Contrastes

CONTRASTES

Me cuesta encontrar el verdadero motivo por el que estoy aquí. No me lo creo, va en contra de mi propia lógica. ¿Qué dirían mis conocidos de verme aquí, envuelto en una situación controversial por voluntad propia? Me desconocerían. Lo peor es que no me puedo ir, porque no quiero. Me detiene un extraño sentimiento de compasión.

Miro a mi alrededor. Recién amaneció, deben ser apenas más de las siete. Se alcanza a escuchar un poco del noticiario en una habitación contigua. Estoy en una habitación con paredes blancas sumamente despintadas. La luz del Sol no entra bien por las ventanas porque los cristales están pardos de tanto polvo. Las cortinas están rotas. El clóset está abierto y vacío.

Estoy sentado en el borde de un colchón recargado en una pared. No tiene base, por lo que estoy a centímetros del suelo. Antes sólo me cubría una sábana, pero la quité porque me dio calor. Lo que más me intriga todavía es lo que hay a mi derecha. Es Juana, la mujer con la que dormí anoche y que todavía no despierta. Sus labios dejan escapar un leve ronquido y una respiración intranquila. Entre sueños aprieta los puños y luego libera la tensión.

Yo no estoy aquí porque la quiera. No se lo he dicho, pero ella bien sabe que mis intenciones no eran esas. Conocí a Juana en un parque, hace unas dos semanas. Harto de mi trabajo como prestigiado asesor de imagen, me fui a pasar el rato en una banca. Miraba como la gente pasaba y los niños jugaban. Los perros corrían por doquier, entre ladridos y brincos entusiastas. Ella estaba sola en una banca próxima.

Mentira que me pareciera realmente atractiva. La vi aburrida e inocente, con un rostro de desencanto ante la vida. Lucía menor que yo por unos años. Me acerqué a platicarle de cualquier cosa. Sé que censuró sus emociones por verme en un principio para parecer seria, pero esa barrera se eliminó pronto. Aceptó que la invitara a comer y me dio su número.

Ella parecía como cualquier mujer ilusionada en la espontaneidad, pero en sus ojos percibía cierta desconfianza. Yo mostraba una falsa vulnerabilidad para que creyera en mí, pero sabía que también me exponía. Pero estas cosas son un riesgo siempre. En mi trabajo yo era el prototipo de la formalidad y la persuasión visual. Con Juana fingía ser un artista cualquiera resbalando frente a sus caprichos. Recibía a cambio su risa ingenua, sus coqueteos agridulces.

Vivíamos en sitios muy diferentes. Yo entre los designios de la moda o la elegancia y ella entre lo popular de un barrio. Ambos salíamos de la rutina con el otro, en nuestras citas efímeras que jamás pasaban de las dos horas. Decíamos cualquier cosa, le llevaba flores baratas y amenazaba-en broma- con echarle algo en su bebida para “robarla” un día. Sólo reíamos. Ninguno de los dos amanecía intoxicado con toloache al otro día.

Siempre supe que era pura atracción. Jamás pensaba en estupideces cursis con ella. Sólo recordaba ciertas cosas. A ninguno de mis amigos le había contado de esto ni la había descrito siquiera por considerarla irrelevante. Pero su piel morena, su cuerpo de adolescente inmadura, su nariz chata, su cabello ralo y su sonrisa desabrida me producían ciertos espasmos antes de dormir.

El amorío realmente empezó sin pena ni gloria. El primer beso fue tosco, obtuso y hasta anti-estético. Pero daba igual porque sabía bien y alimentaba los demonios del instinto. Las hormonas compensaban la decadencia de nuestro desequilibrio visual. Imaginé esas escenas de “romance” como un espectador aparte: parecía que era el Godínez en pleno caldo con la cocinera de la fonda cercana. Sentí vergüenza, pero la perdí cuando el momento se repitió.

