Scylla (Parte I)

Scylla

En noches así me siento como un espectro. Parezco incorpóreo, sin peso, débil ante cualquier viento que entre por la ventana, con un permanente gesto insatisfactorio y la conciencia capaz de atravesar paredes para hacer preguntas que nadie conteste. Soy presa de una ira desconocida que me mantiene atado a la cama; ruedo entre sus límites con el pulso acelerado. No habrá pastilla que me haga perder la conciencia o rebaños de ovejas que se dejen contar. Es el insomnio mismo.

Mi habitación es oscura, frígida y silenciosa. La luz de la luna apenas se cuela por una pequeña ventana e ilumina la pequeña mesa atestada de cosas frente a mí. Podría distraerme ordenando ese tumulto de libros, hojas desperdigadas, recuerdos de bodas y bautizos, artesanías descoloridas y objetos de procedencia desconocida, pero nada me hará saltar de esta cama. La desesperación por las escasas horas que quedan de la madrugada no ayuda.
Soy un hombre de preocupaciones simples y vagas, atado más a deberes que ambiciones. Soy aquel en el que desembocan las miradas aleatorias. Voy por ahí sin pena ni gloria, casi imperceptible; me vuelvo pronto desecho de las memorias ajenas. Mi nombre es resbaloso para las mentes ágiles, siempre lo olvidan. Ni yo mismo me creo las presuntas peculiaridades que me invento. La normalidad está en mí, en su estado puro.

Veo a mi familia porque está bien hacerlo, porque las mismas preguntas bobas de siempre en las reuniones son una tradición irrompible. Tengo una novia debido a que la soledad es mal vista; es preferible ese juego de encantamientos entre mentiras, apariencias e inseguridades que debe hacernos felices. Imaginar algo más allá de eso es absurdo porque jamás llegará. La realidad nos moldea hasta volvernos callados y sumisos ante la circunstancia. Así deben de ser las cosas, ¿no?

Luego de tener bien en claro todo esto, la razón de mi insomnio es un verdadero misterio. Nada debería perturbarme. Pero las almohadas estorban como dos piedras, las sábanas parecen arder. Nada, ni siquiera la pared fría, refresca a mi cuerpo desnudo. En la oscuridad proyecto figuras de colores: círculos, triángulos, rectángulos y muchas figuras amorfas. Pienso en el papel que encontré tirado hoy en mi entrada: decía “Messina”.

No sé qué carajos sea eso. A alguien se le debió caer ese papelito arrancado de cuaderno. Pude haberlo echado a la basura o quemado en las hornillas de la estufa, pero preferí conservarlo. Mañana me desharé de él, no puedo seguir acumulando cosas. Debo eliminar ese coleccionismo involuntario e indiferente que llena de basura mi espacio. Además, dicen que el orden provoca dormir mejor.

En la mesa al lado de mi cama escucho ruidos de patas caminando rápidamente. Me sobresalto y enciendo la lámpara más cercana. Al descubrir qué es, suelto un improperio. Es un cangrejo rojo del tamaño de la palma de mi mano que camina en círculos mientras me mira fijamente. Nada tiene que hacer ese animal aquí. Murmuro un “fuera de aquí” mientras cabeceo y mis ojos amenazan con cerrarse.

Pero el impulso de lo que ocurre me hace despertar de nuevo. Ya nada se ve igual. Pareciera que mis ojos tuvieran una capa de bruma. Enciendo la luz, pero todo sigue silencioso. Ya no se escucha el andar del cangrejo. Siento escalofríos en la espalda, de pronto las sábanas se vuelven necesarias. Trato de arrastrarlas para cubrir mi cuerpo pero no puedo. Algo las atora.

