Scylla (Parte II)


Seidi ha ganado la partida. Todavía no puedo tocarla, ni a ella ni a la otra ninfa. El recuerdo de mi novia se quema entre mis pensamientos, como una hoguera inacabable. Entre la seducción de las ninfas se entremezclan las lágrimas que imagino de su rostro, siento que bajan ardientes y serpenteantes por mis hombros y mi espalda. Mis músculos se contraen.

La otra ninfa se va sin decir su nombre. Sólo se muerde los labios. Es más bella que Seidi, tiene la piel canela, el cabello apenas largo y los ojos turquesa como el de un cenote. No confieso nada de mis pensamientos. Sólo quiero darle fin a mis deseos.

-Sabes que ejercí el poder sobre ti, ¿verdad?-me dice ella-Te hice dudar de tus bases estables, te hice decidir aquello que no habías considerado. No eres tan gris después de todo. Pero no me posees. En efecto, yo me puedo largar cuando me plazca, ¿qué me haría quedarme aquí?
-Sólo tus deseos.
-Los cuales son volátiles. ¿Qué te haría importante? Te elegí, ¿pero qué te haría conservarme?
-No…no lo sé.
-El poder. Que sea yo una prisionera voluntaria y tengas el control sobre mí. Que te ganes el favor de mi irrefrenable deseo, que lo vuelvas un manantial y no una llovizna renuente. Que tengas algo que no haya en otro lugar. Sólo cuando me hagas vulnerable ante ti. ¿Podrías?

Mi orgullo está inflamado. Respondo con voz grave:

-Compruébalo tú misma.
-Respuesta simple, mucho. No me dices cómo cambiarías la posición de las cosas, para que te hagas independiente y dueño de tu destino, ¿eres propietario de tu vida, de tus actos y tus palabras? Si sólo posees un recurso de sobrevivencia entre fieras sería lamentable. ¿Quién reconocería fuerza entre tus flaquezas? Demuéstralo tú.

Seidi sabe inyectar la ira en mí. Siento las burlas pasadas en mis oídos con gran estruendo, recuerdo cómo mis viejas aspiraciones se desvanecieron. La veo a ella, cada vez más caprichosa, mirándome con escepticismo. Me lanzo para consumar el acto que ha estado tentando con toda mi fuerza y con un grito de furia. Ella escapa.
Se queda en un rincón de la cama, sentada, cubriendo sus piernas. Se ríe y acaricia su piel:

-No, no tienes el poder. Pero eres un encanto al aparentar que sí.

*   *   *
-Y bien, no has podido siquiera consumar tus pasiones. Ni el hielo te haría razonable otra vez, ni siquiera mi ausencia. Aquí me tienes, con el poder de irme cuando yo quiera. Sabes que al terminar la noche te espera darle una explicación a la mujer a la que renunciaste, que estará envuelta del dolor. Soy para ti todavía la belleza inalcanzable, no has demostrado tu virtual grandeza.
-Si mis intentos son en vano es porque disfrutas mi fracaso. Degustas mi desesperación a cuentagotas. Tu placer es mi sufrimiento y mi frustración. Ante ti sólo parezco un idiota.
-Muy triste. Sólo trato de que seas digno de mí. No es mi obligación complacerte ni deshacer mi voluntad por compasión. Te he puesto condiciones y tú a mí ninguna.
-No pasará mucho antes de que lo haga.
-¿De verdad? Cómo impedir que haya otro, por ejemplo.
-Eso está implícito, es lo justo.
-No lo creo.

De entre las tinieblas Seidi atrae con sus brazos a otro hombre. Es joven pero fornido, con el cabello suave y los músculos marcados. Es menor que yo, conserva un gesto de inocencia. Casi podría decir que es dulce. Él parece que no me ve pero se concentra en ella. Le recita palabras al oído y ella sonríe, encantada. Ambos juegan, coquetean.

-Nadie nos mira, nadie puede detenerte-le dice ella a él.
Ambos dan vida a sus coqueteos delante de mí. Intento separarlos pero no puedo. Me ignoran y no soy capaz de cerrar los ojos. Al lado de mi cama yacen las pertenencias de ese hombre que sólo derrama miel por su boca. Son una armadura y una daga. Él hace las cosas bien, domina todo sin saberlo, eso que yo no pude lo logra sin esforzarse.

