Días Decadentes
DÍAS DECADENTES
PILLZ
La vida nos pone en los
contextos equivocados. Siempre he creído eso. Junto con mis amigos sé que nos
hartamos con facilidad y que somos sumisos corderos ante la tentación. Estamos
inconformes con todo, hasta con nuestras piernas obstinadas que jamás se mueven
en la dirección correcta. Somos un desastre, pero casi todo el tiempo lo
tomamos con humor. La risa es un espejismo para no pensar que estamos cerca del
vacío.
Me habló Torres hace
una hora. Quiere que lo acompañe a dar una vuelta, justo cuando ya está
oscureciendo. Sé que no dirá mucho y que lo que me platique será desechable. No
me pide compañía para que hablemos. Vamos por algo de producto. Es demasiado
cobarde para ir solo y poco egoísta. Me compartirá al menos la mitad, eso es
seguro.
Son días un tanto
tétricos. Pareciera que del cielo llovieran armas y bandidos. La pirotecnia de
los tiroteos suele despertarnos por las noches. Las manchas de sangre quedan
dispersas por el pavimento, ni la cal se las lleva. La gente dice poco o nada,
porque cree que todo el tiempo escuchan sus comentarios. La policía ya sólo
sirve para levantar cadáveres y barrer casquillos de bala.
Nosotros estamos un
poco al margen, silenciosos en nuestras labores y cabizbajos al caminar entre
las calles. Hay que tener cuidado de no mirar las cosas equivocadas o de reír
frente a los oídos iracundos. Valoramos nuestro cuerpo entero, sin agujeros.
Tenemos dinero suficiente para no morir de hambre, para pagarnos nuestros
vicios. No jodemos a nadie, aunque lo deseamos.
Torres llega algo
impuntual, con el gesto aburrido y un gorro que cubre su escaso cabello. Nos
saludamos sin decir mucho, le reclamo por interrumpirme en mi ocio. Él sólo
responde: “Huevón”. Caminamos unas cuadras hacia una avenida, en los bordes de
nuestro barrio, donde empiezan otros. La tarde está nublada, hay poca luz y
muchos autos. A lo lejos se ven las sombras de las casas y edificios viejos, y
el comienzo de un puente vial que conecta con otra parte de la ciudad.
Estamos buscando al
“Pukis”. Es un apodo ridículo pero eficiente para un güey escurridizo que le da
por fanfarronear a ratos y por salir corriendo el resto del tiempo. Tiene una
cara de niño jamás tocado por el polvo que contrasta con sus horribles tatuajes
en los brazos. Cuando quiere habla arrogante de jerarquías y el resto del
tiempo, cuando está ebrio, pregona con singular talento el supuesto “orgullo de
barrio”.
Lo que tiene para dárselas de persona importante de
vez en cuando es su trabajo de camello. Los niños últimamente siempre preguntan
por qué esa labor se llama así. Es sencillo de explicar: los camellos traen los
fabulosos productos de tierras exóticas y lejanas. Tan distantes como la Sierra
Madre y los laboratorios clandestinos de los barrios cercanos. Venimos a hacer
negocios.
Pero nosotros no somos
camellos o algo por el estilo. Somos gente de aburrición cotidiana con placeres
inusuales. Torres quiere comprar de las fuertes y me ha dicho que en gran
cantidad. No tengo ni idea de dónde saco el dinero pero quiere llevar la mayor
parte para la fiesta del sábado. Podemos tomar una pequeña prueba hoy de
regreso, sólo para hacer control de calidad.
Hallar al “Pukis” no es
difícil, es muy confiado. Está oculto en uno de los bordes de la entrada al
distribuidor vial, tragando unas papas y una Coca-Cola. Al lado está su mochila
y una caja de cartón cerrada que alguna vez fue de aceite de cocina. Nos saluda
en su faceta de barrio, pero va directo al grano: ¿Qué queremos? Torres, seguro
y con la saliva hecha agua, recita nombres de animales. Es un surtido rico: ácidos,
perico, crack, metas, speed y esas fabulosas pastillas
multicolores que parecen Tic-Tac.
La transacción se hace
con la velocidad que una señora le despacha dulces a un niño fuera de la
primaria. El dinero en el lugar correcto y el producto en mi mochila. Otro
saludo de barrio y estamos fuera. Sabemos que cooperamos al problema de
inseguridad pero nos vale madre. Sin estos momentos de euforia inducida ya nos
habríamos vuelto un club de suicidas. La mayor parte del tiempo sólo peleamos
contra nosotros mismos.
