Andurin y el Marinero a la Deriva
ANDURIN Y EL MARINERO A LA DERIVA
Capricho Creativo…
Me siento desorientado. Desperté hace unos minutos luego de
darme cuenta de que estaba tirado en medio de un pequeño embarcadero. Era de
madrugada. Los bullicios que escuché a lo lejos me hicieron pensar que estaba
en el puerto donde había arribado mi barco. Que aparecer ahí era producto de la
juerga con mis compañeros, que me habían abandonado intencionalmente ahí a
manera de broma.
Pero no era así. Me encontré primero con que ya no había
ningún barco, sólo pequeños botes y yates que reposaban entre unas aguas que
apenas se movían con el aire. El mar no era así, al menos no el que conozco.
Luego, al acercarme al bullicio, me di cuenta que era un pueblo con un serio
complejo de identidad: quería caer en la urbanización, quería aparentar ser un
puerto y a la vez conservar su aire tradicional.
No conocía ese lugar. Di varias vueltas en el astillero y no
supe del paradero de mi barco. Nadie parecía haberlo visto. No dudaba que, como
yo soy un simple marinero, me hubiesen abandonado por caer en el alcohol. El
problema era saber cómo había acabado en ese lugar. Había muchos jóvenes
eufóricos por todas partes. Las calles parecían un carnaval de música, risas,
gritos, alcohol y feromonas.
Ellos se asustaban al verme. Quizás mi apariencia no era la
mejor. Con problemas pudieron darme el nombre del lugar, para luego alejarse
entre la multitud. No tenía dinero para buscar un hotel y así pasar lo que
quedaba de la noche. Decidí dormir donde pudiera, pero antes, quería dar otra vuelta
más al embarcadero, guiado por un presentimiento, una obligación implícita.
Encontré que la vigilancia en ese lugar era escasa. En el
resto de las calles, había policías y militares armados por todas partes;
algunos durmiendo y otros expectantes a la oscuridad. Pensé que se parecía mucho
a Río de Janeiro, pero tanto el frío como los cerros cubiertos de pinos que
bordeaban el pueblo provocaron que desistiera de esa idea. Quizás ahí se rompía
el mito de que los bosques eran tranquilos.
Me quedé viendo cuidadosamente los pequeños yates que estaban
ahí. Me burlé de la mediocre forma en que estaban amarrados al astillero; era
muy fácil robar uno. Pero, ¿a dónde ir? A estas alturas, ya me había dado
cuenta de que esa masa de agua era un lago, no mi adorado océano. Subí a uno
que tenía la cabina entreabierta, producto de la torpeza de su dueño. Me recosté
un momento sobre el asiento del conductor. En cuestión de minutos, ya estaba
dormido.
* * *
Desperté con un sobresalto. Afortunadamente nadie había
venido y no estaba en la cárcel por intento de robo. Salí a la cubierta. Corría
un aire refrescante en pequeñas rachas. Me quedé recargado en uno de los
costados del yate luego de dejar caer mis piernas otra vez. Contemplé el cielo
para recurrir al viejo arte que hacían los marineros cuando se aburrían en
medio de la noche: contar constelaciones.
Algo interrumpió mi breve entretenimiento. Había una silueta
ahí, de una mujer. Me puse de pie de inmediato, quizás era ella la dueña del
bote. Apenas podía distinguir sus facciones con la escasa luz. Me miraba sin
pausa, con un gesto serio y silencioso. No dijo nada por espacio de varios
minutos, tampoco respondió a mi sonrisa de cortesía. Sólo acarició su cabello
pelirrojo, luego lo dejó caer sobre sus hombros.
Pensé en que seguía teniendo visiones. Seguro podía jugar con
ellas. La invité entonces a entrar al yate. Ella asintió con la cabeza. Se
sostuvo de mi mano y se colocó enfrente mío, sin emitir aún palabra alguna. Le
pregunte su nombre. Finalmente sonrió. Me miró a los ojos, luego dijo con una
voz suave, tan delicada como un soplo de brisa: Andurin.
Jamás había escuchado ese nombre. Yo le dije el mío, que no
era muy elocuente como el suyo. La invité a pasar a la cabina de mando. Encendí
la luz para verla más claramente. El tono intenso de su cabello contrastaba con
su piel clara, usaba un atractivo pero sutil vestido con matices anaranjados,
tenía los labios rojos y una sonrisa pequeña. Yo sólo era un marinero, con
indumentaria de trabajo, rostro joven pero curtido por el tiempo y unos hombros
cansados.
Andurin me dijo que venía de un país lejano, de visita. Había
tenido un pleito con sus amigos en un bar y había salido a tomar el aire para
despejar su mente. Sus pasos la habían llevado hasta el embarcadero y,
consecuentemente, su curiosidad la había tenido observando mi pasatiempo al
tiempo que su timidez le impedía hablar. En otras circunstancias, no habría
creído la historia para apelar a mi desconfianza natural. Pero en una noche en
la que mi propia presencia en ese lugar era inexplicable, nada podía perder con
creerle.
