Instantes Mágicos (Gol)
INSTANTES MÁGICOS
A Gol, mi
querido hermano
Tengo frío. Esa es la sensación mínima de la que podría
preocuparme en estos momentos. La soledad pesa más. Hay un vacío en el estómago
y, en realidad, en todo el cuerpo. Con dificultad puedo mirar hacia arriba,
contemplar ese cielo estrellado que yace impasible sobre mí y que absorbe mi
presencia. El viento agita mi cabello, las lágrimas se vuelven heladas.
Es el miedo aquello que nos mantiene inmóviles ante el
peligro o que nos hace correr en dirección contraria a donde deberíamos. Lo que
nos hace caer en tormentas cada vez más grandes y perder el rumbo entre
torbellinos que no entendemos. Pero si el mundo está equivocado, ¿quién vendrá
para decirnos lo que está bien, lo que vale la pena? Vivimos en el reino de la
duda, sólo para seguir caminando hacia atrás.
No es tan fácil perdonar los errores propios y los ajenos en
un mundo en el que nadie quiere que las olas borren sus huellas de la arena. La
debilidad y la fortaleza toman posiciones en las palabras de cada quién para
influir en actos de orgullo. Tengo las manos cubriendo mi rostro por una razón
implícita: Me avergüenza que el mundo me vea así.
Oigo un ruido fino, cadente…son pequeños golpes contra el
suelo. Hay una grácil presencia que corta este aire enrarecido de amargura.
Oigo su jadeo momentáneo y luego siento su cabeza sobre mi pierna derecha.
Volteo. Sus hermosos ojos castaños se clavan en el fondo de mi ser. Me deshago.
Tomo su cabeza con mis manos y me acerco hasta que nuestras frentes están
conectadas. Es él, mi perro y yo, su humano.
Sonrío un poco. Lo abrazo. Mantiene un silencio fantástico,
armonioso, que me da más respuestas que cualquier terapia o libro barato.
¿Quién me haría confiar en el mundo otra vez, quién eliminaría mi desencanto? Él,
corriendo hacia mí, a recibirme después de cualquier día. Él y sus
contemplaciones infinitas, su admiración por aquello que tanto ignoramos: los
pequeños detalles.
Encuentro en su presencia la sencillez que desbarata la
complejidad. Al acariciar su pelaje dorado, brillante y suave, recuerdo muchos
días más felices con mi familia. Lo recuerdo a él, corriendo lleno de alegría
por el bosque, buscando el riachuelo cercano para perseguir algún pedazo de
madera caído. Nos alegrábamos de verlo así, respirábamos aire fresco,
absorbíamos vitalidad. Nos invitaba a jugar, amenazaba con mojarnos y ladraba
con placidez.
Ahora mismo me muestra la verdadera compañía incondicional,
con su manera de ahuyentar los momentos vacíos. Se queda recostado junto a mí,
a mis pies. Mi mano juega acariciando su cabeza. Respiro con tranquilidad. Le
cuento algunas cosas, como si fuera un loco. Me presta atención, se alarma
cuando el tono de mi voz cae. Cuando termino, él se pone de pie. Me invita a
seguirlo. Confío en su instinto.
La avenida enfrente de mi ventana le parece interesante.
Trato de seguir el ritmo de sus miradas y contemplar sus pequeños asombros.
Ambos nos sentimos confiados con el otro, volteamos a vernos involuntariamente.
He deseado muchas veces que tuviese voz, pero interpretarlo parece más
emocionante. Cuando termina su vigilancia nocturna siento un alivio extraño. Lo
vuelvo a seguir.
Huele las flores del jardín y restriega suavemente su rostro
contra algunos arbustos. Por sus expresiones podría decir que está sonriendo.
Me coloco a su nivel. Las cosas lucen muy distintas. Él se deja seguir con
alegría, disfruta, improvisa su curso y va de un lado a otro. Lleva años
recorriendo esta terraza-y toda la casa-, pero parece que fuera la primera vez.
Recoge su oso de peluche con su hocico y le da una sacudida
tierna. Sale disparado corriendo, sus ojos son juguetones. Trato de quitárselo,
lo sostengo suavemente y él escapa. Disfruta escabullirse, salirse con la suya
para luego volver a aparecer. Acabo cansado primero que él. Luego de unos
instantes, deja caer su juguete en mis manos. Se sienta al lado mío.
