Brisa Veraniega

BRISA VERANIEGA

Ella posa su mirada en la ventana de su habitación. Ve su tenue reflejo en el que resaltan sus profundos ojos castaños. El cielo luce desencantado, con unas cuantas nubes blancas en un movimiento perezoso; a lo lejos se ve un mar intensamente azul en calma. Son las cinco y media. Es una tarde que parece detenerse a ratos y que revive por el delicado aroma de la brisa marina tropical.

Está cansada de esperar a que suene el timbre de su casa para salir con ese sujeto que conoció hace un par de semanas y que prometió llevarla por un helado. Quisiera sacar a relucir su orgullo y decir que le importa poco su ausencia, pero había esperado con ansias ese día. Ya no tenía caso pensar en él ni tampoco en lo que podría haber sido esa tarde. No habría risas espontáneas, acercamientos suspicaces ni besos de despedida.

Quiere escuchar algo de música pero ninguna canción le satisface y decide quedarse en silencio. El espejo le muestra su gesto decepcionado pero también otros detalles que no se detiene a mirar: su cabello cayendo por sus hombros, su piel teñida ligeramente por el Sol, sus labios carmesí y la forma altiva de su cuerpo. Piensa que a lo mejor no es lo suficientemente bella: cualquiera diría lo contrario.

Se tira en la cama con los brazos extendidos como si alguien la hubiera derribado. Se fija en las incesantes vueltas del ventilador de techo y piensa qué hacer con esa tarde. Nadie está en su casa y no volverán hasta muy tarde, pero no pretende quedarse ahí. Al final, decide ir caminando hasta una playa que lleva mucho tiempo abandonada. Quizás se encuentre a alguien o tal vez alguien la encuentre a ella.

Baja la escalera, entusiasta, y cierra la puerta de su casa con fuerza. Lleva únicamente su celular y una diminuta cámara fotográfica. Al salir se da cuenta del silencio que reina en su calle. No hay niños jugando en las calles o ruidos lejanos de música, sólo el sonido de los autos y de sus pasos al pisar algunas hojas caídas.

Cuando cruza la calle, se detiene a mirar su hogar con cierta nostalgia. Es una edificación blanca, de dos pisos, decorada con un jardín y grandes árboles frutales. Las paredes tienen algunos motivos marinos y hasta arriba hay un balcón que invita a soñar en las noches melancólicas de luna llena. Las casas vecinas lucen diferentes y con un diseño moderno de grandes ventanales. A ella le gusta la suya, pocos lugares le parecen más encantadores en el mundo.

Camina unos minutos y deja atrás los grandes paseos de palmeras cargadas de cocos que descalabran al menos a quince personas al año. Se encuentra a algunos vecinos que la saludan con alegría y evita a la que era su mejor amiga de la secundaria, que camina por la acera de enfrente aparentando ser una modelo de pasarela.

El calor hace arder las calles de la ciudad costera. Ella siente las consecuencias con las primeras gotas de sudor en la frente. Compra un agua embotellada en una tienda cercana a un pequeño parque y al salir observa a un conocido vagabundo del lugar contando felizmente historias a unos seis turistas curiosos. Estos lo miran y sonríen, lo filman a ratos; le prestan más atención que a un guía turístico.

Ella, por curiosidad, se acerca a escuchar. El hombre está en pleno momento creativo y se siente cronista histórico de la ciudad. Mezcla sus experiencias personales, lo que le han contado otras personas, cosas del periódico y algunas ilusiones fantasiosas en la historia que está contando. Lo hace entre risas y gestos de asombro: disfruta la atención de los demás y afirma que nadie conoce la calle mejor que él.

Antes de quedarse atrapada en su narración, continua su camino cruzando las calles de las casas de verano viejas que encierran secretos y un fuerte olor a humedad. Los empresarios han querido convertirlas en hoteles o centros de negocios; las instancias culturales las defienden a ultranza cada que pueden. Los únicos que aprovechan ese inusual lugar son los fotógrafos y la gente que desea pasar un momento a solas.

Sólo se escucha el canto de las aves escondidas en las gigantescas ceibas que se han apoderado de los enormes jardines. La fruta inagotable de los árboles yace tirada en las banquetas o a punto de caer de las ramas: por tal motivo, no hay hambre en la ciudad. Las enredaderas se han apoderado de los muros y el musgo de las puertas. Los insectos han fundado cientos de países entre la maleza y las raíces. Los nombres de las familias grabados en las puertas se borran cada día un poco más.

Ella disfruta pasar por ahí y trata de visualizarse como una turista perdida para darle más emoción a su paseo. Ve algunos fotógrafos apuntando sus lentes a todas partes sin saber realmente qué tomar. Hay otras personas leyendo en las banquetas y otros que están de pie, mirando fijamente a algún lugar sin percatarse del resto. Su presencia pasa desapercibida, casi parece inmaterial.

Ese barrio sumido en la nostalgia y en la abundante vegetación queda atrás. La calle que ella recorre termina en la línea de costa. Se escucha el sonido de las olas al romper. El atardecer está aún distante y el horizonte luce claro, con contornos de barcos moviéndose lentamente. Hay un semicírculo de unos diez metros de diámetro con un barandal que sirve a manera de mirador: hacía ahí se dirige.

En ese lugar hay unas escaleras metálicas que conducen a la playa. Pero al mirarlas, ella nota que están rotas. La arena se ha llenado de unas rocas negras y circulares que probablemente trajo la tormenta tropical de hace tres semanas. Hay un montón de conchas y caracoles regados, junto con trozos de coral. Prefiere no bajar y quedarse en el mirador: la marea está alta.

