Pintar Con Fuego

PINTAR CON FUEGO

Yo sé que Berenice desconoce el insomnio. O si ha pasado por él, ha sido por las razones equivocadas. Estoy aquí a media madrugada, no quiero ver el reloj porque me asusta saber cuántas horas de sueño perdí ya. No soy capaz de aminorar mi pulso. Tengo mucho calor, ya he lanzado al suelo todas las sábanas y cobijas. Apenas siento un poco de aire frío sobre mi cuerpo. No es normal. Sé que mi ventana estará cubierta de hielo cuando amanezca.

Es ella la que me tiene en vilo. No es producto de una ruptura, de un malentendido, tampoco de un fallido amor platónico que jamás se consuma. Es sólo el deseo de tenerla aquí. Las razones ya no funcionan. Algunos sufren por personas que verán al día siguiente. Yo ni siquiera sé si podré. No soy capaz de recordar su dirección. Su número se perdió cuando la memoria de mi celular se formateó.

Podría salir a buscarla ahora mismo, así como en las películas. Pero quizás mi ceguera nocturna me haga confundirla o chocar contra un árbol. Aún en el delirio tengo espacio para pensar. Será mejor mañana. Por mientras, en las restantes horas de la madrugada trataré de pensar en otra cosa. Es mi semana de vacaciones, justo en la que pretendía descansar.

Extraño experimentar las distintas reacciones de su piel: el frío al sorprenderla cuando se concentraba en algo, el calor al ser predecible y la sensibilidad de las zonas rojizas de su espalda, luego de una noche memorable. Lo pienso como si fuera algo habitual, cuando todo eso se concentró en la noche anterior. Aún siento o alucino su aroma.

Fuimos la distracción del otro, la chispa creativa en días desolados, de sonrisas fingidas y alegrías protocolarias. Pasaron sólo unas semanas en las que me preguntaba qué propósito tenía la aparición de Berenice en mi vida cuando rendía culto a un viejo amor desaparecido. Cuando ya todos los labios me sabían a ceniza, los cuerpos eran tan inconsistentes como una gelatina y las palabras acertadas brillaban por su ausencia.

Pero recordar ahora es inútil. Decido recurrir a la leyenda urbana de que leer filosofía haría surgir mis ganas de dormir. Veo en mi librero a Sartre, pero elegirlo sería suicidio. Opto por Kant y su idealismo que jamás entendí. Cuando llevo más de treinta páginas leídas me doy cuenta de que esto no va a funcionar. Ahora me pregunto sobre los misterios del ser reflejados en ella. Prefiero dejar esos temas y retomar otro texto que me prestaron ayer. Voy a buscarlo, al lado encuentro algo.

Es la tarjeta más hermosa que pude haber imaginado en ese momento. Es una tarjeta de presentación con su nombre: Berenice Mireles. Ahí está el nombre del periódico donde trabaja-que no era el que yo pensaba- y la dirección. Ya tengo a donde ir en la mañana. Ahora debo pensar en qué hacer, más allá de presentarme con una sonrisa y un gran “No lo sé”.

Cuando son las siete de la mañana, tomo un baño caliente para quitarme la tensión del cuerpo y con suerte, las ojeras. Luego bebo café tan rápido como puedo y me visto de la mejor manera que se me ocurre. Me preparo para el tráfico matutino, para soportar la impaciencia de alcanzarla. Aún si pudiera llamarla, el consuelo de su voz sería insuficiente.

Luego de soportar más de cuarenta minutos con escaso movimiento llego al edificio viejo del periódico. Peleo con un policía para que me deje estacionar. Salgo a buscarla. Para mi sorpresa, está saliendo del edificio. La veo triste. Me acerco a ella, a pesar de su asombro. Ahora entiendo lo que pasa, el editor la suspendió por tres días: escribió mi nombre en un titular, donde iba el de un funcionario.

Evito la risa para consolarla. La abrazo, la invito a venir. De momento no le confieso mis motivos ni ella los pregunta hasta que estamos cerca de mi auto. Me mira y finalmente me dice: “A todo esto, ¿qué haces aquí?”. No inventaré que soy el columnista secreto del diario. Le confieso que deseaba verla. Berenice se enternece, pero duda.

-Vamos por un café, te hará sentir mejor-le propongo.
-No, no necesito más cafeína. Tengo una idea, un poco loca...¿tienes lápices y papel en tu casa?
-Sí, ¿por qué?
-Quiero dibujar. Eso me relajaría más que nada. Pero no quiero estar sola. En realidad, también quería verte.

Con pensamientos confusos, la llevo a mi casa. Me imaginaba qué podría dibujar y que haría yo mientras eso ocurría. Al fin la tengo aquí, a mi lado. Jugaba a subir con sus dedos por mi brazo derecho en los semáforos. Seguía haciendo frío. Ella tiene un abrigo oscuro y yo apenas llevo una camisa. Se ríe de mi torpeza al conducir. Quién sabe quién de los dos era el más distraído.

Poco después de que llegamos, le ofrezco un vaso de agua. Busco las hojas de papel y tres lápices. Se quita el abrigo. Me mira agradecida y me pide que me mantenga en silencio por unos minutos hasta que ella me avise. Accedo. Traza figuras abstractas con intensidad. Rompe constantemente la punta del lápiz.