Naturalmente, mi historia le pareció aún más inverosímil. Se
rio de mi desconcierto y negó con la cabeza. Mi aroma, que se había fundido con
el de la noche, no inducía a que pareciese una historia de borrachos. Hablamos
de nuestras ocupaciones tan diferentes, así como de nuestras edades tan
próximas. Apenas rebasábamos los veinte inviernos, aunque ella lucía mucho más
joven.
Nos quedamos momentáneamente sin un tema de conversación. Me
quedé pensando en lo extraño que era lo que estaba ocurriendo. Había un extraño
pacto de confianza entre los dos; yo no era un violador y ella no era una treta
de algún grupo criminal. Eso nos gustaba pensar. Comprendí la adoración de
algunos por la noche, por ser la más impredecible de todas, aquella en la que
parecen borrarse las líneas entre lo racional y lo imaginario.
Mientras reflexionaba eso, escuché un ruido que me hizo dar
un salto. Ella, con total silencio y agilidad, había encendido el motor del
bote. Vio mi cara de espanto y se limitó a decir: “¿Qué? ¿No te gustaría dar
una vuelta? Seguro que la noche es fantástica”. Accedí sin pensarlo. Sus actos
inocentes, traviesos y espontáneos me sorprendían. La verdad es que uno ya no
vive así en estos días.
El ritmo con el que navegábamos no era tan rápido.
Disfrutábamos juntos del paisaje. Las luces del pueblo se veían cada vez más
lejanas, a veces brillaban los fuegos pirotécnicos en el aire. Las colinas
cubiertas de bosque lucían intimidantes, casi espectrales. Algunas residencias
que parecían extraídas de la campiña suiza brillaban tenues.
El lago no era tan grande. Mantenía ese carácter
imperturbable en sus aguas, en las que se reflejaba una diminuta porción de la Luna.
Andurin me dijo que tenía ganas de recitar poesía en su idioma original. Los
marineros no gustamos mucho de eso, pero quise escucharla. Su voz delicada
recitaba palabras intensas con intervalos de silencio que parecían absolutos.
No entendí nada de lo que dijo pero terminé profundamente conmovido.
En aquellos instantes nos habíamos acercado a uno de los
extremos del lago, una caleta encajonada en la que desembocaba sutilmente un
río. Nos detuvimos ahí unos instantes. Ella comenzó a cantar una canción,
oscura y profunda. Se aproximó más a mí, jugando con mi impresión, con el
temblor que invadía mis piernas. Puso sus manos frías en las mías. Cerré los
ojos. No respiro.
* * *
No sé en qué momento terminamos caminando en el bosque por la
ribera del río. Mi lógica me dice que a estas horas de la madrugada con trabajo
podríamos ver y no tropezar con las gigantescas raíces. Pero atravesamos un
sitio estrecho de donde emana un extraño brillo esmeralda cautivador. La presencia
del río se advierte por el sonido, y por las piedras que nuestros pasos lanzan
a la corriente.
Ella me lleva de la mano, a pesar de que jura conocer el
lugar. Afirma que me falta atrevimiento, que me quedo pasmado en lugar de
dejarme guiar por mi curiosidad. Y ella toma el papel de mi valor, que se ha
largado a quién sabe dónde en medio de tanta fascinación. Andurin sigue
cantando, como si tuviese un violín entre los labios. Siento que al mirarme me
besa sin tocarme. Me siento pequeño, ridículo, pero invadido de un placer
extraño.
A lo lejos se escucha un estruendo. Deduzco que debe tratarse
de una cascada o algo similar. Nos detenemos en un claro de bosque. Quedamos
tendidos sobre el pasto, no tenemos frío. Ella se aproxima a mi pecho, en unos
segundos queda entre mis brazos. Ambos suspiramos. Parece que solo hablamos con
nuestra respiración. Noto un gesto travieso en su mirada. Luego besa mi mejilla
y mi cuello. Se me eriza la piel. Rio discretamente: no puedo ser tan
afortunado, no puedo.
* * *
Despierto con problemas para respirar y en un total estado de
confusión. Aún escucho el estruendo. A mis espaldas hay una gran cascada de
aguas níveas. El torrente de agua sólo se detiene por unas grandes rocas
oscuras. El flujo del río continúa después. En el ambiente persiste un aroma
embriagante y dulce; en mis oídos aún reverbera una melodía que parece
consumirse.
Me acerco al agua para lavar mi cara y ver mi reflejo. Sigo igual, con un gesto confundido y con unas curiosas manchas rojas en ciertas partes de mi piel. Busco a Andurin por todas partes, pero no la encuentro. Nada tiene que hacer un marinero aquí así como nada tiene que hacer alguien como ella conmigo. Siento una extraña carencia. Dudo de mis propios recuerdos. ¿Qué carajo me dirán cuando lo cuente? No lo sé. Quizás que fuimos parte de un capricho creativo.
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