La Derrota

LA DERROTA

Qué frío siente él al saber que no le queda nada de ese momento. Sus piernas de vez en cuando lo obligan a moverse del árbol en que lleva recargado más de una hora. Quiere estrangularse con sus propias manos o colgarse de una rama cercana, pero en el fondo sabe que morirse sería un error. Porque morirse es demasiado caro y no quiere empobrecer a su familia, que vive en una ciudad lejana.

Dicen que la vida es de arriesgar, de jugársela. Pobres de aquellos que lo piensan demasiado porque el tiempo se les escurre entre los dedos. Pero a aquellos, como él, que ponen todo lo que tienen en unos cuantos minutos, también las cosas se les pueden ir de las manos. Es la gloria suprema, efímera en su duración, o el dolor del olvido, de la pérdida.

Los boxeadores sin dinero, como él, no fueron hechos para perder. El ring los escupe con sus cuerdas hacia un público apasionado o espontáneo que no va a atraparlos para otorgarles el consuelo de haberlo intentado. Cuando el combate termina, no hay vuelta atrás. Olvidarse del dinero invertido e irse, si acaso, con una palmada en la espalda.

Aquella es una tarde lluviosa. El combate acabó a las siete, por lo que todavía no oscurece. Las nubes son de un color gris tenue, las hileras de agua caen con poca fuerza sobre el pasto que se extiende en el terreno irregular de ese parque olvidado. El viento de vez en cuando sacude las ramas y provoca que las gotas de agua de las hojas caigan sobre su cara. A lo lejos se escucha un sonido armónico.

Qué dura es la derrota porque despierta culpas y elimina todo intento de justificación de actos poco sensatos. La brillante intuición sucumbe sin remedio ante lo incontrolable. El boxeador no podrá llegar a casa con el dinero de la pelea que juró ganar para librarse de cualquier deuda. Esas horas de abandono en su entrenamiento y el dinero sacado de hasta debajo del suelo para apostar se han desperdiciado.

La cabeza le da vueltas. De vez en cuando se lleva sus agudas y afiladas manos al rostro, para secarse las gotas de lluvia y las escasas lágrimas que salen de sus ojos desérticos. El vacío que tenía en el estómago ahora le recorre todo el cuerpo, como una mancha oscura que vuelve todavía más opacas sus venas. Todo aquello que golpee sólo empeorará las cosas. Levantar esa mirada hundida por toneladas de plomo invisible parece imposible.

Ninguna solución parece eficiente. Cree que le aguarda el abandono, los gritos, las marcas rojas en las mejillas por las bofetadas y su estómago dando vuelcos de coraje. El desgraciado que lo venció dormirá tranquilo, embriagado de su victoria y los placeres consiguientes, sin pensar en él. Tendrá más peleas para apostar, quizás se haga de un nombre.

Pero la derrota no entiende de compasión, porque en un mundo de competencia desenfrenada no caben los segundos lugares. Los indecisos caen por su propio peso, en el mar de sus contradicciones internas. Los temerosos son absorbidos por la oscuridad de la realidad entre gritos. Los que fallaron son consumidos por la resaca de sus errores así como los confiados por su ego. Los suertudos gozan, sin saber por qué.

La lluvia cesa. Los riachuelos que se forman en el terreno irregular del parque bajan por las pequeñas laderas para formar un diminuto pantano intransitable en el centro del lugar. El boxeador lo contempla primero como si se trataran de arenas movedizas, pero luego imagina que un cocodrilo deambula por ahí. Se ve a él mismo sometiéndolo, como símbolo de todas sus frustraciones. Pero él sabe que no hay nada ahí, porque su derrota lo condenó a la soledad y a una imaginación desfallecida.

Cuando la noche empieza a caer y el boxeador ya pretende irse, un búho se coloca en una rama cercana para luego mirarlo fijamente. Él recuerda aquella leyenda de la muerte y se asusta…hasta que recuerda que en realidad era con las lechuzas. El ave tiene un manto de plumas majestuoso que la envuelve y unos penetrantes ojos turquesas, más brillantes que los de los mares caribeños.

El boxeador le sostiene la mirada. El búho ulula y agita lentamente las alas. La sensación de la soledad se disipa. El hombre cuestiona al ave de sus problemas, como si fuera la causante hasta que se cansa. En cierto momento ambos miran a la misma dirección, a un camino que lleva a la calle más cercana. Ambos se sacuden como si tuvieran escalofríos.

El búho vuela, pero vuelve al poco tiempo con las garras por delante. El boxeador no alcanza a cubrirse por reflejo, pero no es necesario, porque se queda en su hombro. Las garras se entierran sobre su carne y el peso lo hace mantener una posición incómoda. Extiende sus alas, luego ulula en su oído. El hombre llora sin emitir lamentos, sólo aprieta los puños con fuerza.

Él, dentro de su tristeza, alberga la leve esperanza de levantarse de la miseria y hacer algo distinto, pero no sabe cómo. No piensa en muchas alternativas, descarta muchas por ridículas y no es capaz de reconocerse al espejo como algo distinto a un boxeador. Desea que alguien lo salve de sí mismo, para mostrarle otro camino. Pero nadie es suficiente, porque sus gritos de auxilio son inaudibles. El búho ulula no por compasión, sino por curiosidad.

Minutos después, lo vuelve a abandonar. El boxeador piensa que ya es hora de irse a su pequeño cuarto de hotel a responder alguna de las desesperadas llamadas de su esposa para conocer los resultados de la pelea. Quizás ella ya no confíe en él de nuevo ni en sus puños. Él sabe que es tiempo de enfrentar, aunque sabe que, como siempre, no es el favorito para ganar.


La vida continúa para aquel hombre, que no es tan afortunado para evadirse de ella con un infarto fulminante ni tan desconsiderado para forzar las condiciones. Es momento de caminar, de seguir con los escalofríos y de introducirse al hoyo negro de la noche. Sus pensamientos lo hacen descuidar sus pasos y se hunde en el pequeño pantano, luego resbala y su cabeza se estrella contra una roca cerca. Se queda inconsciente. No despertará hasta el día siguiente. De cualquier forma, en aquella noche de derrota, ya no quedaba nada realmente por decir.


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