Quererse Entre Extraños
Queer
Estamos en su
habitación, ya casi son las cinco. Las paredes están pintadas de un color azul,
demasiado tímido para ser marino pero muy duro para ser celeste; también están
cubiertas de posters de bandas que nadie ha visto en el país. La llamo por su
nombre: “Aluna”. Ella voltea, está recargada a un costado de la ventana, yo
estoy enfrente.
Aluna juega con mis
dedos, los acaricia y aprieta caprichosamente la punta con sus uñas carmín.
Conservamos el silencio por unos instantes más hasta que ella simula con sus
brazos lanzarme a un lugar desconocido, para luego reír y volver a tomar mis
manos. Le sigo el juego, no tengo idea de qué pasa por su cabeza. Me mira con
curiosidad, después acaricia mi rostro. Sus ojos son dos remolinos oscuros
detrás de unos anticuados lentes de pasta.
Confieso que he espiado
su habitación mientras iba al baño. Soy tan curioso como ella. Fuera de los
posters, tenía pocas cosas. Sus libros tenían nombres escritos con labial en la
última página. Tenía cuadernos donde escribía cosas de su vida, que sólo podían
ser leídos delante de un espejo. Había pocas cosas de su pasado. Nunca hablaba
demasiado de sus planes a futuro ni programaba nada para después de una semana.
Su vida flotaba como una nube solitaria.
Desconozco los motivos
de Aluna para enamorarse de mí. Quizás sea por ser un músico frustrado, por
hablarle de poetas franceses la segunda vez que nos vimos o por mi apariencia
de intelectual atemporal. Tal vez porque le escribo cosas o porque me da rienda
suelta a hablar de mi variedad de pensamientos. Ahora mismo me pide que le
cuente cualquier cosa que se me ocurra.
Entonces se me ocurre
contarle algo que había guardado para un buen momento como éste. Mi recorrido
para llegar a su ciudad, en una visita de hace unos meses, cuando ni siquiera
la conocía. Yo vivía en la capital, donde el dinero desaparece de los bolsillos
con mucha facilidad. Quería probar suerte con una aventura peligrosa, así que
abordé un tren…de carga. Era una forma de viajar de contrabando, por algunas horas.
Viajé con la intención
de tomar fotografías y hacer una exposición de ellas. Mis compañeros eran
algunos migrantes centroamericanos que me miraban con cierta renuencia. Todos
eran vigilados por algunos hombres con numerosos tatuajes y pistolas en mano.
Por eso conseguí pocas tomas, casi todas ellas borrosas o inútiles.
Al llegar a la estación
de tren de la ciudad, ellos notaron que era un infiltrado. Salí corriendo y una
bala pasó a centímetros de mi brazo derecho. Luego me perdí en las calles.
Pasé escasas horas en
la ciudad y luego volví cómodamente en autobús. No me pasaba por la cabeza que
en un tiempo me mudaría y que pasaría esta tarde así. Aluna me escucha con
atención, aún en las pausas que hago involuntariamente. Dice pocas cosas, pero
está interesada. Cualquiera diría que me ignora por sus pocas expresiones, pero
yo sé que ella imagina todo.
Sé que ella tiene temor
del destino. Ha roto más corazones que platos y vasos, sin proponérselo. Yo
también, pero no me preocupa. Poco después de confesar nuestro amor, se atrevió
a verme como un verdugo del karma: “Prométeme algo. Si me enamoro completamente
de ti, rómpeme el corazón. Lo merezco”. Le dije que no lo haría y le di mis
razones. Pero también pensé en qué merecía yo. Al final concluí que el amor no
es una cuestión de lógica estricta y que nadie puede querer realmente con
miedo.
Podíamos destruirnos en
cualquier momento. Pero preferíamos improvisar planes y terminar, en algún
paraje solitario, hablando de nuestros sueños y pesadillas. Los míos eran
aventuras épicas o surrealistas, casi alucinaciones barrocas; los suyos eran
cortos, impactantes, de escenas sensoriales y definidas. Al final terminábamos
construyendo historias juntos.
Observo los labios de
Aluna. Sus primeros besos fueron tímidos, efímeros…pero los recientes me dejan
marcas invisibles. Si toco mi boca por las noches siento escalofríos en la
espalda y luego una sensación de regocijo que me provoca suspiros
incontrolables. Cuando las palabras se agotan, nos besamos hasta que uno de los
dos se separa y dice lo primero que le viene a la mente. Siempre son palabras
inusuales, fuera de lugar. Pero para nosotros son cumplidos.
Las parejitas normales
se llevan flores cuando cumplen meses y suben sus fotos a las redes sociales
seguidos de hileras de “te amo”. Esta tarde yo no hice lo mismo: pinté unas
orquídeas sobre su espalda desnuda. No es ninguna fecha especial. Sólo es 14 de
julio y por eso lo hice. Mi destreza con el pincel es fiel a mis coloreados
fuera del margen en el jardín de niños. Pero su piel hace olvidar toda
formalidad artística.
