Quimera

QUIMERA

Te deshice en un instante. Aplasté tu recuerdo, lo pulvericé con mis dedos y dejé que el viento se lo llevase a quién sabe dónde. Disminuí tu voz hasta que quedó opacada entre todas las conversaciones que me rodeaban. Escribí tu nombre por última vez, en un pedazo de tierra seca con una rama: lo borré con una pisada, llevé la vista a otra parte.
Orgullosos y triunfantes mis pasos. Fingí que me mirabas marcharme enaltecido. 

Quizás a ti te importaba un carajo mi ritual y respirabas lejos de aquí. Tal vez dejaste sin aliento a alguien más: dejaste en su rostro púrpura una sonrisa bien dibujada. Lo condenaste a la perdición y él aceptó. Y yo podría aparecer como un enviado del futuro a advertirle de ti: jamás me creería, me llamaría miedo.

El atardecer violento y rojizo que espanta a las nubes me recuerda a tu mirada: profunda, inteligente, bella y cruel. Recorro las hileras de árboles frente a mí con pasos inciertos, como una última memoria del devaneo de tus pasos. El frío se entreteje bajo la piel, amenaza con dejarme inmóvil a medio camino.

Pude consumirte bajo las llamas en aquella noche iracunda: creí hacerlo. Pude hacerlo con el juego de mis manos en otra piel, una y otra vez. Quise que dejaras de despertar ese sentido racional tan indomable. Hoy todo debe de acabar, sí. Porque de los pensamientos, mujer, jamás te pude sacar. Esos torturan, causan confusión y una sensación de embriaguez amarga. 

Te aparecías en las películas que veía para deshacer los finales felices. Aparecías entre las páginas de los libros para que terminara trazando ilusamente tu nombre en una página. Alejarse de las alucinaciones de tu recuerdo era difícil. Pero nada como verte llegar, cierto día indeterminado a la semana. Siempre estaba mi expresión ruborizada y la ventisca de tu presencia efímera. 

Pero, ¡basta ya de hablar de ti! Que es exactamente lo que no tengo que hacer. Pero las palabras siempre traicionan, nos condenan a caer en los pozos de los deseos para que acabemos culpando a la vida. Pudiendo pensar tantas cosas que valen la pena. Fue suficiente. Imaginaré algo, sí. Cualquier tontería será buena.

*    *    *
Los planes nunca salen como uno quiere, sin duda. Yo que ya me iba para mi casa, a descansar, a ver algo en la televisión. A mí no me dan miedo las alturas, nunca fue así. Por eso estoy aquí, trepado en este puente, a las afueras de la ciudad. Las luces de la ciudad me conmueven, reconozco edificios y calles, vehículos desplazándose como hormigas.

No quiero tomar una foto. Con mi celular sería una toma ridícula, inútil. Ha pasado poca gente en los últimos minutos. Tanta nostalgia acumulada. Me veo tentado a decirle cosas a la urbe, como si fuese capaz de escucharme, como un pájaro cantándole a su propio nido. Trato de componer versos y fracaso. Prefiero quedarme mirando.

Escucho algo estruendoso, que viene de lejos hacia el puente. Se ven unas luces muy grandes. Finalmente se acerca, es un tráiler pesado y gigantesco. Hace temblar el suelo y me dobla las piernas. Apenas me sostengo del barandal y me golpeó la cabeza. Las cosas empiezan a dar vueltas, el pulso empieza a desaparecer, me recargo sobre mi brazo y no recuerdo más.

*    *    *
Recargas tu cabeza en mí. Cierras los ojos. Extiendo mi brazo por tu espalda y mi mano alcanza fácilmente tu hombro. Acaricio tu piel, cálida, suave y delicada, mientras siento tu respiración. Nada parece perturbarnos esta madrugada, en pleno umbral del silencio. Más que las sábanas, nos cubren nuestras palabras que aún flotan en el aire.
Quisiera pensar que con mis manos al fin derretí el hielo que cubría tu piel. Fuiste capaz de mirarme con pasión y con ternura, de dejarte llevar, de que nos dejáramos caer. Y entre los dos produjimos el caos que ahora nos tiene tendidos, exhaustos y felices. Da igual quien empezó todo esto, los dos terminamos aquí. 

Mi pulso dejó de ser tembloroso cuando seguí con mis dedos el contorno de tu cuerpo, con los ojos cerrados, como si estuviese moldeando sumido en la inspiración. Y tú también dejaste volar tu imaginación, con una mirada caprichosa y complaciente. Mi pulso se disparaba, casi al ritmo de las palabras entrecortadas que trataba de decirte.

Los minutos se consumieron entre los juegos de nuestros cuerpos, motivados por la tentación y los impulsos. La lista de reproducción se terminó y ni siquiera nos dimos cuenta. Algo tuvieron que ver esas canciones de Pink Floyd, Joy Division y Led Zeppelin. Quizás nos inspiraron, quizás nos sumieron en otra realidad de la que no podíamos escapar.

Ambos nos teníamos cautivos, no podíamos irnos. Me mirabas con una sonrisa retadora, incansable, como si quisieras que me rindiera y sucumbiera ante ti. No lo hacía. Los besos y caricias siempre llevaban a algún lugar, a reinventar nuestros movimientos instintivos, al objetivo final y casi inalcanzable de llevar ese delirio al arte.

Por todo lo que había pasado, por la manera en que me miraste antes de que cayeras dormida sobre mi pecho, pienso que esta no será la única vez. Habrá muchos días y noches más. Perderemos la cuenta un día y nos miraremos sin saber qué hacer…luego dejaremos de pensar y todo volverá a empezar. Nos quedarán muchos amaneceres, muchos rayos de luz entrando por la ventana.


Sé que no te irás tan pronto. Y que mienten mis amigos, ingenuos, de que terminaré queriendo destruir tu recuerdo. Tejeremos una red entre los dos, de palabras, suspiros, miradas, sonrisas curiosas, caricias de media noche y misterios indescifrables. Será nuestra creación. Pero basta ya de fantasear, que la madrugada se consume y deseo dormir respirando suavemente sobre tu piel. 


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