Al asomarme para desenredarlas, percibo unos ojos claros que se clavan sobre mí. Me lanzo hacia atrás, mis manos se aferran a los bordes de la cama y jadeo por el susto. Ahogo un grito. Volteo a la derecha y mi cama se hunde suavemente. Al regresar la mirada, veo a una mujer que se inclina sonriente frente a mí. Su piel es trigueña, su cabello es oscuro, sus labios son marrones y un pequeño vestido grisáceo cubre su largo pero frágil cuerpo.

Pienso con todas mis fuerzas que es un sueño y trato de salir de él. Ya puedo moverme. Le arrojo a ella un vaso de agua que estaba al lado de mi cama. Las gotas escurren por su cuerpo, pero continúa su avance sobre mí con lentitud. Ríe con tonos dulces, armónicos como una melodía que está a punto de perecer en una tarde soleada. 

Se detiene a unos centímetros de mi rostro, el resto de su cuerpo reposa en el costado vacío de la cama. Mi frente suda copiosamente; su aroma es como el de un bosque tropical en verano. Me mira con detenimiento por varios segundos, no soy capaz de moverme ni de articular palabra alguna. Su belleza me extasía pero no dejo de estar aterrado.

-Mi nombre no conoces, porque al vacío perteneces. Mi presencia aterra al que de las pasiones huye y enloquece al que muere por ellas. A mí  me confunden los santos barones con sus súcubos fantasiosos. Tu imaginación es muy pobre para crearme. La madrugada no calma mis ansiedades. Me presento ante ti…dulce…curiosa…vacilante. Soy Seidi- me dijo ella, con voz suave, mientras deshacía los nudos de su cabello.

Tiemblo, volteo en todas direcciones, pero atino a decir con voz titubeante:

-Mi nombre es…Mario. Pero tú, ¿qué eres, qué haces aquí, qué quieres de mí? Debo estar soñando.
-Iluso, bobo. Abre tu mente. Piensa más allá. Sal de tu prisión voluntaria. ¿Sientes mi aroma, querido mortal? La vida es muy corta para saberlo todo, pero esperaba más de ti. Temo que te encuentras carente de deseo, si entre tus pensamientos escaseo. Podríamos jugar a que adivinas, pero no lo conseguirás. Soy una ninfa.
Me siento aún más aterrado, pero mi mente sale a flote. Nadie podrá engañarme, no esta vez.

-No, no me jodas. Las ninfas no existen, esas están en los pinches cuentos. Déjate de estupideces, de hablar en clave y dime cómo carajos entraste en mi casa y qué quieres-respondí amenazante.
-Ah, qué atrevimiento el tuyo-dijo ella, irónica-. ¿Qué te impide perder tu control y hablar, poseído y embriagado de belleza, de lo que tus ojos ven? Será el poder de la razón, la censura de placeres desconocidos. ¿Quién eres tú, que transgredes al Edén, que piensas de pronto que el mundo es tan simple como tú? Me pregunto si tus sentidos existirán aún.

Seidi se acerca. Trato de alejarla con timidez, pero ella sopla poco a poco sobre el borde de mi cuello. La piel de todo mi cuerpo se eriza al instante, mi interior parece arder y mis pupilas se dilatan. La sensación de éxtasis al verla vuelve. Ella sonríe: ha despertado el deseo del que hablaba en mí.