Miro su cabello pelirrojo cayendo sobre su blusa oscura, el tono claro de su piel, su sutil sonrisa y la habilidad en sus manos. No puedo evitar apretar con fuerza la mesa mientras ella se mordía los labios. Mis instintos provocan que uno de los lápices salga volando y que Berenice voltee a verme, coqueta. Aún mi periodo de silencio no termina así que no hablo.

Sólo después de dos minutos en que traté de mantenerme en calma, ella me pide que me acerque. Lo hago. Me lo pide más veces hasta que quedo a unos milímetros de ella. Siento su respiración sobre mis labios. Ella continúa dibujando mientras trato de mantenerme inmóvil. Sólo hasta que ve mi mirada deshecha, me besa.

Sus labios están secos pero pronto dejan de estarlo, se vuelven tan suaves como cálidos. Ambos cerramos los ojos. Su respiración se acelera, pero no pierde el pulso en su dibujo. Nuestros corazones empiezan una estampida que ya no va a terminar. Con mis manos acaricio su cabello y con mis pulgares presiono lentamente la piel de su cuello.

Berenice ya no puede continuar con su dibujo. Entrelaza ambos brazos en mi cuello y luego recorre mi espalda. Siento un escalofrío. Cuando el beso termina, nos separamos. Estamos jadeantes. Nos miramos con las pupilas dilatadas y las manos suspendidas en el aire. No mediamos palabra alguna. Pasan unos segundos antes de que continuemos. Termino por recargarla en una pared mientras muerdo suavemente su cuello. Sé que ella cierra los ojos con fuerza  mientras entierra sus uñas en mis costados.

Pero me detiene. Me pide que me mantenga de pie, otra vez sin moverme. Su mirada decidida me hace evitar un reclamo. Quizás los silencios también son necesarios en esto. Berenice está inspirada. Se dirige a las cortinas de mi sala y las cierra para que entre una sola porción de luz. Sólo un sillón queda iluminado. Lo demás queda casi a oscuras.

“Ya me has conocido en la oscuridad, conóceme en la luz” me dice, seductora. Pero aún no debo moverme. Mi quietud tiene una recompensa. La veo desprenderse de su blusa negra y de su pantalón en escasos movimientos. En otros pocos se deshace de su lencería. Me pide que dé tres pasos al frente. Ella no me quita la vista de encima, está reclinada sobre el sillón.

Contemplo su desnudez, maravillado.  Admiro la línea de su silueta, pequeña y delgada pero que termina contrastando en la oscuridad. Sus hombros delicados, sus senos tan inquietos como solemnes con las sombras, las curvas únicas de su cintura y cadera, sus piernas ansiosas. Me sonríe, asiente con la cabeza. Ya puedo moverme.

Me desprendo de mi ropa. Antes de acercarme, ella me contempla de pies a cabeza con un gesto curioso. Estamos sumidos ya en el juego de la seducción. Berenice se pone de pie, me toma del brazo y me tira sobre el sillón. Antes de que pueda hacer algo, ella salta sobre mí. Coloco mis manos en su espalda, hago que se recline mientras recorro su torso con mis labios.

Ella jala mi cabello, suspira en mi oído que dibuje con mis labios sobre ella. Finalmente es ella la que termina recostada. Recuerdo las sensaciones de madrugada. No puedo imaginarme en otro lugar en este momento que no sea en su piel. La recorro como un viajero errante, dando vueltas en círculos sobre el mismo sitio, en diagonales eternas y siempre acabando en lugares insospechados.

En mi sala sólo se escuchan nuestros jadeos y la fricción de nuestros dedos con las caricias. Ambos nos deleitamos con nuestro aroma sin decirlo. Ahora le pido que se mantenga inmóvil aunque sé que no lo hará. Provoco que su cuerpo se vuelva un caos. Sus instintos reaccionan con más fuerza junto con los míos. Nos volvemos tormentas que no dejan de atraerse, colisionar y llover.

En estas circunstancias en que estamos delirando el coito se vuelve casi un acto inevitable y lejos de ser silencioso. Nos miramos con intensidad, intercalamos gestos furiosos, seductores, felices e….indescriptibles. Jugamos con la velocidad de nuestros actos. Improvisamos con las palabras para provocarnos más. Algunas cosas ocurren con lujo de iluminación, otras en el encanto de la penumbra.

Ella no me domina, ni yo a ella. Cuando terminamos caemos rendidos uno, al lado del otro. Contemplamos nuestros gestos complacidos y nuestros cuerpos vibrantes. Ella se recarga en mi hombro, la abrazo. Ambos desafiamos al invierno con todo este calor. El trazo de su cuerpo se ha quedado en mis dedos, en mis labios y en buena parte de mi cuerpo.


Ambos no queremos poner un final, dar las gracias o afirmar que esta es la tan mentada prueba del amor. Tenemos la resaca del placer, de haber participado en un ritual de fuego y el sentimiento que produce la ternura del deseo. Pero quizás esto no termina aún. Ella se pone de pie. Encuentra un frasquito de pintura y un pincel, cerca de donde estaban los lápices. Me incorporo extrañado, veo su silueta con la respiración entrecortada. Se acerca a mí. Moja las cerdas lentamente con la pintura. Me besa en los labios. Luego me mira. Pone el mango del pincel en mi boca.


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