Forasteras

FORASTERAS
Strangers

Van a dar las siete de la noche. Carlos se mantiene intranquilo en la azotea de su casa, ha terminado de regar las plantas y de barrer. Mira el reloj con impaciencia, a sabiendas de que en menos de veinte minutos tiene que irse para ver a sus amigos e ir a aquella fiesta. El único motivo que no lo deja irse es su madre. No puede limitarse a dejarle una nota de despedida: se pondría paranoica. Ella ha pedido que la espere.

Es una noche un poco fría y recién acaba de caer el sol. Hay un inusual tráfico en la avenida cercana. El sonido de los automóviles atorados en el tráfico y los sonidos desesperados del claxon molestan el oído. La oscuridad apareció demasiado pronto, las luces no parecen lo suficientemente brillantes. Carlos contempla su reflejo difuso en la ventana mientras intenta peinarse, hasta que este se pierde.

No hay luna y pocas estrellas resplandecen. Parece un sábado perfecto para una fiesta, sobre todo después de pasar dos meses castigado. Los recuerdos de aquella noche donde al final llegó con pasos vacilantes en los primeros rayos del amanecer harían reír a cualquiera y palidecer a las buenas conciencias. No es que él quiera repetir la misma hazaña, pero está harto del encierro.

Finalmente, Carlos escucha pasos. Instintivamente voltea, pero la puerta de su casa no fue abierta. En su lugar, a escasos metros, pasa caminando una señora, indiferente, con la vista fija al frente. Tiene un gesto de cansancio, ropa gastada, el cabello teñido de un tono marrón oxidado y la vista fija en un punto indefinido. Parece haber aparecido de la nada.

Él sigue sus pasos, intrigado. No entiende qué está pasando. La ve ir a la recámara de su madre y acostarse en la cama. Se acurruca entre las cobijas sin tender, luego voltea hacia el techo y suspira. Enciende el televisor, y demuestra algo de entusiasmo al ver que está la telenovela favorita de la audiencia. La mira con atención mientras deja reposar su cuerpo gastado. Nada la inmuta, ni siquiera la insistente mirada del joven sobre ella.

El asombro no deja a Carlos hablar ni gritar. Lo mantiene estático ante la escena, aunque los rasgos de la mujer le parecen vagamente familiares. “Tengo que superar el susto y hacer que se largue” piensa. Decide anteponerse entre ella y las tragicómicas escenas de su programa. Ella lo voltea ver, sin sorpresa. Le dice “Hola, Carlos” y le pide con la mano que se quite.

El cinismo de la mujer lo inhibe, le provoca un sudor frío que le recorre el cuerpo, “¿Qué carajo está pasando, qué voy a hacer?” se pregunta mientras corre a buscar el teléfono para contactar a su madre. Trata de hacer memoria entre las identidades de los vecinos chismosos y de esos familiares lejanos a los que no les hablan por los eternos pleitos de la herencia. El recuerdo no cabe en ninguna parte.

Carlos lo intenta tres veces, pero su madre no responde. Contempla un crucifijo de madera como cualquier católico de ocasión. Decide tratar de hablar con la señora de nuevo, con la consigna de amenazarla con llamar a la policía. Seguro eso podría funcionar. Ya habrá tiempo de averiguar por dónde entró:

-Señora, yo no sé quién es usted, pero no tiene el derecho de invadir mi casa ni la propiedad de mi madre. ¿Quién se cree que es para aparecer de esa forma? Le pido, por favor que se retire, o me veré en la necesidad de llamar a la policía. ¡Lárguese!

Ella ni siquiera voltea. Carlos exclama un “chingada madre” y se va furioso a buscar el teléfono para llamar a la policía, aunque no conseguía recordar el número. Sin embargo, el aparato ya no estaba en su lugar. Afortunadamente había uno en la planta baja que podía utilizar. Corrió bajando las escaleras mientras seguía profiriendo maldiciones y encendía las luces.

Antes de tomar la bocina, se detuvo en seco. Había otra mujer, alta, joven, de piel pálida y con un vestido. También se mantenía inmutable, mirando ciertos detalles de la ventana. No advirtió la presencia de Carlos hasta después de varios segundos; cuando lo hizo, sólo levantó una ceja y siguió con su contemplación anterior. Las luces de los focos parecían perder fuerza.

