Esmeralda
ESMERALDA
Sé que no tienes idea
de que existe el limbo. Tu rostro luce demasiado joven y despreocupado para
haberlo vivido antes. No es un sitio de redención o renovación espiritual por
los pecados u omisiones cometidos en la vida. Es un espacio de la vida en donde
la coherencia se desvanece, el aire escasea o está enrarecido, nada parece
ocurrir alrededor más que la sensación extraña de dolor incoloro y la tristeza
pareciera jugar con arrojarte a un precipicio.
No te lo deseo. Tampoco
la desesperación. Estoy aquí sentado en una parada de microbús en plena
madrugada. Nadie transita ya por estas calles. Sólo algunas sombras pasan a
ratos con prisa o indiferencia para difuminarse entre los camellones. Algunos
preguntan cosas con voces curiosas e ininteligibles, producto de algún sitio
lejano. Al final todos se van. Sigo estando solo, ajeno al frío que me recorre
la columna vertebral.
Sé que no tuvo caso
enviarte ese mensaje absurdo, motivado por la culpa y por un profundo deseo de
encontrarte. No eres ingenua. Sabías que mentía cuando te dije que volvería
luego de un rato en el concierto. Me sentía asfixiado. Las piernas me
temblaban. Irme no fue un acto de cobardía como pudieras pensar. Sólo el
pretexto para tratar de solventar la frustración que me volvía tan pequeño, y
te hacía voltear la mirada.
Conocerte fue como ver
una lluvia de estrellas bajo una metrópoli contaminada. Es de esas cosas que
simplemente no pasan. Dicen que nada es demasiado bueno para ser cierto, pero
de ti no pude dudar. Eras tan joven, tan apasionada, tan inteligente, tan
sobria en tus expresiones y tan curiosa ante la vida. Eras la musa que ignoraba
su condición grácilmente.
Todas esas cosas y
otras tantas más indescriptibles te hacían peculiar. Resaltabas como un punto
luminoso en esas tardes donde afirmaba no tener tiempo para nadie. Eras como
una buena historia porque me llenabas de suspenso con tu sencillez, y quería
seguirte leyendo. Quise censurar mis pensamientos hacia ti porque sabía lo
peligroso que podía ser dejarme llevar. Disfrutaba tu presencia con cautela,
creyéndome un turista efímero en otra parte de la vida.
Por aquel entonces yo
sólo me paseaba con un orgullo consolidado, un pesimismo justificado ante el
futuro, deseos inalcanzables y fantasías disueltas caóticamente en aquello que
hacía ¿Qué podría enloquecer al hombre que, ingenuo, se jacta de dominar sus
placeres y pesadillas? Tú, sin darte cuenta. No habría de darme cuenta hasta
mucho después.
Recuerdo esa tarde de
sábado en Coyoacán, en la que íbamos a tener una cita. Llegué con una escasa
demora de diez minutos. Pero nunca te vi llegar. La esperanza absurda me hizo
permanecer ahí por más de dos horas hasta que el frío me hizo huir. Tú jurabas
que también estuviste ahí. Quise creerte. Quizás volvernos invisibles era un
capricho, una preparación para jugar a encontrarnos entre las multitudes.
Acordamos un nuevo día
para vernos, o mejor dicho, una noche en la que música nos absorbería, en la
que nuestros sentidos volarían por los aires: un concierto. Sólo lo imaginaba
contigo. Mi error, tan humano como tan ingenuo, fue creer demasiado en ese día
y esperarlo con las mismas ansias que un niño espera Navidad. De pronto mi
cautela desaparecía, corría en círculos con los ojos cerrados.
Imagina entonces como
me sentí cuando, otra vez, no te encontraba. Te busqué por todas partes, te
llamé sin éxito y casi quise encontrarte en el rostro de alguien más. Sabía que
estabas ahí, lo sentía. No podrías haberme mentido. Era tu esencia la que me
mantenía atado otra vez a la ilusión de que aparecieras con una sonrisa en mi
espalda y te rieras de mi distracción. Pero no ocurría.
Tuvo que pasar algo de
tiempo hasta que los malditos celulares funcionaron y pudimos encontrarnos. No
creía lo hermosa que te veías con esa blusa rosa, con tu cabello cobrizo
cayendo sobre tus hombros descubiertos. Fui demasiado torpe para saludarte. Tu
sonrisa era tenue como una olvidada y poco rancia melodía de jazz.