El desbarajuste continuó y me trajo hasta este lugar. Me queda claro que hoy es viernes y que no iré al trabajo. La noche anterior nos vimos para tomar unas copas en un bar no muy lejos de aquí. Traté de dejar mi exquisita formalidad a un lado para parecer un oficinista cualquiera y no atraer a los asaltantes. Ella se veía como siempre.

Juana no quiso cerveza como supuse. Sacó la ambición de su pequeño cuerpo y pidió una botella de tequila, que yo iba a pagar. Accedí de mala gana. Tenía el estómago vacío, pero quise demostrar que aún tenía la resistencia de hace unos años. Fracasé con un miserable estado de ebriedad que llegó después de beber un número no muy grande de caballitos.

Recuerdo con dificultad ciertos momentos del recorrido del bar hasta casa de Juana, que quiso darme posada. No recuerdo qué calles recorrimos, ni cómo conseguí subir hasta el segundo piso. Los efectos etílicos se me pasaron, de forma casi inverosímil, con una escena: Ella desnudándose frente a mí, mientras estaba tendido en el colchón.

De ahí en adelante recuerdo las cosas con demasiada claridad y alta definición. Fue un acto de intensidad sin pena ni gloria de escasos minutos de duración. La sentí entregada a sus pasiones y comprendí los motivos de mi atracción. En esos instantes que se hicieron lúcidos me sentí con un poder absoluto sobre sus reacciones. Tanto así que perdí mi propia mesura. La satisfacción se concentró en tres segundos. Luego de eso vino el sueño.

El viejo envase de fertilizante que está frente a la puerta está ahí porque Dios, además de jugar con los dados, juega a la ironía. Sé que quedará embarazada y que querrá tenerlo, con todo y las penurias que eso implica. Ella no me detuvo en ningún momento ni vi temor en su rostro antes de que se durmiera. Quizás ella lo deseaba. Pero no fue la ebriedad sino el deseo de poder carnal lo que provocó esto.

Finalmente, ella despierta con su habitual gesto desencantado. Antes de que pase más tiempo le comento en voz baja de la posibilidad de haber engendrado un nuevo ser. Ella sólo ríe y dice “No lo sé”. Le digo que le compraré la condenada pastilla, pero se niega pretextando que le hará daño. “A ver qué pasa, ¿no?” me dice, antes de levantarse.

Cuando va a la cocina, escucho la voz amarga de su tía, con la que vive. Quiero saltar por la ventana, pero tengo el valor de salir, con todo y la feroz resaca que hace trizas mi cabeza. El instinto primario es huir de cualquier responsabilidad, pero me invade una extraña compasión. De la dominación pasé a la condescendencia y a una carga moral que jamás tuve. No me siento yo.

Luego de soportar la mirada disgustada de la tía en el precario desayuno de huevos revueltos con frijoles, le digo a Juana que tengo que irme. Quiere acompañarme. Ella no parece reaccionar al temor que expreso en mi rostro. Recoge algunas cosas de la cocina y arrastra los pies. Encuentro cierta belleza en su naturalidad,  pero no pertenezco a ese lugar.

Cuando salimos de su puerta, ella toma mi mano. El clima cambió rápido y ahora está nublado. Contemplo su barrio de casas sin pintura o desgastadas, con el murmullo que viene de todas partes y la superficie irregular en la que se encuentra. Algunos niños se dirigen solos a la primaria cercana. Los perros flacos buscan entre los restos de basura.


Mientras caminamos hacia un sitio de taxis contemplo nuestro reflejo en un charco de agua ligeramente turbia: somos un contraste extraño, de elementos que se supone no se mezclan en la ciudad; el burgués y la proletaria sin hacerse la guerra ni amarse. Sólo estamos atados a esta circunstancia. En ese momento escucho un disparo cercano. Un cabrón nos ha fotografiado. Él no lo sabe ahora, pero ganará el concurso anual de fotografía de la ciudad.  



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