El sonido de una ráfaga
nos hace lanzarnos al suelo, por instinto. Mientras intentamos cubrirnos en la
columna de un edificio cercano, vemos en instantes entrecortados como un par de
tipos, salidos de una camioneta oscura, acribillan al “Pukis” sin mediar
palabra. Los sicarios son fríos como réptiles, guiados por las ambiciones y
codicias de sus jefes. Seguramente vienen de parte de los barrios de más abajo,
quizás la tregua que tenían se acabó justo esta tarde. Roban el producto y el
dinero.
Uno de los sicarios
interroga al otro sobre nuestra presencia. No están seguros pero sueltan otra
ráfaga de cuerno de chivo de la que salimos ilesos por estar cubiertos. Uno de
ellos quiere continuar, pero el otro le ordena que se larguen. De todos modos
ya han dejado el mensaje: volverá el derramamiento de sangre. Si ellos ganan,
tendrán nuestro dinero y el de tanta otra gente. Así funciona esto.
A pesar de ser una zona
conflictiva y con más traficantes que médicos, sólo había un camello, destinado
a la gente que pasaba en auto por ahí. El resto se movía entre algunas casas o
se distribuía a otros sitios. No nos interesaba ese flujo, sólo que nuestros
vicios estuvieran asegurados. Quizás no éramos clientes frecuentes, pero sí nos
conocían.
Luego de haber librado
la muerte sólo nos queda volver a casa y hacer nuestro esperado control de
calidad. No soportamos llegar hasta allá y lo hacemos en el camino. Probamos
unas pastillas que nos hacen brincar como conejos en los primeros segundos.
Después viene a mi mente la escena del camello ensangrentado contra la pared y
el rostro inalterable de los sicarios. Al final no importa, estamos vivos.
* * *
Es sábado y estamos
reunidos todos al fin. Apenas hace media hora dejó de llover y salió el Sol.
Veo el cielo muy azul, incluso turquesa. Será que ya empezaron los alucines. La
música es mala, pero entre los ritmos escucho voces repetitivas que se vuelven
desesperantes. Torres está a mi lado. También están Fer, Christian, Paco,
Pacheco-sí, hace honor a su apellido-, Jiménez y otros cabrones más.
Frente a nosotros hay
una hilera de botellas. El regalo de Torres al grupo está en la mochila,
envasado en unos pequeños recipientes de plástico. Hablamos de cualquier
estupidez, reímos y todo nos parece interesante. Las voces se hacen largas como
los movimientos de las manos. Los instantes de letargo se interrumpen con
golpes de euforia en nuestro pulso cardíaco. Mezclamos en pequeñas dosis, nos
cuidamos el uno al otro.
Las cosas cambian de
lugar, algunas caen al suelo y el sonido de los cristales parece amplificarse.
Siento ganas de destruirlo todo, pero me contengo porque es el departamento de
Jiménez. Aún tengo conciencia de muchas cosas. Los recuerdos dolorosos parecen
salir de la piel. Los detalles lucen exagerados, todo parece estar más arriba.
Ya no me siento tan mediocre.
Los efectos pasan
después de unas horas. Torres y yo ya podemos caminar. En efecto, era demasiado
producto y sobró. Ya nos reuniremos en otra ocasión para acabar con él. Veo a
mis amigos, de palabras brillantes y aspecto decadente. En otro tiempo fuimos
distintos, pero todo nos deprimía. En realidad siempre nos dirigíamos hacia la
destrucción.
Sabemos que esto nos
jode, nos destruye. Elegimos esta sentencia mortal porque no soportaríamos el
resto de la vida. Ninguno de nosotros niega que en el fondo nos mentimos y que
deseamos ser salvados. Cuando la muerte llegue sólo recogerá trozos de nosotros.
Así lo quisimos, nadie nos obligó. Sólo somos dueños de instantes que jamás
existieron.
Luego de caminar unos
minutos entre los edificios que forman la unidad habitacional en la que vive
nuestro anfitrión, comienzo a sentir miedo. No se lo confieso a Torres. Siento
que todo está fuera de control, que de pronto le temo al fin de la vida y que
estoy en medio del vacío del que he huido tanto tiempo. Tengo un ataque de
ansiedad que apenas puedo disimular. Siento el frenesí en mis venas y el sudor
frío por todo el cuerpo. Quiero escapar.
Antes de que intente
calmarme, un tipo llega corriendo y me empuja contra la pared más cercana.
Coloca sus manos en mi cuello y aprieta. Torres fue interceptado por otro tipo.
Luego de unos segundos, mi captor me libera con una carcajada: “No, no. Sabemos
respetar el business y a los camellos”. Me coloca un fajo de billetes en la
mano, toma mi mochila y afirma, sonriente, con una pistola en mi sien: “Nos
gusta su merca. Vengan el otro viernes con más. No quieren que vayamos por
ustedes”.
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