El Silencio Inducido
EL SILENCIO INDUCIDO
El Abandono
Mi voz se congeló, se hizo diminuta y se volvió un silbido
inaudible para todos, incluso para ella. El movimiento de mis labios reproducía
un silencio desesperante que me causó una súbita ansiedad. El frío se apoderó
de mis brazos desnudos, antes tan cálidos. No pude cubrirlos. Sólo la escuchaba
a ella, a su sucesión infinita y demoledora de palabras.
Aún no es invierno. El 22 de diciembre no se adelanta sólo
porque las tiendas comerciales se cubran de nieve falsa; quieren asemejar un
recinto de guirnaldas y pinos con raíces en los mosaicos del piso. Los días cálidos,
que parecen de marzo, aún no se van. Lo único que delata las últimas semanas de
un otoño indiferente son las hojas secas que adornan los jardines, aquellas que
son consumidas entre las pisadas y el viento.
La huida de mis palabras no le molesta. Observo la ira en sus
ojos, en los movimientos impacientes de sus manos, en el pequeño vacío que
forman sus cejas, en las lágrimas que empiezan a condensarse en sus ojos. Está
frustrada, por mi indiferencia y mis repentinas desapariciones. Todo parece ser
mi culpa. Quisiera decirle que se fuera de una vez, que quitara sus dedos, que
acaba de poner en mi rostro y que diéramos paso a la paz desde la ausencia.
Admiro la amargura de su ser ahora mismo, esa oscuridad que
tanto detesta y que a mí tanto me hipnotiza. Esa forma en que condena mi
nombre, que antes repetía con tanta dulzura. Contemplo su intensidad que se
contrapone al vacío que me invade en estos momentos. Los indicios de tristeza,
de desear una recuperación mágica parpadean por instantes. Luego desaparecen.
Es el precio de cerrar los ojos ante lo inevitable.
No es que sea yo un ser sin pasiones. No es que posea una
armadura de hielo, porque hace meses habría desaparecido. No queda nada por lo
cual apasionarse, avanzar, persuadir, confesar, consumar, intimar, quejarse o…desear.
Es la estructura inútil de una relación condenada a ser una estructura
fantasmagórica de miedo, de añoranza infructuosa. Es el final que no llega.
Dentro de su caos queda un sesgo de esperanza. Le motiva uno
de esos reencuentros de Hollywood. Quiere ver rosas rojas en su puerta, una
copa de vino en su mesa, palabras dulces borboteando en sus oídos, una mirada
ilusa mía y el recuerdo de una pasión resucitada en sus sábanas. Espera contarle
a todos, con cierto orgullo, que su relación es de altibajos pero que ahora
está en la cima. Ella desea un camino sinuoso. Para mí, nada de eso existe.
Esta vez mi boca no me traicionará para hacer promesas
absurdas de las que me arrepentiré mañana. Es una virtud del silencio inducido.
La belleza de la noche desaparece. La luz del farol titubea y si se funde, podría
escapar a donde ella no pudiera seguirme. No es cobardía la mía, es un último
impulso, como aquel con el que un gran pez aprovecha un descuido del pescador para
saltar de un bote y así perderse en la profundidad del mar.
Seguro que recordaré esos días del
feliz adormecimiento que produce el enamoramiento. Lo haré como quién divisa
por última vez el puerto que acaba de abandonar. El idilio será distante,
porque quienes lo construyeron ya habrán desaparecido como polvo entre las
nubes. Nadie ha revertido el proceso de la muerte. Por eso no tengo fe.
* *
*
Se desesperó. Lágrimas corrían sin
cesar por sus mejillas. Me pidió que hablara, que le reclamara, que la mandara
al demonio de una vez. Tomé sus hombros y la miré profundamente, con todo mi
desencanto, no con crueldad sino la sinceridad que necesitaba. Ella tomó mi
cuello, trató de besarme. Interpuse mi mano, le guiñé un ojo.
Había una pluma tirada en el suelo,
cerca de mis pies, casi sin tinta y pisoteada. Quise escribirle un mensaje.
Tomé su brazo. Dibujé cuidadosamente un símbolo de silencio en lenguaje musical.
Negó con la cabeza. Fui más explícito: “Mis palabras ya no existen”. Ya no
había cantos, melodías armoniosas o recuerdos que tararear por las tardes. Sólo
la escasez de sonido en una sala vacía.
Sus sospechas de infidelidad eran
insuficientes. No era culpa de esos seres inexistentes a quienes llamaba “zorras”,
que jugaban a los coqueteos efímeros, a las sonrisas de complicidad conmigo. No
era mi culpa por tolerarlas, por admirar la forma en que funciona la atracción.
Tampoco era la suya, por ocultar sus flirteos culpándome a mí. Sabía mejor que
nadie que cuando la moralidad se vuelve aplastante, todos caen y nadie es capaz
de entender la naturaleza de las cosas.
Parpadeé y sentí un feroz golpe en
mi mejilla. Sentí mi piel irritada, me llevé la mano al rostro. Al fin, atiné a
decir: “Se acabó”. Me miró por última vez, refunfuñó y se dio la media vuelta para
alejarse entre pasos presurosos. Su silueta desapareció pronto entre la jungla
urbana. Me quedé en medio de la calle, sin moverme, tratando de asimilar ese
pequeño acto de valor, aquel que rompió con la cobardía del silencio.
En los días venideros de un invierno
sin hielo, nos hicimos más humanos. Los amores se volvieron cortos, pasionales
y reciclables. El idilio del romanticismo tuvo que desaparecer para no morir
asfixiado con este aire enrarecido, proveniente del lado oscuro de nuestra
propia naturaleza. Y negar que existe no nos hará mejores. Ya habremos de
perder el piso otra vez, muy lejos de aquí. Dudo que ella lo sepa. No me
importa.
Sugerencia de epílogo: Segundo Canto de Abandono, por Efraín Huerta

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