Había llegado nuestro
momento, pero algo hacía falta. ¿Sería que no sabíamos que hacer o estábamos
distantes por temor? No lo sé. Censuré mis ideas más felices. Hablábamos de
cualquier cosa con nuestras voces apenas audibles. La música sólo nos
ensimismaba. A veces pensaba en la condena de que los romances entre personas
demasiado parecidas no podían ser. Por momentos, quería llevarte lejos de ahí
para mirarte en silencio, para calmar el revoloteo de mis demonios.
No era capaz ni de
tocar tu mano. Todos esos años que parecían haberme vuelto experimentado se
iban al carajo. El lado frío de mi cerebro casi se ahogaba en el mar de mi
propia fascinación frustrada. Pero yo me sentía capaz de seguir con mis deseos,
de buscarlos una y mil veces, de renunciar a mi propia comodidad por no dejarte
ir.
Estaba ajeno a mi
propia naturaleza, con mis emociones creciendo, con nuestras presencias cada
vez más distantes. ¿Qué tenías tú, mujer? ¿Qué carajo me estaba pasando?
Comprobé el estado de mis muñecas, por aquello de los amarres. Miré mi rostro
cuando pude: era el mismo, pero con una ridícula expresión de enamorado que no
me podía borrar.
¿Has sentido
simultáneamente el placer y el miedo? Con ironía te digo que es divertido.
Traté de pensar en otra cosa, en otra persona, pero era imposible. Finalmente
me atreví a proponerte que fuéramos a otra parte. Tu rostro feliz se desvaneció
por un momento: me dijiste que no, que ahí estábamos bien. Y me quedé contigo.
Otros tipos trataban de
coquetearte y me sentí celoso. ¿Cómo? Si yo no sentía eso hacía años, en los
tiempos de la adolescencia inmadura. Mis impulsos contradecían mis razones. Me
veía reducido a lo visceral a ratos. Quería llegar y abrazarte por la cintura
mientras te cantaba una canción al oído. Cuando lo intentaba mis brazos no
respondían. Sólo quedaba el resquicio de mi mirada, que cada vez ignorabas más.
¿Qué había hecho mal?
¿Qué era lo que deseabas realmente de mí? Eso pensaba mientras alguien más te
hablaba y tú tratabas de ignorarlo. Él perdió pronto el interés, pero fue a
contarle a uno de sus amigos que también se sentía atraído por ti. Yo sólo
lucía como un idiota fuera de lugar. Tú eras feliz contigo misma, con tu
circunstancia y con nada más.
Ya no pude soportar
más. Fue entonces cuando te dije que tenía que irme y que volvería luego de un
rato. Me miraste con sorpresa. Noté un pequeño resquicio de tristeza en tus
ojos mientras afirmabas con la cabeza. No podía dar vuelta atrás en mi
determinación. Me fui sin mirar atrás esquivando gente, mientras iba sintiendo
que el aire de la noche me revivía de un aparente embrujo.
De nuevo me sentí
orgulloso de mi libertad y de mi soledad. Pude, al fin, no pensar en ti. Quise
imitarte, fui capaz de disfrutar mi existencia en ese festival de melodías
eufóricas. Volví a sonreír, a coquetear con las incertidumbres caprichosas de
la vida. Sentí que había hecho lo correcto, que nadie era capaz de volverme
loco ni de hacerme caer en la perdición.
Cuando todo acabó me di
cuenta de lo equivocado que estaba. Había sido un delirio momentáneo. ¿Dónde
estabas tú? Ya no pude encontrarte entre la multitud. Era inútil tratar de
llamarte. La culpa por haberte dejado ahí me invadió. Sabía que no estarías
sola, que tu hermana iría por ti. Pero, ¿dónde había quedado nuestro día? Sólo
me sentía como un enamorado frustrado.
Fue entonces que te
envié ese mensaje buscando tu perdón sin decirlo. No sabía si creer en la
culpabilidad. Ya era de madrugada. En esas horas las conciencias tranquilas
dormitan y las inquietas sufren. Jugaba a crear flashbacks de nosotros saliendo
del concierto, tomados de la mano, felices y extasiados. Al final, lo único
real era el frío metal de la parada de un transporte fantasma.
Era ya tan similar a
los seres de la noche que mi presencia no les causaba sorpresa. Esa era mi
condición. Ahora sigo pensando en ti, acongojado, en este limbo creado por mi
propia locura. ¿Qué tienes tú, Esmeralda, que me haces perder los cabales y
entrar en los dominios del caos que nadie domina, ni predice, ni disfruta sin
dolor?

Comentarios
Publicar un comentario