El Último Idilio
EL ÚLTIMO IDILIO
Resquicio Natura
Llegaron esos días en que las noches dejaron de ser para
dormir en la ciudad. Las luces jamás se apagaban. Las horas de la madrugada
eran vistas por ojos cansados y deslumbrados, condenados a una ceguera
temprana. Los despertadores desaparecían. Las camas amanecían frías, en
perfecto orden. Las cafeteras no dejaban de trabajar. Las pastillas energéticas
se consumían más que los chicles.
Los paros cardíacos se multiplicaban; eran los únicos capaces
de provocar un alto, de sugerir un descanso. Paul acababa de pasar por uno. El
descomunal dolor en el pecho lo hizo caer tendido de manera fulminante, debajo
de su escritorio, como impactado por un rayo. Sintió la potencia de su
respiración desesperada. Lo atendieron rápidamente, perdió la conciencia y
despertó en un hospital.
Aquella mañana despertó encogido, entre unas sábanas frías a
las que su cuerpo ya no estaba acostumbrado. Se estiró con dificultad, abrió
sus ojos con pereza y se puso en pie. Con las manos temblorosas, tomó sus dosis
de medicamentos. Quiso salir a dar una vuelta, sólo por confiar en el viejo
mito, que ya casi nadie hacía, de ir por aire fresco para refrescar las ideas.
Quizás había algo de interesante en esa costumbre anticuada.
Unas nubes grisáceas cubrían a un débil sol matutino, a unas
cuantas horas de que fuese el mediodía. Había un silencio inquietante. Las
estrechas calles superpobladas estaban vacías. El viento agitaba los adornos
decorativos oxidados que colgaban afuera de las casas. Los autos se habían
vuelto más discretos que una hormiga, su sonido era imperceptible. Paul miraba
todo con desconfianza.
La ciudad parecía dormir aquella mañana, su alma yacía inerte
debajo de la quietud de las banquetas. Los detalles mínimos y los letreros hilarantes
habían desaparecido entre paredes grises, de apariencia metálica, envueltas de
una aparente sofisticación. Paul había sido uno de esos que en el jardín de
niños habían dibujado una casa de esas, como prototipo de vida feliz. Hoy, con
sus pasos lentos, despreciaba esas visiones y, a la vez, le causaban ansiedad.
Cerca de ahí, a escasas cuadras, estaban los jardines viejos.
Ahí, en aquellos tiempos olvidados, los niños jugaban en las tardes; los
enamorados paseaban y se escondían detrás de los arbustos; los adultos
chismoseaban y reían después del trabajo; los ancianos recordaban sus memorias.
Ahora era un sitio cubierto de maleza. Las enredaderas habían crecido tanto que
las paredes tenían fisuras. Ni siquiera los criminales se adentraban ahí para
cometer sus actos, les producía repulsión.
Paul no tardó mucho en llegar a la estructura de piedra que
adornaba el lugar. Ahí yacía un grupo de vagabundos, descansando entre los
pastos altos, con la cara mugrienta, la mirada perdida en algún punto
indefinido de las nubes y los brazos cubiertos de cicatrices. Ellos ya jamás
volverían a sentir la vida que alguna vez tuvieron. Ahí estaban, a la deriva
entre un tiempo que se volvía cada vez más corto.
Sin el menor apuro, Paul los esquivó y continuó su camino,
para adentrarse en aquel lugar. No sintió lástima por ellos, sólo una agria
indiferencia de hallarse frente a lo inevitable. En cambio, una sensación de
náusea y temor dominaba su estómago. Dobló sus rodillas y se inclinó hasta que
su cabeza estuvo cerca del suelo. El sudor frío bajaba por su cuerpo. El ataque
de ansiedad se fue pronto.
No había ardillas saltando entre los árboles o insectos
explorando por el suelo, como le había contado su abuelo alguna vez. Aspiró
aire una vez y tosió desesperado: era demasiado oxígeno. El lugar mantenía una
exuberancia inusual que cautivaba sus ojos más que la alta definición de sus
hologramas. Su cuerpo se acondicionó fácilmente. Perdió el entumecimiento.
Las bancas se deshacían poco a poco por el óxido, producto de
las escasas lluvias de muchos años. Los juegos de los niños yacían en el suelo,
cubiertos por hojas caídas. Paul levantó algunos tubos y estructuras, por
curiosidad. Había una marca en la tierra, como si la nostalgia acumulada
hubiese provocado que el metal echara raíces como cualquier planta. Eran las
ruinas, con la virtud de la inmanencia.
Él había leído mucho de aquellos días y sin embargo, no
entendía cómo las personas podían pasar tantas horas en ese lugar. El ocio
había limitado el movimiento en aquella sociedad. En esos días la gente temía a
perder el tiempo y no salía. Cada segundo podía ser aprovechable. El orgullo se
medía por las ojeras, por las falsas sonrisas que ocultaban el tedio.
Paul se recargó sobre el tronco de un prominente árbol viejo
y alto. Dejó caer el peso de su cuerpo sobre la vegetación, tan suave como el
colchón de su habitación. Suspiró unos instantes y miró hacia arriba. Había
unas extrañas aves oscuras sobre las interminables ramas. Se miraban por
minutos y luego se acercaban danzando hasta eliminar la distancia. Entonces
cantaban una melodía armoniosa que se quedaba en los oídos.
Sus alas eran enormes y tenían plumas vistosas en el pecho.
Su vuelo las llevaba a perderse entre las nubes por varios minutos. Luego
volvían, con cosas en sus picos y las dejaban caer. Paul siguió con cuidado el
trayecto de los objetos caídos. Eran papeles, algunos cuidadosamente doblados,
otros vueltos desordenadas bolas arrugadas.
Había muchas cosas escritas de toda índole y dibujos
improvisados, traídos de algún lugar no tan lejano. Ya casi nadie escribía en
papel. Aquellos garabatos parecían un tesoro, lo que una vez era cotidianeidad
se había vuelto una reliquia que cualquiera quisiera tener cubierto por
cristal, lejos del polvo. Había algunas cartas, declaraciones coherentes y
absurdas que jamás llegarían a su destino. Un día la humedad y la tierra las
desintegrarían.
Paul siguió el ciclo interminable, esperaba con curiosidad
las novedades que traían los pájaros. Sintió una tranquilidad inusual. Una
pequeña ave de colores brillantes y aleteo rápido, de la cual apenas pudo
recordar que se llamaba colibrí se posó en su mano. Acarició su plumaje suave,
sintió su pulso diminuto en uno de sus dedos. Observó sus ojos impasibles.
Sintió que algo abrazaba su cuerpo y lo sujetaba al tronco.
Eran unas ramas jóvenes, pero fuertes. Él no intentó escapar. La esencia del
lugar lo deleitaba. Pensó que en aquel lugar se sentiría conforme con su eterna
condena a la libertad, aquella políticamente incorrecta en mundo que se
vanagloriaba de tener los pies en la tierra. No era la nostalgia. Era creerse
en un paraíso que burla a cada instante los complejos del ser humano.
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