Cadencia
CADENCIA
Él vino aquí para que
la soledad no lo asfixiara. Es un hombre de gesto indiferente, cuerpo delgado y
con sus 21 años hechos un nudo en sus hombros. Su amiga Daniela le propuso que
fueran aquella noche a ese club tan semejante a los de Ámsterdam, con luces de
neón y música rítmica interminable que consumía las horas de la madrugada entre
cuerpos danzantes o coquetos, expectantes frente a lo inesperado.
De esas noches nadie
salía con las manos vacías. Siempre había una historia que contar al día siguiente,
una resaca que aliviar y una serie de marcas en la cama que recordar u olvidar.
Quien no vivía algo, lo inventaba, así fuera un absurdo pleito con algún
mesero. Las horas de las madrugadas simplemente existían, eran sus residentes
quienes las hacían significar algo.
Daniela le dijo a Edson
que quería bailar y que hacía mucho que no se veían, por culpa de los caprichos
de su vida amorosa. Él accedió sin tener ganas de moverse de su cama aquella
tarde de sábado. No cuidó demasiado su aspecto y se vistió con desgano. Sabía
que sólo irían a platicarse al oído-porque las bocinas impedían otro tipo de
conversación- y a beber cualquier invento de la barra. “La suerte no me alcanza
ni para un ligue” pensó, antes de salir.
Cuando llegaron al
lugar acababa de oscurecer. La gente se distribuía lentamente por los espacios.
Se servían las primeras bebidas de la noche y la música no era demasiado
fuerte. Las paredes altas y los espacios estrechos provocaban que el lugar
pareciera más pequeño. La oscuridad era interrumpida por lámparas sutiles y una
decoración caprichosa que juntaba figuras y motivos africanos con reductos de
sofisticación europea.
Edson, al beber su
primer trago de tequila, pensó en Mirna. Daniela, intuitiva y conocedora de él
desde años atrás, puso una mano en su hombro. Él sólo sonrió y volvió a dar
otro trago, un poco más prolongado que el anterior. Ella le contaba de lo que
había hecho aquella semana, de su trabajo, de los pretendientes extranjeros que
se derretían con sus ojos castaños y su cabello dorado, entre otras cosas.
Pero él no la escuchaba
realmente, su cabeza estaba en otra parte. Llegó más gente a aquel lugar en
poco tiempo. El espacio se volvía cada vez más reducido. La música sonaba más
fuerte y las luces coloridas se proyectaban sobre las pieles, los vestidos de
las mujeres y las camisas de los hombres. La mayoría reía, sin saber por qué.
El DJ, encerrado en su esfera, apenas miraba al público mientras fingía mezclar
la música y prefería responder sus mensajes.
A Edson se le acabó el
trago demasiado rápido. Le avisó a Daniela que iría por otro y se metió entre
la multitud para llegar a la barra. Luego de pedir el mismo y recibir descuento
por parte de un barman que le guiñó el ojo, se dispuso a volver. Pero en ese
momento, los ritmos se volvieron oscuros. Las luces coloridas desaparecieron y
en su lugar aparecieron unas intensas líneas blancas que se extendieron en
todas direcciones por el lugar.
La multitud gritaba
emocionada por un encanto extraño. Apenas se distinguían las siluetas. Edson,
distraído como pocos, ya no pudo encontrar donde estaba Daniela. Se quedó con
los dos tragos en la mano, con gesto confundido. Luego de dar varias vueltas en
círculos, una mujer de aspecto caribeño, mayor que él, le sonrió y le quitó uno
de los tragos.
“¡Vale madre!” pensó
él, mientras se recargaba en una de las paredes desde donde veía a medias a la
multitud. Ahí entre las parejas y grupos de amigos pasaban, elegantes, los dealers dispuestos a vender polvos
mágicos y estampitas por billetes grandes. Algunos de los que empezaban a
bailar con cierta euforia tenían los bordes de la nariz blanca como la de un
panadero.
