Treguas

TREGUAS

Todo pierde importancia cuando siento las manos vacías. Es una contradicción en un sitio tan abundante. Estoy sentado en la orilla de una vieja fuente, aún faltan unos minutos para que acabe de anochecer. Siento el viento que golpea mi espalda en repetidas ocasiones y las gotas de agua se quedan impregnadas en mi camisa. La luz disminuye a cada instante. Un poco de arenisca de piedra se queda impregnada con fuerza en mis dedos.

Aún en el paraíso nadie sonríe todo el tiempo. Siempre hay algo que acorta las sonrisas, que vuelve al olvido un elemento tan independiente como tajante que se lleva recuerdos sin preguntar y que convierte la incertidumbre en ansiedad generalizada. Todo aquél que pregunta por lo que pasa se lleva la misma respuesta: nada.

Yo sabía que la soledad era probable al llegar a esta pequeña ciudad, aún si venía con mi familia. Había que dejar muchas cosas atrás, a pesar de saber que no me quedaría por un tiempo muy largo. Jamás pensé en empezar de nuevo porque no había decidido terminar nada. Aún tenía sueños vigentes que nadie habría de arrebatarme. Este lugar sería de tránsito. No tenía que quitar mi vista de la meta.

Me presentaba ante las nuevas personas como un capitalino orgulloso de su ciudad de origen y futuro diseñador visual. Admito que lo hacía con glamour, me quería volver interesante para que me recordaran un día. Ellos se entusiasmaban, pero lo olvidaban pronto para concentrarse en sus propias vidas y terminar las semanas riendo en algunas playas escondidas.

Varios de ellos, de la misma escuela a la que recién me había inscrito, me incluyeron como uno más de los suyos. Teníamos edades similares. Eran relajados, desobligados, algo soñadores, risueños y amantes de su propia juventud, la cual descubrían de poco a poco. Traté de compartir su filosofía de vida entre las fiestas, las pequeñas competencias de surf y los paseos nocturnos.

Pero no era suficiente. Llegaba a casa por las noches cansado e inexpresivo. No era que sintiera nostalgia de mi vieja vida, sino que no era capaz de disfrutar la nueva. Ellos a veces ignoraban mis prolongados silencios, mis respuestas esquivas, mis esfuerzos por sonreír y mis instintos de irme. En otras se preocupaban un poco, trataban de sacarme la sopa. Siempre tenía una buena excusa, pero jamás me abandonaban.

Supongo que lo que ocurrió hoy es sólo una consecuencia de todo eso. Estábamos en el cumpleaños de Joaquín. Decíamos un montón de tonterías, improvisábamos juegos y bebíamos. Ya no me sentía incómodo. Las conversaciones eran tan espontáneas como alegres. En el momento en el que quedé en medio de todos y sentí sus miradas, las piernas me temblaron. Salí corriendo hasta que un repentino mareo me derribó cuando iba calle abajo.

Luego de unos costosos pasos, acabé aquí, hablándole a la estatua inerte de la fuente. Llevo aquí más de veinte minutos. Sé que todo eso fue el peso de la soledad en medio de tanta gente, pero que algunas lágrimas no tienen razón. Alguien se sienta cerca de mí. Es una adolescente unos años menor que yo que observa curiosa hacia todas partes.

Mientras sigo su mirada, contemplo los alrededores de la fuente. Ahí están las grandes casonas viejas grises que apenas reciben iluminación. Algunas aves y pericos cantan desde los cables de luz. Por el empedrado no pasa ningún auto, sólo algunas personas silenciosas de vez en cuando. Sus ojos se detienen en mí. Me sorprende con mi seguimiento. Sus ojos son grises, pero las pequeñas sombras en su rostro me hacen pensar en un lince. Ella se pone de pie y se va corriendo.

Desde lo lejos, ella avienta una moneda que alcanzo a capturar con la mano para evitar que golpee mi rostro. La contemplo, es vieja, pesada y con múltiples figuras. Está perfumada, huele a romero. Pienso en conservarla, pero algo me hace cambiar de opinión. Si yo no estuviera, esa moneda hubiera caído en el agua. Sin mí, el mundo seguiría su curso, sin detenerse. Mejor pido un deseo: alejarme del vacío, sonreír sin temer dos segundos después.

*   *   *
Ya es de mañana. Apenas pude dormir, pensando en los deseos de volver y terminé conmovido mirando fotografías. Aun así tengo que ir a la universidad. Mis padres se ofrecieron a llevarme porque tengo más material del que podría cargar en el transporte público. Desayuno de mala gana y acabo dibujando imaginariamente con el tenedor sobre el plato.