Se queda recargada en la baranda y pierde su mirada en el infinito. Piensa un montón de cosas, algunas profundas y otras sin sentido. Suspira en repetidas ocasiones pero también sonríe al recordar algo agradable. Le da por hablar sola, en voz baja como si le susurrara a una amiga. Se esfuerza por ahogar su decepción de esa tarde en las olas del mar…lo consigue.

Al mirar hacia un costado del mirador se asusta y ahoga un grito. Hay alguien ahí. Es un joven de su edad, sentado con los pies volando en un lugar donde no hay barandal y con los lentes empañados. Luce serio, concentrado e indiferente a lo demás: sus pensamientos parecen impenetrables. Siente la mirada y la voltea a ver: finge estar sorprendido, a pesar de haberla visto llegar minutos antes.

Ella le sonríe. Él la mira a los ojos primeros ojos y después esboza una sonrisa tímida. Hay un momento en que ambos se miran sin decir nada. Al final cada uno vuelve a lo suyo con incomodidad. Ambos perdieron su momento de intimidad y difícilmente lo van a recuperar. A pesar de eso, ninguno de los dos tiene intención de irse.

Él, a pesar de que desea decir algo, trata de alejar la mirada. Ella duda en iniciar la conversación, pero finalmente piensa en que nada tiene que perder y que por algo no se quedó sola en casa. Lo mira y siente curiosidad: desprende un frío polar en pleno verano y parece ser poseedor de una gran cantidad de misterios.

-Hola-dice ella, al mismo tiempo que se coloca al lado de él-¿te molesta que esté aquí?
-Hola. No, no. Para nada. No hay problema.
-¿Tienes un nombre?
-Quisiera decir que tengo muchos. Pero no. Me llamo Rubén, ¿y tú?
-Soy Adelina, mucho gusto-dijo ella extendiendo su mano y sintiendo la mano fría de él-¿te agrada pasar el tiempo aquí entonces, verdad?
-Sí. Es uno de los pocos lugares que me quedan cuando quiero escapar de todo el mundo. Cualquiera, al verme aquí, pensaría que estoy perdido en la soledad. Pero no es verdad, a veces uno puede sentirse más sólo entre una multitud de gente que con sus propios pensamientos. ¿Y tú…también disfrutas esos instantes o simplemente te dejaron plantada?
La pregunta directa le hizo molestarse brevemente y querer emprender el camino de regreso, pero se detuvo. Su especulación era cierta después de todo.
-Digamos que ambas. Una cosa me llevó a la otra y luego te encontré aquí. Creí que este sitio estaba desierto, era una buena manera de acabar un buen paseo. Y hablando de eso, ¿cómo sé que a ti no te dejaron plantado?

Él sonrió con ironía y respondió:

-¿A mí? Me han dejado plantado tantas veces que he perdido la cuenta, pero no es el caso. Puedo conceder mis palabras y hasta mis horas de sueño por las noches para que al final todo se reduzca a la nada. Es pura circunstancia, mala suerte dirían algunos. Algo me dice que contigo pasa lo opuesto.
-No seas ridículo, ¿por qué crees eso?
-Sólo…-dijo él, articulando con cierta pausa lo que estaba por decir-mira lo hermosa que eres.  Antes de que digas que miento o que trato de impresionarte, permíteme decirte que lo digo con toda sinceridad. Te imagino atrayendo miradas y causando caos en los otros con esa voz. En cambio, ¿qué se podría pensar de un loco como yo?

Ella se ruborizó, pero no quiso objetarlo. Sabía que lo decía con sinceridad.

-Por algo te empecé a hablar y no hui, ¿no lo crees?
-Es cierto. Uno nunca sabe lo que encontrará aquí, ¿verdad?
-Sí. Y cuéntame, ¿qué tanto ves, qué tanto piensas?
-¿En serio quieres que te lo diga? Es una larga, larga historia.
-Quiero escucharla, Rubén. Casi nadie cuenta historias últimamente. Casi todo se resume a hablar y preguntar las mismas tonterías de la vida normal. Sé que me dirás algo distinto.
-Muy bien-dijo él, contento-pero con una condición.
-¿Cuál?
-Que yo también quiero escucharte a ti, conocerte. No podría desear otra cosa de ti en este momento. ¿Aceptas?
-Pero dudo decir cosas como las tuyas…soy un poco simple.
-Y yo era el ridículo... ¿sabes qué se me ocurre en este momento? Que lo simple es decir tonterías y dejar en silencio esas locas e inusuales. Seamos sinceros, seamos raros, ya estamos aquí.

Ella sonrió. Él dejó atrás su aura de enigma indescifrable. Ambos hablaron y hablaron. Sus palabras y risas quedaron absorbidas entre las conchas y caracoles de la playa. La noche absorbió sus presencias: los volvió invisibles en el largo camino de regreso. Hubo un espontáneo pero largo beso de despedida, de la primera vez.


Cada uno, por su lado, durmió con una sonrisa en el rostro. La madrugada cubrió sus cuerpos de frío y los hizo despertar súbitamente. Tenían la presión alta y una sensación de incertidumbre. Cada uno pensó en el otro: ¿habrían despertado de un sueño? No había ningún indicio que lo confirmara. En el insomnio de las infinitas dudas reinaba el silencio. Esperaban impacientes en la oscuridad el otro día…deseaban buscar al otro; saber si había sido real.  




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