Cuando los sonidos
sombríos se acabaron, el groove
irradiaba alegría y bailes extraños. Incluso Edson se sorprendió a sí mismo
haciendo un pasito extraño, mientras sostenía con fuerte equilibrio la bebida
que le quedaba. En ese momento, en un hueco que se hizo entre el público, vio a
una mujer. Pasó el trago por la tráquea accidentalmente y luego de salvarse de
una asfixia ridícula pensó: “¿Dónde habías estado?”.
Pero no era Daniela.
Era una mujer que le resultaba familiar, pero que no conseguía recordar de
dónde. No era muy alta, era de piel clara, usaba lentes, su cabello quebrado
caía caprichosamente sobre sus hombros y usaba un vestido oscuro que delineaba
su silueta fina. Ella estaba con otras cuatro de sus amigas. Todas bailaban
sonrientes, pero ella lo hacía con una sensualidad involuntaria contoneando
suavemente su cuerpo.
Edson no lo creía, la
atracción lo tenía en un estado de estupidez como no había sentido en mucho
tiempo. Cuando los sonidos se volvían intensos o tentadores, ella bailaba como
ninfa moderna y concentraba sus ojos esmeraldas sobre los propios movimientos
de su cuerpo. Pero no resaltaba como “reina de la noche”. Su belleza era sutil,
no extravagante.
A él se olvidó la
desgracia de la semana. Había perdido un vuelo a Detroit, con el que pretendía
alcanzar a Mirna para-en un acto salido de Hollywood-declararle el amor que
jamás pudo confesarle con palabras en su ciudad natal. Se negaba a hacerlo por
teléfono o de otra manera. Cuando por fin había tomado el valor suficiente para
entrar en territorio gringo, una inusitada tromba inundó el camino al
aeropuerto. La aerolínea no concedió un reembolso y Edson se quedó con su
frustración.
Pero viendo a aquella
mujer, se le había olvidado todo, como un niño que deja de llorar cuando le dan
un chocolate. Ella no notó su insistente mirada hasta después de un rato y lo
miró. Él, torpe para las determinaciones espontáneas, sólo pudo guiñarle un ojo
con lo que consiguió sonrojarla. Edson tuvo una sensación de tener vaporub
ardiendo en el estómago.
Animado por el tercer
vaso de tequila, que bebió como un alemán una cerveza, se atrevió a acercarse a
esa mujer. Se había alejado un paso de sus amigas y sólo contemplaba las luces estroboscópicas
que cubrían el lugar. Unos metros antes, Edson se detuvo por el temor al
rechazo. Pero un impulso le hizo dar el último paso y decir su nombre, luego de
preguntar el de ella: Sara.
Ambos eran de la misma
ciudad, de suburbios cercanos. Si no se habían conocido antes era por
casualidad. Quizás Sara no sintió el
mismo encanto embriagante por Edson, pero le parecía atractivo. Ambos bailaron
algunas canciones, y en cada una sus cuerpos adquirían más proximidad. Así se
desvaneció cualquier timidez de ambos y la tentación latente entre ambos fluyó.
Se acercaron a uno de
los pasillos del club para hablar, aunque ambos sabían que sus labios
silenciarían sus propias palabras. Ahí la luz iluminaba en intervalos el rostro
de Sara y delineaba el de Edson. Él se sintió desconcertado. Admiraba la
belleza de sus rasgos ligeramente afilados, sus labios color durazno y su
mirada coqueta. Pero veía algo más.
Cuando ambos se besaron
pensó en Mirna y cuando se miraron de nuevo, él la vio a ella, transportada por
arte de magia desde Detroit para desvanecer cualquier “te extraño”. Edson salió
del desencanto pronto, pero Sara notó el cambio en su rostro y tomó su mano,
desconcertada. Él la miró y la besó de nuevo. No sabía en qué terminaría
aquella noche ni en quién pensaría esta vez. El cuerpo era fiel a sus instintos,
su mente a los caprichos de sus sentimientos.

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