Una Máscara Dorada
UNA MÁSCARA DORADA
¿Vendrás
ya? Espero que sí. Estoy impaciente, no hice tantos arreglos para sumirme en la
ansiedad de tu inusual demora. Deseo ver ya tu cara de sorpresa, de total
desconcierto, para luego verte sonreír, así como nunca te he visto. Quiero que
me mires, que me interrogues, que busques la razón de mi locura. Estaré para
decírtelo. Puede que al fin estés orgulloso de tu propia hermana.
Te
he visto muy decepcionado de mí en los últimos días. En los otros te he visto
indiferente. En tu concepción tan perfeccionista del mundo no caben mis ojos de
sueño, mi vagancia natural, mis descuidos involuntarios, la indecisión y la
inconsistencia en mis planes fantásticos. No ves en mí la brillantez que
observas en tu rostro por las mañanas cuando te miras al espejo.
Por
eso, querido hermano, decidí no mostrarte mi rostro hoy. Quise sorprenderte con
algo distinto, hacerte voltear. Asumí el reto de despertar la curiosidad en ti,
el hombre que cree predecirlo todo. Primero traté de cubrirme con una mascada
oscura, para dejar sólo mis ojos visibles. Sí, así como en Medio Oriente. Fui
cuidadosa de delinear los bordes de mis ojos verdes con tonos púrpuras. Ya me
veía misteriosa, pero no era suficiente.
Quizás
mi nuevo atuendo sería en realidad poco llamativo para ti. Creerías que sólo me
encapricho conmigo misma y que tú tienes que soportar las expresiones
silenciosas de mis delirios estéticos. De todas maneras, es una tarde calurosa
y la tela oscura me hace sudar mucho. En ese momento aún faltaban dos horas
para tu hora habitual de llegada, así que hice una fotografía de mi apariencia.
Te la enseñaré mañana, para que rías de mi intento inicial frustrado.
¿Qué
haría entonces para despertar tu imaginación, para que salieras de tu esfera
evasiva y volvieras mirarme, como en los viejos días? Se me ocurrió algo
mientras buscaba ideas en la profundidad de mi closet apolillado. Tenía una
vieja máscara que había usado en algún festival o carnaval; estaba despintada y
rota de un extremo. Nada que mis manos no puedan arreglar.
Me
dirigí a mi habitación, tomé unas tijeras e hice los cortes necesarios.
¿Recuerdas esas ilustraciones de los bailes de máscaras de las cortes europeas
que veíamos en los libros del abuelo? Así convertí la que tenía en mis manos,
sólo que omití el extremo que era sostenido por la mano y lo sustituí por un
resorte. Quería tener mis manos libres.
No
era ya tan grande para ser una máscara, ni tan pequeña para ser un antifaz.
Cubría la mayor parte de mi rostro, excepto por un tercio de los bordes de mi
mejilla y mis labios de un pálido color canela. Pero seguía en mal estado. Le
faltaba un poco de pintura. Debía apurarme o no alcanzaría a secar. Pensando en
ti, fue fácil elegir un color.
Tienes
un aire de aristocrático, aunque esa palabra ya no quepa en un lugar donde
todos se dicen iguales. Crees en la jerarquía, tanto como los que ganan las
carreras sin voltear a ver qué fue de los otros. Piensas que te mueves en la
virtud, porque nada hace temblar tu obsesivo realismo. El color dorado te
gusta, porque te recuerda a ese metal que persigues y muchas veces alcanzas.
Por eso eres el golden boy de la
familia. Pinté mi mascara de ese color para que contemples esa fascinación tuya
en mí.
Terminé
muy pronto, cubrí las manchas con facilidad. Sólo escuchaba el sonido del
pincel deslizándose sobre el plástico. Esta vez no escucharías mi música tan
rara que te causa dolor de cabeza, tampoco mis intentos de ser mezzosoprano. No
quise encender las luces a pesar de que estaba cerca el atardecer. La escasa
luz hacia lucir mejor todo, mi creación relucía más.
Cuando
terminé no pude evitar reír. Acaricié la piel de mi rostro, como si estuviera
despidiéndome temporalmente de ella. Luego me coloqué la máscara. El brillo
inherente de mis ojos luchaba por sobresalir entre la oscuridad. Mi piel lucía
más atractiva. El tono oscuro de mi blusa contrastaba perfectamente. Yo ya era
otra, la sorpresa ya estaba lista.
Conté,
perseverante, los minutos hasta que dieron las seis. Las calles contiguas a
nuestro apartamento se llenaron con el tráfico habitual. El cielo se nubló
lentamente. Regué las pequeñas plantas de sombra que aún conservamos y derramé
un poco de agua. No me molesté en secarla. La vi escurrir por las paredes hasta
que se formaron pequeñas corrientes en el suelo.
Mi
distracción momentánea terminó cuando noté que ya habían pasado quince minutos.
En mi celular vi que tenía un mensaje tuyo en el que avisabas que llegarías a
las 6:30. Confié en tu puntualidad. Para calmar mis nervios, tomé el piano por
diez minutos. Ahí estaba esa partitura de Bach, con la que te habías
desesperado hace dos semanas. La toqué y sentí que mis dedos volaban. No era
tan difícil como tú decías. La pasión desenfrenada que requería esa melodía
jamás fue lo tuyo.
Soledad.
A eso me estabas condenando. Ya iban a dar las 7, seguías sin aparecer. Prendí
unas velas aromáticas, cerré las ventanas y dejé que esas fragancias inundaran
el ambiente mientras me dirigía a mi habitación. Llevo varios minutos aquí,
sentada en el borde la cama con las manos sobre mis mejillas. Me siento pequeña
pero encantadora.
Finalmente,
la puerta frente a mí se abre. Pero no eres tú. Distingo una silueta difusa que
no te pertenece. La oscuridad que yo misma dejé no me deja ver hasta que se
acerca más. Es Anna, no puedo creerlo. “¿Cómo demonios entraste aquí?” le
pregunto al verla. Ella sonríe, se lleva el dedo índice a los labios y me
abraza con fuerza.
Siento
su presencia tierna, como si lleváramos días de no vernos, a pesar de que la
dejé en su casa hace cuatro horas. Me dejo llevar por su impulso, parece no
importarle que tengo la máscara sobre mi rostro. Juega a buscar mis labios,
quizás le parezco más atractiva. Cuando hacemos contacto, ella se desvanece. Un
pequeño rayo de luz hace brillar unas partículas de polvo que caen en mis
manos. Otra ilusión más. Sigo estando sola.
Qué
experiencia tan extraña. Anna te molesta, lo sé. Es raro que hubiera soñado
despierta con ella mientras te espero. Aún me rio al recordar cómo estabas
enamorado de ella cuando éramos amigas y teníamos quince años. El día que
supiste que éramos pareja sentiste que el mundo se te deshacía. En tus planes
perfectos no cabía esa posibilidad.
Despierto
de nuevo de mis recuerdos. Escucho el sonido de las llaves. Esta vez sí eres
tú, distingo tus pasos. Exclamas con desgano un: “Ya vine”. Vienes hacia aquí
luego de dejar tu portafolio sobre la mesa y encender la luz del pasillo.
Aguardo ansiosa. Al fin te paras frente a mí y te detienes con brusquedad. Me
observas, giras la cabeza, extrañado. Te miro con una ternura inusual, te
sonrío. Te das la media vuelta. Azotas la puerta y te vas.
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