Zócalo
ZÓCALO
Esteban da un paso, otro más y tropieza violentamente con un
agujero en el suelo. Su precario equilibrio evita que su cara termine en el
piso. Tiene la mirada perdida, la camisa a medio abotonar y el cabello
alborotado. Su corbata se perdió en alguna parte junto con sus pensamientos
coherentes. Los efectos del alcohol lo han llevado hasta el mismísimo Zócalo, a
la una de la madrugada.
Esos amigos que acaba de conocer y que lo invitaron a un bar
oculto entre los edificios coloniales lo abandonaron a unas calles de ahí, con
la promesa de que llegaría bien a su casa y de que en un momento se le pasaría
el efecto. Sabe que es mentira y que el viento helado termina por incrementarle
la sensación de mareo.
En su mano sostiene un doblado y mugriento boleto del metro
que resulta ser su único salvavidas luego de haber perdido todo su dinero. Sus
pasos vacilantes lo llevan hasta una de las entradas para darse cuenta de lo
lógico: hace una hora que acabó el servicio y las rejas negras impiden el paso.
Ahí duermen acurrucados algunos indigentes.
La frustración lleva a Esteban a gritar y pedir que le abran
las puertas, que quiere llegar a su casa. Los vagabundos despiertan, lo miran
con desprecio y lo corretean fuera de su escondite hasta la fría plaza que luce
desierta, apenas iluminada por las luces de los autos que pasan alrededor y sin
vigilancia policíaca. Nunca antes se había sentido tan perdido, pero ni el
miedo le quita el estado de ebriedad.
No sabe donde refugiarse y decide dirigirse a la gigantesca
asta bandera que luce como un delgado obelisco gris. Allá podrá sentarse,
recargarse y esperar a que amanezca pronto para poderse ir. Maldice los nombres
de los que lo dejaron abandonado y comienza a culparlos por haberle quitado
todo el dinero. Siente culpa también y recuerda esas penas por las que bebió
tanto.
Luego de permanecer unos minutos ahí, voltea hacia el cielo
nublado que oculta la Luna. Se pregunta dónde está la bandera, sin recordar que
cada día un grupo de militares se la lleva para que no pase frío. Sin embargo,
en un pestañeo la ve ondeando con los colores brillantes, impulsada por un
viento que arrastra el polvo y los pensamientos de la ciudad.
La mira y le sale el orgullo mexicano que oculta cada día con
la banderita británica de su mochila. Comienza a proclamar que es la más hermosa
del mundo y que ninguna de ella. La alaba, le lanza flores innecesarias. Siente
que le responde y que se mueve con más gusto; que el águila casi le pestañea
mientras la serpiente intenta liberarse.
El color rojo le atrae en particular. Rojo como la sangre. Y
así, entre el viento empieza a desmoronarse el tejido. No caen pedazos de tela
sobre el Zócalo: cae una lluvia roja. Esteban ve gotas de sangre regadas por
todas partes, como las metáforas que un día aprendió en la primaria del significado
de los símbolos patrios. Le asusta ver ese espectáculo y trata de esconderse en
alguna parte.
Y con el aguacero, se escuchan objetos pesados caer y unos
gritos que se esfuman a los pocos segundos. Esteban grita y grita queriendo
escapar de la pesadilla. El panorama luce aún más confuso. Los edificios
contiguos parecen desmoronarse entre columnas de fuego y humo; se escuchan
explosiones por todas partes y el terror invade el aire.
Esteban cierra los ojos con fuerza, trata de no escuchar. El
mareo no lo deja moverse y no hace más que quedarse sentado, tratando de rezar
las oraciones que nunca aprendió. Los pensamientos optimistas no le vienen a la
cabeza: escucha cientos de voces repetir hechos, cosas, tragedias, opiniones y
temores. El cuerpo le tiembla.
Las visiones terminan. La paz de la madrugada parece reinar
otra vez, pero no se escucha el recurrente sonido de los autos. El Zócalo luce
diferente esta vez. Hay caminos que llevan hacia donde él está sentado. La
bandera ondea sobre un monumento con nombres que no alcanza a leer. Hay un
montón de jardineras con plantas de hojas puntiagudas que él reconoce bien, pero
que no deberían estar ahí.
