Confesiones Tardías
CONFESIONES TARDÍAS
Terrace
Aún no llega el día en
que me canse de verla. Sus quejas del clima o de las pocas horas de sueño que
tuvo no me fastidian. Me sorprende que mis miradas de encanto hacia ella no le
incomoden. Sé que se siente cómoda conmigo, sin que tengamos porque tocar el
tema. Este ha sido un enamoramiento más gustoso que sufrido. Todo está en
armonía.
Resulta absurdo decirle
lo que le demuestro cada día o plantearme suposiciones de lo que piensa de mí.
Sé que me quiere en una manera que no entiende; lo noto por su mirada confusa
cada vez que me despido o la forma en que a veces me busca entre las multitudes.
Las muestras de cariño físico son innecesarias cuando nuestras presencias son
suficientes.
Tenemos una relación
extraña de cariño vital porque le tememos a los formalismos. Pero aún más a los
impulsos, aquellos que habrían de destruirnos si perdiéramos el control.
Sabemos que hay cosas que no podemos dominar, que somos tan vulnerables y
frágiles que podríamos confundir la realidad. Ella me lo ha dicho, con todas
las palabras, menos las directas. Si a esto se le puede llamar amor, puedo
decir que es indirecto, sin cuerpo, pero profundo.
* * *
Yo sabía que tenía que decírselo un día, porque el
tiempo pasaba demasiado rápido. Después de todo, deseaba que intentáramos ser
una pareja en forma, con todos nuestros temores, torpezas y espontaneidades.
Pensaba demasiado en ese momento, como la antesala del triunfo del deseo sobre
las sutilezas que nos hacían felices. Tenía miedo a arruinarlo.
En efecto, se hizo
tarde. El corazón me late con fuerza, sudo frío mientras me recargo en una
pared cercana y pego mi cabeza contra la pared. Ya me lo habían advertido
antes, pero no quise creer. Los vi. Ella estaba acurrucada en los brazos de otro
hombre. Ambos tenían la mirada perdida, eran dueños de su momento.
Mi impresión inicial
pasó desapercibida porque me fui tan pronto como pude. Necesitaba de alguien a
quien decírselo pero no había nadie conocido a mi alrededor. Por eso terminé
aquí, recargado en una pared de una terraza que mira hacia la ciudad. No son
celos, en absoluto. Es la sensación de haberme quedado sin nada por un momento.
La soledad espontánea es aterradora.
Pero, ¿qué le vio ella?
Creía que sus gustos eran distintos. Es sólo un tipo simpático, adicto a su
celular, de palabras simplonas y con más clichés que ideas en la cabeza. ¿Era
sólo por pasar el tiempo con alguien? Todo esto parece una contradicción, una
pesadilla sonriente e ilógica que me deja en una posición ridícula.
Ojalá sólo hubiera
visto eso. La escena de ellos entrelazados en un beso aún me causa escalofríos.
Ella y yo estuvimos tan cerca, tantas veces que es imposible contarlas. Me
atrevería a decir, incluso, que la besé de todas las formas posibles menos con
los labios. La pieza faltante del rompecabezas que era nuestro romance sin
confesar la tenía él. Había perdido en el último minuto.
¿Él la hace sonreír? No
lo sé, quizás por las razones equivocadas o por las que no pude dominar. Pienso
que él vive en una caja a la que llama vida, pero no puedo leer su mente. No sé
de su visión de las cosas, de sus cumplidos, descripciones, de su sarcasmo.
Quisiera saber qué piensa ella de él, si se siente pequeña o si está por entrar
a una burbuja de ceguera.
Al final, sólo soy un
hombre frustrado con razones inaudibles para todos, excepto para las paredes.
Soy el reflejo del ave que se estrelló en una ventana cercana hace dos minutos.
¿Qué le voy a decir ella cuando la vea? No soy hipócrita para felicitarla y
decirle que me alegra verla así. Tampoco tengo el suficiente descaro para hacer
lo contrario. Sólo quedará quizás mi silencio y el deseo de encontrar pronto el
olvido.
Podría tomar las
salidas más absurdas o pasionales motivadas por la irracionalidad del dolor,
para no sentir la soledad o decir aquello que no diría normalmente. Quizás
invocaría al alcohol para que desinhibiera mi orgullo y me hiciera sentir mucho
peor al otro día. O canjearía cualquier moral sentimental por besos con sabor a
ceniza o sexo felizmente insatisfactorio.
De cualquier forma,
ella supera todas las razones absurdas que pueda articular en este momento. Quizás
ellos no habrán de quererse como lo hicimos nosotros, pero no puedo dominar al
destino. Aun así, si él se larga, seguiré estando ahí sin solemnidades ni
lastimerías. No seré ni un miserable ni un héroe, sólo le demostraré mi lealtad.
Me asustan las implicaciones de lo que digo, pero no puedo pensar en algo más.
No habrá canción
suficiente ni poema que alcance. Ella hará su viaje a donde quiera que la
lleve. Yo continuaré aquí, con la intención de ser más inteligente y menos
débil. No podré dominar tampoco mis pensamientos, pero sí mis palabras. Estaré
viendo cualquier cosa. Y valdrá la pena porque la quiero.
* * *
Frente a mí sigue la
pared de concreto. He pasado unos cinco minutos golpeándola con los puños poco
a poco; ya los tengo rojos. Cierro los ojos para susurrar algo. Los abro y doy
un pequeño brinco involuntario. Ahí está ella, dice mi nombre con la sonrisa de
siempre. No tiene ni idea de lo que estoy haciendo al parecer. Hace un chiste
acerca de nuestros gestos cansados. Sólo me río.
Pudiera decirle tantas
cosas para hacer de esto una escena pasional shakesperiana. Pero no. Me limito
a una conversación cotidiana y rozo su mejilla mientras la miro a los ojos
después de decirle algo. ¿Así serán los siguientes meses? Quizás. Ella expresa
un poco de cariño con una ternura espontánea. Estamos contentos de vernos.
El encuentro es
efímero. Ella se despide porque tiene que volver a lo que estaba haciendo. La
terraza parece oscura, como envuelta por nubes de tormenta. Con total entrega
la beso…en la mejilla, mientras dejo mi mano un momento sobre su hombro. Luego
se va. Veo cómo su silueta se vuelve distante en el pasillo próximo. Es
hermosa. Pero todo duele.

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