que fue fabricando durante la adolescencia. Sabe que las cosas ya no son tan brillantes como ella imaginaba. La academia de arte la ha sujetado a la realidad y ha sentido su libertad en peligro. Sus otros compañeros lucen tranquilos y felices cumpliendo expectativas trazadas; ella a veces piensa que sus ideas no caben en ninguna parte.

Todavía le duele al pensar en lo que pasó con su primera pintura en la que le dejaron tomar la idea o técnica que deseara. Creó un sofisticado desorden cósmico que la enloquecía y que la dejó sin dormir un par de noches. La presentó con orgullo y el profesor la destrozó frente a sus ojos. No era suficiente su esfuerzo: a los ojos de él, su obra estaba sumida en la mediocridad.

Ella sigue pintando y se percata de que no ha abandonado del todo la idea que tuvo aquel día. Ha mejorado, lo sabe y ha pretendido causar en cualquiera que la vea una sensación simultánea de conmoción y confusión. Eso mismo sintió su mejor amiga el día de su cumpleaños, cuando recibió como regalo una de sus pinturas; al verla, no reparó en halagos y en deseos de ver ese arte en alguna galería famosa. Con el tiempo, ella comenzaba a pensar que soñar no era suficiente.

Otro recuerdo le viene a la cabeza y pinta líneas dispares con furia; las gotas de pintura manchan sus brazos y una brinca para teñir su mejilla. Aprieta los dientes y continúa imaginando que el pincel es un cuchillo que corta tanto el dolor como la frustración. No siente placer en esa venganza imaginaria, pero sí sus emociones a flor de piel.

Lo recuerda. Él era excelente para hablar y sabía acomodar sus ideas de forma brillante. Eso fue lo primero que la cautivó, además de sus causas políticas justas e igualitarias. Lo admiró por mucho tiempo, como el héroe romántico que se enfrenta como puede al gigantesco monstruo del poder. Lo vio liderando movimientos sociales y desarrollando su carisma.

Él la vio a ella enamorada y quiso experimentar. Fueron meses intensos, felices y muy improvisados. No importaba la infidelidad, puesto que era vista como un acto liberador. Sólo había una diferencia que fue destruyendo todo: ella realmente lo quería y para él, todo se trataba de un juego caprichoso que se acabaría un día. Y así ocurrió, en medio de una tormenta que inundó la ciudad. Causas absurdas, explicaciones ridículas.

A pesar del gran conflicto de aquel día, ella lo seguía admirando. Luego lo vio unirse como asesor del partido político que él decía odiar. Estaba enfundado en un brillante traje de satín, con una sonrisa impecable y el cabello bien peinado cuando fue presentado en televisión. Otro día lo vio conducir un auto lujoso y casi atropellar a un peatón luego de mentarle la madre. Él era un hipócrita muy inteligente: no en vano se regodeaba de obtener siempre lo que quería.

Después de él, no vinieron para ella más que romances efímeros e insípidos, que rompían la rutina y desfogaban por momentos las pasiones. Los delirios del amor no habían vuelto nunca a ser su inspiración y los tenía condenados a desaparecer entre la anarquía de sus obras. Ahora profesaba una admiración por la vida: aquella que le traía instantes felices y tardes de desconsuelo.

 Se detiene un momento a mirar el progreso que lleva. Aún no ve nada más que conexiones dirigidas a todas partes, como las ramas de árboles. Decide pintar con una línea delgada de color blanco su propia silueta, en escasos siete centímetros. Ahora dibuja un circulo a su alrededor, cruzado por espirales y líneas nebulosas que la envuelven.

Esa es la respuesta que ella misma se ha ofrecido cuando pensó su lugar en el mundo. Cuando la falta de respuestas consumía sus noches y también sus propios materiales. Cuando se quedaba sin nada más que la imaginación, le soplaba a la pintura fresca en diferentes lados y luego tomaba un lápiz para trazar contornos semejantes a las olas del mar. Cuando despertaba en la mañana se arrepentía de lo que hacía y escondía lo que había hecho el día anterior.

Su armario tiene más pinturas olvidadas que ropa. A ella le gusta vestir de manera sencilla, con pantalones de mezclilla o faldones largos. Es cuidadosa con su cabello castaño y trata, involuntariamente, de que sus ojos de tono esmeralda resalten. Aborrece el maquillaje, pero a escondidas juega a trazarse líneas sobre el rostro, imaginando que es parte de un mundo que no existe.

Sabe que siempre fue la rara de su familia y eso no le sorprende. Lo que no entiende es su lugar en el mundo. Observa como todos los demás se conectan entre sí y ella se siente distante, desconfiada. A veces se queda observar las estrellas y esa oscuridad infinita de las noches de luna nueva y ahí traza con sus ojos su propia existencia.

Piensa en sus amigos, pero no encuentra mucha comprensión con ellos. Puede reír por horas o criticar la obra de cualquier pintor con términos sencillos o rimbombantes, pero no es capaz de confesar lo que va más allá. Le han dicho que tiene un encanto muy loco y que es muy sincera. Admiran su oscuridad, pero se mantienen a cierta distancia; temen a perder lo colorido.

Las últimas luces del día se cuelan por su ventana. Escucha el murmullo que viene de las calles y el sonido de las campanas que repican tímidamente en la iglesia de la otra calle. Cierra los ojos, ya no se detiene a analizar lo que lleva hasta el momento. Tiene la opción de salir a dar un paseo para despejar su mente o de terminar de una vez. Elige la segunda, le urge liberar sus ideas.

Se concentra en dibujar espirales intercaladas con líneas afiladas; pinta más siluetas que son consumidas por líneas oscuras, se detiene a trazar las estrellas en puntos distantes que asemejan oasis entre las turbulencias. Siente por momentos que se enfrenta al mundo y también a ella misma como una presencia inmaterial, moviéndose libre en el aire.

Ahora fluye la ira. El lienzo, en efecto, amenaza con romperse pero resiste los embates de la fuerza de sus manos. De repente un pincelazo escapa a la pared. Ella no se inmuta, cierra los ojos y pinta dónde siente que es necesario hacerlo, como cuando era niña y decoró toda la casa. Las líneas surgen en la mesa, en algunos libros y en recuerdos traídos de unas lejanas vacaciones.

Suspira. Todo ha terminado entre una sensación de éxtasis que hacía mucho no sentía. Observa el contorno de su sombra sosteniendo el pincel. Le sorprende lo que ve, pero no puede resistir quedarse en ese lugar. Decide salir, a dar ese paseo pospuesto en señal de triunfo. Siente aún la adrenalina fluir por las venas, pero la ira se ha ido. Ya tendrá cabeza mañana para mirar lo que ha hecho.


*    *    *
Un gato entra por la ventana que dejó entreabierta. Busca algún bocadillo olvidado, pero no encuentra nada. El lugar le parece acogedor y cae en la tentación de acurrucarse en una esquina. Observa la pintura: no la entiende, pero le causa cierta curiosidad. Cierra sus ojos y toma una siesta breve, antes de que la dueña de la casa vuelva.


Si el gato dejara atrás su misterio y pudiera hablar en términos humanos diría que ha visto la representación del caos infinito con una belleza que sería capaz de conmover a cualquiera. Diría que es una obra maestra, un despliegue inmenso de creatividad. Despertaría tantas sensaciones que sería un remanso de dudas profundas. Y la pintora tendría al fin el lugar que tanto ha buscado: creadora de una realidad misteriosa, oscura, indescifrable. 


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