Por los caminos pasean algunas personas vestidas de manera
elegante. Conversan y ríen con palabras muy viejas que forman frases ingeniosas
y rebuscadas. No parecen verlo. Algunos militares dan vueltas al lugar
diligentemente, con uniformes anticuados y armas casi oxidadas.
Esteban piensa en una sola cosa luego de que un carruaje casi
lo atropella: debió haber vuelto en el tiempo. Observa el cielo de nuevo y
frente a sus ojos brillan muchas constelaciones de estrellas. Respira y se da
cuenta de que el aire tiene hasta un sabor agradable. No sabe que pensar. Trata
de pararse, da unos torpes pasos hasta acabar sumergido en una fuente cercana.
Cuando abre los ojos y se recupera de su caída ve a las
figurillas de piedra reírse de él mientras arrojan chorros de agua de sus
bocas. A lo lejos escucha a unos músicos tocando un son a manera de serenata.
Ha escuchado esa canción alguna vez y lo llena de nostalgia. Intenta cantarla
pero termina diciendo una serie de disparates que ni él mismo entiende.
En ese momento, escucha una voz que llama su atención. Uno de
los soldados vigías se ha cansado de dar vueltas en vano y se acerca a la
fuente. Lanza una moneda de plata mientras susurra un deseo que Esteban no
escucha. Se sienta en el borde y empieza a hablar solo. Tiene el semblante
cansado y las manos destrozadas.
-¿Qué va a ser de mí, qué va a ser de nosotros?-se repite
constantemente-cuando todo esto acabe en cenizas y nos lleve el carajo. Pero si
yo ya le dije al coronel que si no hacemos algo, esto va a desaparecer. Nunca
nos escucha ese cabrón, entre tanta fiesta y tertulia. Y María que no me quiere
ni ver luego de los chismes de esas señoras.
Bien lo decía mi compadre, que la vida se consumía en un trago
de mezcal. Estoy jodido, vigilando a esta sarta de imbéciles que están viendo y
no ven que en cualquier momento nos destruyen. Y es que uno es bien ingenuo a
veces, por pensar tanto en el futuro, en los hijos, en la familia, en esta
tierra que nos dieron y a todos les da por ignorar. Pero nada más hablamos
tantito y nos mandan al paredón.
Pudieron ser las cosas tan distintas, pero ha de ser lo que
Dios quiere, ni modo. Y yo veo a la gente, ignorando tantas cosas y viviendo al
día sin preocuparse del mañana. Nada más uno trata de corregirlos, de que
piensan nada más en ellos…no, no, no, cómo se ponen. Qué canijo está todo esto,
que nadie entienda a este país.
Esteban lo escuchó y también vio a una mujer que se sentó al
lado del soldado. Ella repetía sus palabras, cubierta con un manto azul
celeste. Lo consoló cuando sus palabras sólo emitían desesperación. Cuando el
hombre ya estaba tranquilo, ella se quitó el velo. No había nada más que una
silueta difusa, bella y distante. El otro no se asustó: continuó dialogando con
ella, no era la primera vez que pasaba la madrugada con la muerte misma
encarnada en forma de ninfa.
Ha recuperado sus reflejos un poco y se sienta en una banca a
observar con detalle. Comienza a sentirse más cómodo y las visiones que observa
recurrentemente ya no le parecen extrañas. Escucha otras conversaciones y ve
pasar a gente que cree haber visto en algún museo. Finalmente, el cansancio lo
vence y termina quedándose dormido.
* * *
Abre los ojos. Está tirado en el suelo del Zócalo, está
amaneciendo. Lo ha despertado uno de los militares que va a izar la bandera,
luego de sacudirlo insistentemente. Los uniformados piensan en detenerlo pero
deciden dejarlo ir. La ciudad luce normal otra vez, con su smog y los edificios
coloniales viejos.
Esteban piensa que todo fue una pesadilla. No se da cuenta
que aprieta el puño derecho con fuerza. Lleva una moneda de plata en la mano.
Puede pedir un deseo, en cuanto encuentre una fuente.

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