Sé que hay un modo más rápido de llegar por la carretera, con lo que se evita el pequeño centro de la ciudad. Me acomodo junto a la ventana sin decir mucho, con la melancolía apoderándose de mi garganta. La música es débil, predomina el sonido del auto en la subida a uno de los cerros que atraviesa la carretera. No conozco esta parte la ciudad, a pesar de que llevo casi tres meses aquí.

Es verdad que estoy sensible, pero las escenas que veo me conmueven profundamente y me dejan boquiabierto. Las lluvias de la semana han hecho maravillas. Los acantilados lucen imponentes, con sus recovecos cubiertos de vegetación y de nidos a los que llegan aves luego de vuelos incesantes. El viento al chocar contra la roca produce sonidos melódicos. Las nubes parecen hacerse diminutas, yo aún más.

El cielo es nítido y brillante. Hay demasiada luz. Incluso el mar que se mira a lo lejos deja su tono oscuro, para volverse más luminoso. Cuando termina la zona de esos grandes riscos, puedo escuchar el sonido de las grandes olas romper en las costas cercanas. La vegetación es exuberante, tanto que produce un éxtasis visual, saturado de tanto verde. Mi cámara, que apenas pude sacar, tiembla en mis manos y acaba cayendo sobre mis muslos.

Los contrastes entre los pequeños arbustos brillantes y los árboles oscuros son muy llamativos. El viento provocó que las buganvilias dejaran una estela de hojas rosas y violetas sobre el suelo. Siento que al pararme ahí, las enredaderas cercanas terminarían por devorarme y luego arrojarme a la costa. Me siento en un sueño, como si fuese una partícula negra en ese edén que se extiende entre mis ojos.

“¿Cuál es mi lugar aquí?” me pregunto mientras volvemos al entorno urbano, a escasos minutos de la universidad. Por ahí atraviesa un gran río, al lado hay algunas fábricas y pequeños edificios. La visión me hace sentirme motivado de mi presente. Ahora tengo ganas de quedarme. Quizás pueda quedarme un poco más aquí. Quizás la ansiedad sólo sea producto de imaginarme como algo que no soy.

Al final, llego a la universidad. Consigo llevar como puedo mis materiales a esa clase de artes visuales. Aunque hay instrucciones específicas de qué hacer, las desobedezco. Nada me detiene, incluso el profesor creyó que no era prudente. Termino congelando en el lienzo un collage de los paisajes que recién vi. Escondidos entre la maleza están los ojos de la chica de ayer. La moneda que arrojé a la fuente está a punto de caer en el mar.
*   *   *
Me he levantado muy temprano, es sábado. Estoy frente a la playa, contemplando la bruma de la mañana. Algo me dice que se acerca una tormenta en pocos días. El sonido de las olas y la neblina que ha bajado peligrosamente para cubrir la línea de la costa me hace sentir en una alucinación. Frente a mí está un pequeño barco pesquero encallado.

Acampé anoche con mis nuevos amigos. No me atreví a confesarles todas mis visiones de cuando no podía dejar de atrás la soledad. Quise decir algunas palabras solemnes, pero terminé siendo tan espontáneo como cómico. La esencia del mensaje era una: agradecer por compartir un fragmento de sus vidas conmigo, por hacerme olvidar una etapa de mi vida que se había consumido por su propio peso.

Me siento fresco. Trataba de imaginar cómo se veía mi solitaria figura a lo lejos, como un pequeño montículo sobre la arena. Pronto empezó a lloviznar, pero no quise ir a la tienda a cubrirme. Preferí sentir las gotas que resbalan sobre mi rostro para caer sobre mis labios. Soy parte de una composición caprichosa que no acabo de entender.

Pensar en esta ciudad como un lugar de tránsito es tan ilusorio como creer que la Luna se mueve al compás de nuestros pasos. Nosotros somos los transitorios. Al final mi historia podría conservarse como los acantilados cercanos o borrarse con una llovizna como las letras que trazamos a oscuras anoche. Podemos imaginar que somos distintos o al final, contemplar la naturaleza de nuestra propia desnudez.

Mi vida parece más una secuencia de claroscuros que un destino trazado a cumplir, con el cual impresione a todos. Me pregunto qué ha pasado con los sueños dorados de niño, con mi autoafirmación de ser un futuro diseñador exitoso. Ya no seré quién impresione al mundo, sino que seguramente ocurrirá al revés. No gobierno mi caos, me muevo con él.


Si alguien no interrumpiera los pensamientos profundos, seguirían para siempre; acabaría con una gran barba y el estómago vacío. Pero es Briseida quien lo hace, una encantadora amiga con nombre de princesa troyana. Me pregunta de mis motivos de estar ahí. La miro y encojo los hombros. Me abraza por el cuello, sostengo sus manos. Le cuento algo que imagino entre las olas. Ella comprende, sonriente, mis palabras y silencios.


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