Lo abrazo en la parte superior de su lomo. Miramos hacia esas
estrellas que contemplaba hace un rato. Le digo más cosas, esta vez entre
risas. Son instantes infinitos, conmovedores e inolvidables. El tiempo corre a
pasos agigantados, pero nosotros tenemos ese momento para nosotros. Mentiría al
decir que sólo es un momento profundo e íntimo entre perro y amo; es entre
hermanos, entre compañeros de vida, de existencia.
Al final tenemos un motivo para alegrarnos, para tener el
presente sin añoranzas ni ansias. En estos momentos importa poco qué será de
mañana o cómo pasaremos el resto del año. Tenemos el gusto de estar vivos, de
no estar solos, de compartir un recíproco amor natural, sin culpas o molestias.
Fidelidad es una palabra que se queda corta. La lealtad existencial
imperecedera es lo que nos hace hermanos.
* * *
Doce años son muy pocos para nosotros, los humanos. Se van en
un abrir y cerrar de ojos, los consumimos fácilmente. Quién sabe si él creyera
lo mismo, pero la rendición jamás estuvo entre sus planes. Conté anécdotas muy
bellas de su vitalidad mientras él reposaba en mis pies. Trataba de demostrarle
que podía sonreír recordando esos pequeños momentos, que había aprendido sus
incansables lecciones silenciosas. Meses después seguía con lo mismo.
El fatigoso curso de los días nos levanta y nos derrumba en
un ciclo al que estamos acostumbrados. Su presencia física ya no está. El
sonido es capaz de quebrar cosas pero el silencio también. Pasan sueños y
fantasías muy bellas por la mente en las madrugadas; pero al despertar, la
ausencia continúa. ¿Cómo sentirse en esos momentos, felices porque tantas cosas
ocurrieron o tristes por qué se fueron? La elección no siempre es voluntaria.
Lidiar con los recuerdos felices no es tan malo como muchos
creen. Estos no merecen el olvido, el “ya pasó”. Traen una alegría momentánea.
Ahí estaba él, desde que lo descubrí sorpresivamente en mi pasillo a los siete
años hasta los conmovedores momentos finales. Había visto correr una vida
frente a mis ojos. Él también había visto la mía. Qué pequeños y qué grandes
fuimos. Y viceversa.
* * *
Algunas cosas se consumen y otras permanecen de formas que no
comprendemos. Hay paraísos, oasis ocultos entre la dureza de las
circunstancias. Sabía que habría de extrañarlo por muchos días y noches. Todos
aquellos que lo conocieron también. Repartió tantos instantes de cariño y
alegría entre tantas personas que sería imposible contarlos. Incluso los más
duros se desvanecieron. Compartíamos su recuerdo.
Aprendí de él más de lo que alguna vez pude imaginar. El
entendimiento mutuo rebasaba a veces la razón elemental. Predecía nuestras
llegadas a kilómetros de distancia. Dominaba grandes misterios de lo intangible
sin saberlo. Predicaba aquella inocencia que todos creemos perdida de tanto
temer, la esencia misma de la naturalidad y la belleza.
Extraño tenerlo por aquí. Sonrío mucho al pensar en él, pero
también me invade ese humano dolor. Ya lo imagino consolando mis sentimientos
cuando se desbordan. No sé a dónde pudo haber ido alguien que vivía en total
armonía con su vida propia, como si el Cielo viviera en él. Me gusta pensar que
habrá más noches estrelladas, días de campo y regresos a casa en los que
sentiré su apacible mirada.
* * *
Como ser
humano, escritor y creador de pequeños universos paralelos le debo más que un
agradecimiento a él. Ha sido una fuente de inspiración y lo seguirá siendo.
Quién haya tenido una relación tan cercana con un perro, puede entender a lo
que me refiero. Quién no, aún está en posibilidades de intentarlo. Es una
experiencia realmente emocionante en todos los sentidos.
Aplacé por
mucho tiempo la creación de este escrito, más por evasión que por falta de
tiempo. Se acerca el final de año y ya era el momento, hoy empieza el invierno.
Es algo íntimo, pero es lo menos que podría hacer. Alguien me dijo que Adamo
Boari había inmortalizado a su querido perro en el Palacio de Bellas Artes. Era
una gran idea. Mi intención es similar, pero la labor no está terminada. Es un
comienzo.
Lo extraño
muchísimo y podría escribir muchas anécdotas de él. Pero será con el tiempo que
las comparta con ustedes, sea de manera explícita, o intercaladas entre nuevas
dimensiones posibles. Con trabajos puedo terminar de escribir esto. Muchas
gracias por leerme, por compartir esto conmigo. Estoy seguro de que Gol estaría
felices de verlos.

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