Fin de la Estación
FIN DE LA ESTACIÓN
Mi hermanita me dijo ayer, con tristeza, que el verano había
acabado. Yo le dije que no tenía de qué preocuparse, algo bueno debía tener el
otoño. No sabía cómo decir qué estábamos en verano cuando hacía apenas dos
semanas una granizada descomunal había caído en las calles y había cubierto
ventanas, puertas y jardines. Parecía Suecia, ¿dónde estaban en ese momento los
tan anhelados rayos del Sol?
He de decir que últimamente a la mayoría nos importa un carajo
qué estación del año estamos pasando. Un día el calor pretende evaporarnos y al
otro la lluvia hace de los autos, lanchas. Tomé el libro que había estado
viendo esa tarde y vi la ilustración a doble página que correspondía al verano:
todo apacible, tranquilo, sonriente, bello… ¿en qué parte del mundo existe eso?
Después de la cena, me voy a mi cama, con desgano y deseos de
alegrarme. Llevo varias madrugadas con un terco insomnio. El frío se cuela
entre las cobijas y me llena el cuerpo de escalofríos. Mis pesadillas flotan
ahí en el aire, se forman sus caprichosos contornos en la oscuridad y parecen
hablarme. Cualquiera diría que alucino, pero cada día parece más normal.
Me pongo de pie, me visto rápidamente con mi “maravilloso”
uniforme de trabajo y me pongo encima una chamarra. Observo el reloj, son las
6:40 y parece que aún no va a amanecer. Trato de no despertar a nadie en mi
casa mientras me preparo café y trato infructuosamente de acomodar mi cabello. Tengo
una cara de los mil demonios, pero al menos es mejor que la de ayer.
Camino hacia la avenida tan rápido como puedo. El cielo sigue
sin clarear, pero se ven algunas nubes negras moviéndose. En la radio no dicen
nada interesante, el noticiero está en plena sección de espectáculos; bostezo
cuando hablan de divorcios e infidelidades, como si fueran cosas de otro
planeta.
Las personas que esperan el camión sólo miran al horizonte de
la avenida, esperando ver los faros a la distancia y el letrero luminoso. Ni
siquiera voltean cuando me coloco entre ellos. Algunos tamborilean o levantan
la cabeza con desesperación. Siento que algo choca contra mi pierna: es un niño
con una gran mochila, a quien para protegerlo del frío le cubrieron casi toda
la cara con una bufanda.
Finalmente llega el transporte y todos subimos. El chófer
extiende la mano para recibir el dinero pero tampoco me mira. Me toca irme
parado, al lado de una ventanilla abierta por la que se cuela el viento frío.
Intento cerrarla con fuerza, hasta que cede y casi me arroja contra el pasajero
de atrás. Trato de disimular el incidente, algunos censuran la risa.
Pero el viento que sentía no se detiene. Observo. Todas las
ventanillas están cerradas y las puertas también. No entiendo de dónde viene,
pero trato de cubrirme. Al ver mi reflejo veo cómo mi rostro empieza a volverse blanco, como si hubiera sumergido
la cabeza en hielo. Los otros también están extrañados pero no dicen nada.
Unos minutos más tarde ya estamos en medio del tráfico.
Ningún vehículo se mueve, sólo se escucha la insistencia del claxon de vez en
cuando. Algunos se bajan a mirar qué pasa y vuelven pronto al interior de sus
automóviles. Estamos cerca del centro de la ciudad, faltan unos minutos para
llegar a mi destino.
Decido no perder más tiempo y bajar del camión. En efecto,
hace mucho frío y dan ganas de no estar ahí. Me pregunto si ocurrió algún
accidente o una extraña protesta mañanera que bloqueara las calles. No parece
haber nada. Sólo veo rostros pálidos y
un escándalo que va en aumento. Le pregunto a un policía y él simplemente se
encoge de hombros mientras hace sonar su silbato para tratar de poner orden.
Nadie le hace caso.
Conozco un atajo para llegar más rápido, pero tengo que
internarme por algunas calles. Algo me parece aún más extraño. Las cafeterías,
restaurantes y tiendas están abiertas. Sus empleados están ahí aparentando una
sonrisa, como si fuesen las dos de la tarde. La confusión me abruma, siento que
no estoy en mi ciudad.
En las bocinas de esos lugares tienen música, como en
cualquier día. Son esas canciones
famosas de verano que todos bailaban eufóricamente mientras sonreían o ligaban,
las que le traen recuerdos a la mayoría de las fiestas interminables. Es raro escucharlas
a esa hora. Sonidos de playa que se
estaban congelando.
Escucho un silbido distante que se va aproximando. Diría que
es una ventisca muy fuerte pero temo exagerar. Me doy cuenta de que no lo hago
cuando me levanta por los aires y me avienta de espaldas contra un farol. Me repongo del
golpe y observo cómo otras personas también salen disparadas. Algunos autos se
voltean y se escucha un bullicio de consternación.
En esta ciudad el viento no tiraba ni a las hormigas. La
gente se pregunta qué ocurre, otros yacen heridos en el suelo. La mayoría corre
tratando de cubrirse de algo que no se conoce. Prefiero quedarme ahí y esperar.
Hay una calma perturbadora que deja helada la sangre. Trato de hacer una
llamada con mi celular, pero ni siquiera enciende. Los teléfonos públicos
fueron arrancados.
Hay un detalle del que me acabo de percatar. No hay árboles,
desaparecieron. Eran muchos, grandes y pequeños, pero ya no están. Quiero
pensar que es otra de mis pesadillas, pero no es así. Otra vez suena algo a lo
lejos que corta el silencio y nos hace levantar la mirada. Algo cruje en el
aire sutilmente y se deshace.
Son hojas. Hojas de árboles. Cae una torrencial lluvia de
hojas secas, con tentadores tonos naranja. Comienzan a cubrir la banqueta y
después hasta mis propias piernas. Traen consigo un olor viejo, nostálgico, a
fogata nocturna. Nadie se atreve a decir algo, sólo sentimos como nuestros
cuerpos son invadidos.
Pienso en ancianos contando cuentos, en bosques distantes y
amarillentos, en personas barriendo cada mañana todas estas hojas secas, en
lagos resplandecientes y caminos olvidados. Pienso en el frío que despierta y
en el café que parece volverse más dulce. El viento vuelve a agitar todo y
quedo sumido debajo de las hojas con todas esas sensaciones. Sonrío,
inconsciente. Es cierto, es otoño.

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