Carlos ya no se detuvo a increpar y en un impulso de adrenalina marcó el fugaz 060. Pero no había sonido. El cable del teléfono estaba cortado. Aún quedaba utilizar el celular, pero no estaba en su bolsa. Lo había dejado cargando en su habitación, con el propósito de irse a la fiesta. Miró el reloj de la cocina: ya era hora de irse.

Un sonido lo hizo voltear. Era la puerta, al fin su madre había llegado de comprar las cosas para el desayuno de mañana. Carlos se alegró. Esperaba una explicación a esa invasión y que su madre, como siempre, lo solucionara todo. Ya no estaba solo, ya podía depositar la responsabilidad en alguien más. La mujer no pareció inmutarse y procedió a prepararse un café.

La madre de Carlos, Clara, llegó y lo saludó con una sonrisa. Dejó las cosas que había comprado en la mesa, luego encontró a la mujer en la cocina, con taza en mano. Su rostro había cambiado, o quizás Carlos no la había visto bien. Parecía una mujer oriental con una mirada furiosa marcada por sus afiladas facciones y sus cejas amenazantes.

Clara la miró con sorpresa, pero con cierto temor y dijo con voz suave “¡Qué milagro, estás aquí!”. La otra se limitó a sonreír forzadamente y a darle otro sendo trago a su café. Carlos miraba la escena atónito, sin entender porque su madre no le aclaraba nada. La persiguió por unos pasos más, pero tuvo que esperar afuera del baño unos minutos.

Cuando ella salió, él no se contuvo al decir: “¿Qué demonios está pasando aquí? Mamá, no sé de dónde vino esta gente”. Ella puso su mano sobre su hombro y lo miro, condescendiente. Tampoco lo sabía a ciencia cierta ni podía darle una explicación coherente. En su lugar, le pedía comprensión y paciencia. Pasaría pronto, incluso podría irse a su fiesta.

Él les canceló a sus amigos, no quería dejar a su madre sola con esas extrañas. Se lamentó por su suerte e imploró al techo por respuestas. Su casa era sagrada, el único sitio donde sentía que nada podía perturbarlo y donde estaba seguro. Sabía que aún después de pasar horas en la calle con sus amigos, tenía un sitio al cual volver. Ahora incluso eso estaba incierto.

Carlos empezó a pensar en las posibilidades. ¿Serían fantasmas? Los espectros no beben café o se cubren con cobijas ni se mantienen por demasiado tiempo a la vista. O al menos eso había visto. La falta de vergüenza les quitaba lo que un humano normalmente tendría al invadir la propiedad de otro. ¿Qué era? ¿Por qué su madre la había reconocido y había preferido no hacer nada?

La mujer delgada se acercó a él y puso un viejo dibujo en sus manos. El papel casi se deshacía. Había tres mujeres ahí, dibujadas con crayón negro por una niña que no pasaría de cinco años. Los trazos eran simples. Estaban tomadas de la mano y sonreían. Sólo la del centro tenía nombre: “Clara”. La de la izquierda era una señora, la de la derecha una joven delgada.

Carlos sabía poco de la infancia de su madre, sólo que se había criado con unos tíos porque los abuelos habían muerto en un accidente. Pero esas personas no se parecían a los retratos familiares. Atrás de la hoja, había una pequeña inscripción casi ininteligible: “Ellas me cuidan”. El temor se apoderó de su cuerpo, parecía haber descubierto un secreto oscuro. Cada respuesta generaba más dudas.


Cuando el miedo disminuyó, Carlos dio otra vuelta por la casa. Ya sólo estaba su madre, quien estaba leyendo un libro viejo. Sintió alivio, ya habría momento de llevarle el dibujo y pedirle que le contara la historia de esas extrañas. Optó por irse a su habitación a jugar videojuegos. Lamentaba no haber podido ir a la fiesta. Antes de tomar su consola, sintió que tocaron su hombro. Volteó y reprimió un grito. Era una niña, pequeña y juguetona. Lo miró con cariño: “Carlos, ¿te acuerdas de mí?”.


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