-¿Cómo…te atreves?-le digo con la voz temblando.
-Me atrevo porque soy valiente, no dudo de mí. Tu resistencia es como un juego efímero, ya lo hemos comprobado. ¿Sería alguna mujer capaz de provocarte esas reacciones con su aliento en tu esencia? No, nunca. Tu escepticismo se diluye como una hoja de papel en el agua, como las cartas de los enamorados en el fuego. ¿Conoces el amor?-me dice, rozando mi pecho.
-Creo conocerlo.
-Como el ciego a los colores, que cree sentirlos con sus manos. Tú crees que a la seca compañía, a la tolerancia mutua a través de los años, a soportar el desagrado con la indiferencia por instantes de confusa gloria se les puede llamar así. Eres un amante pobre porque, te lo vuelvo a repetir, perteneces al vacío. ¿Caerías en la tentación?
-La tentación lo corrompe todo. El hombre mesurado sabe huir de ella y dominarla-digo sin pensar
-¿Dominarla? La tentación es una marea atroz que destruye aquello que no funciona, los castillos de arena que habitan ustedes, ciegos ante su vulnerabilidad. Piensan que cerrar los ojos los hace buenos, porque la vida debe ser así. El humano parece sumiso ante los caprichos del destino, ¿verdad? Y las ninfas los enseñamos, pacientes y gustosas, a conocer sus deseos; cuando nos vamos, nos extrañan cada noche. ¿A qué te tiento yo, Mario?
Esta vez ella sopla sobre mis labios y coloca su cuerpo a escasos centímetros arriba del mío. No lo puedo soportar más. Recorro su espalda con mis manos.
-A sentir, a gozar, ¡a vivir!....sabes jugar con mis impulsos, los desatas y no temes a las consecuencias.
-¿Por qué temería? Tú tal vez. Estás abatido frente a mis encantos cuando no deberías. Porque ustedes los humanos se prometen fidelidad. Y tú se la has jurado a tu novia, ¡sin jamás decírselo! Esos pactos silenciosos son curiosos. Pero ahora estás a punto de romperlo, porque nada podrá detenerte. ¿Qué harás cuando carezcas de arrepentimiento? Tu moral será lodo, conveniente a tus deseos. Le serás fiel a lo utópico, porque lo real te parecerá inconsistente.
-Sigues jugando conmigo. Hablas de arrepentimiento cuando me tienes poseído, porque incluso pareces una bruja. Pero cuando esto termine yo seguiré mi camino porque sé cuál es. Nada cambiará eso. La infidelidad de la que hablas sólo parecerá un mal sueño.
-Tú has caído poseído por tu propia voluntad. Careces de fuerza en tu espíritu para rechazarme enteramente. Ustedes creen en la monogamia ciegamente y en la elección correcta de sus amantes. Si eres congruente contigo mismo, ¿serías capaz de elegir? ¿A ella o a mí? ¿A mí, que cuestiono tus manías o a la que es sumisa contigo porque carece de valor?

Esta vez Seidi muerde mis hombros. Con sus uñas rasguña desde mi pecho hasta mi ombligo. La luz de la luna ilumina su silueta curvilínea, casi hace que su vestido desapareciera. Siento su piel suave y tibia con mis manos. Los impulsos eléctricos gobiernan mis manos e invaden el resto de mi cuerpo.

-No tan rápido. Piensas demasiado fuerte, intuyo lo que harás. Careces de espontaneidad. ¿Me harías a mí lo que has aprendido por rutina o te esforzarías un poco más, por ser una ocasión especial? Pero antes de eso, ¿has tomado tu elección? ¿Qué estás dispuesto a sacrificar?
-No he tomado una elección, ¡No me pidas eso! Que mis manos harán una cosa y mi mente otra. Si te elijo a ti, ¿cómo sé que no te irías para dejarme con las manos vacías?
-Hombre indeciso, ¿dónde está tu valor? Si en las viejas historias dioses y guerreros nos elegían sin pensar. ¿O será que necesitas pensarlo mejor? Tendrás que aprender a elegir.

Ella se da la vuelta. En un parpadeo, ya hay otra ninfa con ella. Se saludan alegres, se miran con capricho. Ambas se acercan, ponen sus manos en el rostro de la otra y se besan. Enloquezco, con mis manos trato de participar. Pero antes de hacer contacto siento que mis dedos se queman. Al voltear a verlas, noto que están cubiertas de pequeñas plumas blancas.


-Elige, hombre. Hazlo ya. No puedes parar. Soy yo o el olvido.



Continuará...

No se pierdan la parte dos este jueves 14 de julio. Los deseos desconocidos apenas empiezan...


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