Murmullos
MURMULLOS
Renacer así a la mitad
de la noche es cruel. Tú lo sabes cuándo despiertas confundido frente a una
fuente que no reconoces. Abres los ojos con dificultad y miras desesperado a tu
alrededor. Tantea tus bolsas: ya no tiene pertenencias. Tu saco café está
cubierto de polvo, tus pantalones están rotos. Tienes un fuerte dolor de
cabeza, además de que tus reflejos están deshechos, por culpa de ingerir
alcohol.
Después de un rato, a
lo lejos, alcanzas a distinguir algunos edificios que te parecen familiares.
Estás cerca del centro de la ciudad, en alguna plaza abandonada de la que no
recuerdas el nombre. Alrededor deambulan vagabundos, pero tú ahora mismo
pareces uno. Quieres volver a casa, pero tus piernas tiemblan como gelatina.
Finalmente decides quedarte sentado, a esperar que puedas caminar y moverte con
cierta seguridad.
Las luces del alumbrado
público son escasas, estás casi en las penumbras. Respiras con la boca abierta,
tus pensamientos son confusos. Escuchas aleteos constantes a tu alrededor, pero
a esta hora las aves duermen. Son los murciélagos urbanos que pasan rapaces
buscando algo que comer. Piensas en vampiros, pero es ridículo. Uno de ellos
desciende hasta el suelo para alimentarse de un higo tirado.
Un ruido te causa un
sobresalto. Hay una agitación en la escasa agua de la fuente. Tratas de
voltear, tu cuello truena y al final no puedes. Comienzas a escuchar una voz
vaga y femenina, que habla en un idioma ininteligible. Parece como si el sonido
saliera de la piedra de la fuente. Te quedas paralizado, sin saber qué hacer.
No hay nadie a tu alrededor que corrobore lo que ocurre, a lo lejos sólo pasan
los autos.
Los murciélagos
empiezan a revolotear alrededor de la fuente, en círculos, delirantes por el
sonido. Encuentras cierta armonía en esa voz, su delicadeza traspasa de forma
placentera tus oídos y produce dulces turbulencias en tu mente. Después de
agotarte varios minutos en encontrarle lógica a lo que pasa, decides rendirte al
encanto de lo que ocurre. Quizás sean tus propias alucinaciones o alguna vieja
leyenda oculta de ese lugar. Todavía no puedes moverte.
¿Será que estás tocando
fondo? Después de tanta borrachera, de esa depresión que te ha consumido por
cuatro meses. Mírate. Tu juventud se consume en tu rostro desahuciado, llevas
días sin rasurarse. Ahora recuerdas, como cada día a tu lejano pueblo, donde tu
familia cree que estás desaparecido y donde los días felices se terminaron en
el momento menos pensado. Ahora la ciudad amenaza con tragarte, con que te
vuelvas un bocado anónimo que nadie recuerde.
De pronto, la voz de la
fuente se vuelve muy conocida para ti. Sigue pareciendo una lengua rara, pero
esos matices eran conocidos. “Esa voz, esa risa…se parece a la de Clara” piensas,
mientras crees que tu inconsciente te
habla. Sé que la recuerdas bien. Ella había sido tu amiga de la infancia, con
la que habías compartido tardes de juegos y después noches de escape entre las
fincas abandonadas cercanas al pueblo.
Pero no es del todo un
truco de tu mente. Volteas a la izquierda y escucha pasos, junto con el tarareo
de una canción desconocida. Ves la silueta de una mujer caminando, apenas
iluminada por los postes de luz cercanos. Pero hay algo de diferente a lo
normal: tiene un traje de policía. Se acerca hacia ti. Ahora tienes un nuevo
temor: sabes que puedes terminar esa noche en el módulo de policía.
Ella te pregunta algo y
tú volteas la cara. Ambos se sorprenden. Es Clara, con el rostro curioso de
siempre, sólo que endurecido con los años. El traje de policía le quita esa
inocencia de la que te habías enamorado años atrás, la hace parecer dura e infranqueable.
Tú no eres ni un reflejo de lo que fuiste en ese tiempo. El encuentro los deja
confusos, pero contentos. Se sonríen con espontaneidad, pero sus miradas
develan una sutil desconfianza.
Intentas ponerte de pie
y lo consigues al fin, pero apenas puedes dar pasos sin tambalearte. Clara te
ayuda a mantener el equilibrio y te abraza. “Te llevaré a la comisaría, no
pasarás frío” te dice. Agradeces como puedes, le haces preguntas y recuerdas
algunas anécdotas de los viejos tiempos. Ella sólo ríe, jamás imaginó
encontrarte ahí.
“Qué diferentes somos…ahora, Clara” dices, con
dificultad. Ella siente un poco de compasión. Pero tú vuelves a pensar en tu
depresión, en la añoranza, en todo aquello que parece inalcanzable y piensas
que es mejor acabar con todo. Tienes la oportunidad de liberarte, de devolver
los gestos de crueldad de los días duros. Te sientes pendiendo de un hilo, con
tu enemigo enfrente.
¿Lo derribarás o te
dejarás caer por compasión? Tanteas un pequeño cuchillo que tienes escondido
dentro del saco, lo único que no te robaron. Acaricias su pequeña empuñadura,
sientes su filo en las uñas. “Si acabo con ella, acabo con mi viejo mundo”
piensas, mientras coordinas como puedes tus impulsos. Clara es el recuerdo
viviente de tu desgracia, de tener fe en algo que no ha vuelto ni lo hará.
Pero algo te detiene.
Clara te muestra algo en su celular: una foto de los dos juntos, de muchos años
atrás, que recuperó de un viejo álbum familiar. Te conmueves, respiras con
dificultad y lloras como un niño hasta
que llegan a la comisaría. Luego de dejarte sentado, ella se aleja para
preparar un poco de café. Tus pensamientos violentos siguen ahí, pero están
reducidos. Sus voces se van perdiendo. Arrojas el cuchillo en un bote de basura
cercano.
Mientras ella vuelve,
tanteas entre algunos expedientes que están desperdigados sobre la mesa.
Encuentras uno en cursiva, calificado como dudoso y con copia para el
psiquiátrico. Lo lees con cierta avidez. Habla de un asesino, donde culpa de
haber matado a su hermana bajo el efecto de la voz de una fuente. Recuerdas
haber leído de ese crimen hace unos días, con todo y unas fotografías que
rayaban en lo sádico para tu gusto.
Encuentras similitudes:
Voces incomprensibles que provenían de la piedra de una fuente, que traían un
estado de encantamiento iracundo. El criminal parecía arrepentido, sus
conexiones de ideas eran escalofriantes…justo como las tuyas. Contemplas a
Clara con las dos tazas de café en la mano. Ella pregunta sobre qué miras en
ella. Piensas.
La oleada violenta
vuelve a ti, tus ojos se ponen llorosos. Aprietas los puños con fuerza, tus
dientes y las venas de tu sien se hinchan. Contemplas en tu cabeza lo que
piensas hacer: quieres abalanzarte sobre ella luego de haber recuperado el
cuchillo y perforar su cuerpo como un trozo de queso. Despiertas de tu
ensoñación. Tienes el arma enterrada en tu estómago, con tu mano sobre ella.
Ella está a tu lado, llama a una ambulancia y tiene la voz entrecortada. Te
mira con lástima y con un cariño que no habías visto en mucho tiempo. Al final,
atinas a decir: “La ternura me detuvo de acabar contigo”.
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