Aluna sentía cosquillas
con el pincel y la pintura. Miraba mis gestos al pintar con un espejo. Se
divertía, fingía ser una crítica de arte como las de la capital y mordía sus
labios. Entonces me dijo: “Te quiero porque jugamos a crearnos. Contigo soy la
rara más feliz”. Me conmoví profundamente. Éramos todo lo que necesitábamos:
una aventura siempre inconclusa. Una transgresión a lo normal, donde el
misterio era un placer.
-Sabes que todo
terminará-me dice ella- No somos infinitos. Nuestros momentos no durarán para
siempre de la misma manera. Un día los problemas nos explotarán en la cara, seremos
un caso perdido. No nos conviene ser ciegos ante lo inevitable.
-¿Cómo estás tan
segura?
-Sólo lo sé. Y tú
también. Somos el producto de nuestros propios deseos, de los límites
indefinidos, de inventarle sentido a nuestra existencia mientras probamos ser
libres. No quiero necesitarte, ni que tú me necesites a mí. ¿Qué pasará cuando
nuestra soledad se vuelva insoportable, cuando nuestras tentaciones ya no
tengan cabida aquí? Seremos consumidos por una ola de fuego. Nuestro lugar será
la tragedia.
-¿Le temes al fin
entonces, a que todo esto se pierda?
-Yo vivo con la muerte
como compañera indeseable. Ella me habla, sé que me tomará en cualquier
momento, sin razón. Intuyo que será cuando tú no estés y que entonces sufrirás.
Lo he visto todo. Por eso podemos elegir.
-¿Elegir qué cosa,
Aluna?-le digo, asustado.
-Consumirnos
voluntariamente, ser lo último que miremos antes de salir de este mundo.
Aluna sacó un frasco de
pastillas amarillo. Puso varias en mis manos y luego otras tantas en las suyas.
Una sobredosis para ir a quién sabe dónde, sólo si realmente había un después.
La tristeza que había ocultado ella durante los días felices conmigo sale
nuevamente. Llora por ser débil, por no creer en algo mejor de lo que hemos
alcanzado. Un suicidio en la cima, sólo para suprimir el vacío.
-No pertenecemos a un
mundo que se desangra-me dice-, que se consume en su nube tóxica. Pero te veo
inseguro. ¿Será que tú si perteneces aquí? ¿Podrías dejarme partir entonces?
No le digo nada, sólo
la abrazo. Ambos sentimos dolor; del paraíso al infierno sólo hay una delgada
línea. De tener fe en el destino, ella quiere rebelarse contra él y demostrar
que puede aplastar su vida con sus propias manos. Mi silencio se desvanece y le
digo, finalmente:
-No quiero que te
vayas…que nos vayamos. Los días son nuestros.
-No me mientas.
-Nosotros no somos
ninguna tragedia latente. Somos algo que no tiene nombre todavía. La normalidad
aniquilada, la fatalidad fallida, un par de nubes oscuras en un desierto gris.
Ven conmigo.
* * *
Junto las pastillas y
las meto de vuelta en el frasco. La convenzo con problemas de salir de su casa.
La llevo en mi auto hasta un bosque cercano y caminamos hasta un claro. Ya es
de noche. Sé que le encanta sentirse rodeada de árboles. Quiero escucharla
respirar tranquila. Aluna se puede ir en cualquier momento, con el frasco de
pastillas. Confío en algo inexplicable.
Admiro su oscuridad
enrarecida, la forma en que se recuesta temblando en el suelo. Sólo tomo su
mano. Ella la aprieta, después vuelve a jugar con ella. Las lágrimas siguen
saliendo de su rostro, pero ríe suavemente. Sus emociones confusas la vuelven
más bella todavía. Me dice, después de un rato:
-¿Sabes por qué temo
tanto? Porque me devolviste las emociones. No quiero ser una humana vulnerable.
-Siempre has sido
humana. Pero más que eso eres-mi garganta se atora en ese momento y escupo una
palabra extraña-…queer.
-¿Queer? ¿Qué es eso?
Luego de arreglar mi
voz, me atrevo a decir:
-Tú. Tú eres mi queer.
-Suena bien. Pero no sé
cómo definirte a ti.
-Piensa en lo primero
que se te ocurra.
-Tengo la mente en
blanco.
En ese momento, ambos
miramos al cielo y pasa una estrella fugaz. Soy tan torpe para no pedir el
famoso deseo. Ella sólo la mira y se queda pensando. Ya no parece tan asustada
o melancólica. Su cuerpo ha dejado de temblar. Se acomoda entre mis brazos y me
dice:
-Quizás tengas razón.
Tal vez mi rareza tenga lugar en este mundo y no tenga el final en mis manos.
En ti encuentro la vida que mis delirios de muerte niegan.
-Así es-le digo,
sonriente- Sólo tenemos la vida por ahora y así nos queremos. Dime, ¿has pedido algún deseo?
-No. Esta vez será
distinto. El deseo nos pedirá a nosotros.

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