Descalzos

DESCALZOS

Eres alguien de hábitos curiosos. La ociosidad te provoca el deseo de dar paseos solitarios y de inventarte citas, a las que finges llegar con puntualidad inglesa. Te imaginas que realmente te encontrarás con alguien por obra caritativa y desinteresada del universo. Quieres volver a casa sintiendo que no eres el mismo que dejó todo en desorden más por desinterés que por pereza.

No pasará mucho antes de que llueva. Es junio y las tardes le pertenecen a los nubarrones oscuros que jamás pierden oportunidad de inundar la ciudad. Te diriges a un parque, recién remodelado, que contiene en su interior un monumento olvidado pero alto, de formas rectas y motivos nacionalistas. Tiene muchos nombres desconocidos y esculturas arcaicas. Te interesa tan poco como a los que pasan por ahí.

Alrededor hay muchas bancas y en ellas un montón de parejas, que para ti son melosas, que comparten un momento efímero de alegría luego de un día de trabajo o escuela. La edad no es una limitante. En otras, sólo hay hombres solos, con el gesto indiferente y cansado. Sabes que esperan por instinto algo en lo que ya no creen realmente. Lucen pequeños, encogidos, revueltos e insignificantes. Las miradas que recorren el lugar  no se detienen en ellos por mucho tiempo.

Te detienes a contemplar tu reflejo en una fuente cercana. El fondo está cubierto de óxido marrón. Miras tu cabello desordenado, tu gesto serio que endurece tu rostro lampiño y tu cuerpo endeble, casi de plástico. No sientes placer narcisista sino una sutil resignación. Los árboles parecen en el agua más cercanos a ti. Te imaginas como un cazador perdido en un bosque, de esos que saben que no morirán de hambre y que saldrán a ser héroes en cualquier momento.

Cerca de ti, unos niños empiezan a jugar fútbol. Para evitar que te golpeen, prefieres ir hacia el monumento para sentarte en un costado. Los deportes no te han apetecido nunca; los consideras un embrollo de pasiones físicas que siempre llegan a todos lados, menos a donde deben. Antes de tomar asiento, algo llama tu atención. Algo está fuera de lugar.

En una de las cuatro esquinas del monumento, la que tiene mayor sombra, hay una mujer joven sentada, que cubre sus piernas con sus brazos en una posición encogida. No parece mirar para ninguna parte. Está descalza, a su lado están sus tacones blancos. Parece cubrirse de algo invisible. Ninguno de los que pasan parece prestarle atención.

En un primer momento piensas en dejarla en paz, pero la curiosidad es más poderosa. La observas por varios minutos; la mayor parte del tiempo permanece inmóvil, sólo algunos espasmos permiten que estire poco a poco su cuerpo. Tiene el cabello teñido de naranja, la piel morena y ropa un tanto sucia. Su postura delata el cansancio. 

Te acercas a ella con cuidado. Subes lentamente la pequeña pendiente inclinada del monumento para acercarte a la esquina en dónde está cubierta. Nada alrededor delata que sea una trampa. Antes de sentarte, te atreves a preguntar: “¿Estás bien?”. Ella abre los ojos, te mira, sientes sus pupilas oscuras clavadas en los tuyos, pero los vuelve a cerrar. Te sientes extrañado, así que te quedas a unos tres metros de distancia.

Finges mirar a lo lejos, a los árboles recién planteados y a los ciclistas que realizan su paseo vespertino. Aún falta una hora para que el Sol caiga. A ella la miras de reojo, escuchas su respiración agitada. Te das cuenta de que al dejar tu mano por varios minutos en la piedra fría del monumento, sientes unas extrañas palpitaciones que parecen toques eléctricos. Te asustas, pero prefieres quedarte. Tu instinto te lo dice.

Finalmente, ella abre sus ojos. Parpadea con agitación por varios minutos, voltea a todas partes, pero no te presta atención. Su actitud te intriga aún más. Luego de que cuentas cinco repetidos suspiros de su parte, le dices algún comentario bobo de que está por llover. Responde asintiendo con la cabeza, pero no te mira. Vuelves a preguntarle si está bien y que si no tiene frío por andar descalza. No responde por varios segundos.

Después te mira al fin y abre su boca. Habla, pero sin voz y con la mirada fija en tus ojos. Tratas de leer sus labios pero te es imposible seguirle el ritmo. Piensas que está enferma de la garganta y te ofreces a llevarla a un médico cercano. Ella niega. De su garganta empieza a salir un sonido agudo y delicado que parece adormecerte. Reaccionas cuando ya estás tendido en el suelo, con los ojos a punto de cerrarse.

La adrenalina del susto te hace despertar. Quieres alejarte. Las personas que están cerca no los miran, parecen invisibles. Antes de salir corriendo con todas tus fuerzas, la miras por última vez. Está en la misma posición, encogida y con unas delgadas lágrimas corriendo por su rostro. Te compadeces, le dedicas una mirada empática. Al fin entiendes algo del movimiento de sus labios: “Quédate”.

Lo haces por compasión. No sabes ante qué persona estás ni si es producto de tu imaginación pero continúas motivado por el mismo instinto que te hizo acercarte. Luego de varios minutos, ella sigue llorando. Extiendes tu mano para alcanzar la suya en un intento de consuelo. Ella la sostiene. Su llanto cesa, parece sonreír. Sientes una rara sensación de alivio y relajamiento. Te sientes pleno, pero con una sensación de vergüenza: expuesto ante algo que desconoces.

Poco a poco todo se va diluyendo y entras a un estado de relajación inusual. Sientes que los árboles cercanos te llenan de oxígeno. Bostezas, pareces cansado de todo y recargas la cabeza en el monumento. Ella continúa ahí a unos cuantos pasos. No te interesa ya saber su nombre ni qué hace ahí. Prefieres quedarte inmóvil y ser perezoso públicamente. Cierras los ojos.


Despiertas al sentir que agitan intensamente tu cuerpo. Hay tres policías rodeándote, dos de ellos con las manos sobre tus hombros. El ensueño pasa. Estás encogido, con los brazos sobre tus piernas. Estás descalzo, con tus zapatos al lado. Tratas de decir lo que pasó, pero tu boca no emite sonido alguno. Los uniformados te llevan a su patrulla. Las luces del alumbrado público dejan ver el contorno de tu silueta sobre el monumento, marcado con plumón negro. 


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