Siento la ira recorriendo mis venas. Tomo la daga y me coloco frente a ellos. El hombre me mira a los ojos, alza los brazos y pide compasión. Seidi lo mira con lujuria todavía. Sin pensarlo, lo apuñalo en el abdomen y luego en el borde de su cuello. Grita de dolor. Su sangre estalla en frenesí y cubre tanto mis brazos como mi rostro. Muere instantes después y cae sobre mi cuerpo. Me separo en un movimiento.

-Con violencia lo que no puedes con palabras, ¿verdad?-me dice Seidi, mientras se quita la sangre del amante de su cuerpo.
*  *  *

-Te deseo-le digo, jadeante, luego de soltar la daga.
Ella envuelve mi cuerpo con el suyo con una flexibilidad inusual. Al tocarla ya no siento ardor en los dedos. Finalmente soy capaz de quitarle ese vestido grisáceo. Abro la boca como estúpido al contemplar su cuerpo desnudo, pero me aferro a ella con más fuerza con mis brazos. Nada podrá detenernos esta vez, su boca está cerrada.

Seidi presiona con sus piernas mientras entierra sus uñas en mi espalda. Pierdo todo control o pensamiento. Casi soy capaz de contemplar desde fuera de mi cuerpo mis actos impulsivos y arrebatados. El aire parece volcánico, la cama de pronto parece cubierta de lava. Siento que consumiré mi energía muy pronto. Ella luce más fresca.

-¿Por cuánto tiempo serías capaz de retozar así, soportarías el placer eterno?-me pregunta, con una voz aún más suave.
-Todo el tiempo del mundo.
-¿Hasta que nuestras existencias se consuman, hasta que nuestro recuerdo se funda el polvo?
-Sí, así.
-¿No ambicionas más? Piensa ahora que me tienes a mí, a un palacio que ni en sueños has visto, oculto a la vista de todos. No tendrías que mover un dedo.
Pienso un momento, ¿podría pedir más? Dudo si es una trampa o una pregunta proveniente de su curiosidad.
-No necesito nada más que eso.
-¿Cómo te imaginas ese palacio entonces?
-Grande, con vista al mar, de un color blanco inmaculado. Con servidumbre, comida abundante de todos los sabores posibles para saciar nuestros estómagos tantas veces como queramos. Y el resto del tiempo para la comodidad o para dar paseos largos. Y tú, como el más grande los placeres posibles. No creo necesitar más.
-Te conformas con poco. Tu estómago crecerá a causa de esa comodidad a la que no renuncias. Te importan poco el honor y la gloria, que te recuerden más allá de tu muerte. Matarías para conservar el palacio, tu modo de vida o a mí. Así son los hombres de tu tiempo, insaciables para mantener su conformidad. Tú irías gustoso a la tumba, sabiendo que todo aquello que podías ser o con lo que pudiste ser recordado desapareció con tu propia vida.
-¿Cuáles son tus ambiciones entonces?
-Sería inútil decirlas porque no las reconocerías-dice ella, con gesto decepcionado-quizás esos placeres desconocidos hasta te quitarían lo humano y te harían un ser distinto. Volverían loco a tu espíritu y las emociones mismas no serían capaces de reaccionar ante esos estímulos. Sé que te da miedo, no tiene caso. Pides poco y poco se te concederá.
-¡No! Quiero conocerlas.

Seidi sonríe. Me mira con un gesto de ternura infinita. La crueldad parece haber desaparecido de su expresión. Emana un amor de aroma embriagador que me hace sentir querido. No quiero ir a otra parte sino con ella. Luce aún más hermosa, ningún arte le haría justicia ya. Toma mi mano y me dice, mientras una armonía delicada suena en el ambiente:

-Ya eres digno de mí. Ven conmigo.

*   *   *

Naturalmente, ya no estamos en mi ridícula habitación. Las ninfas parecen transportarse con una magia extraña. Aún es de madrugada. Escucho el sonido del mar que rompe con furia. La luna ilumina todo. A mi derecha está un risco enorme a poca distancia de otro y en su parte superior un castillo iluminado de un blanco inmaculado. Seidi está a mi derecha, su mano es tan ligera como una pluma.

Ella ríe con dulzura, me besa en los labios y yo la abrazo con fuerza. Se libera de mis brazos y me dice:
-Quiero nadar. No tardes mucho en venir.

Seidi corre hacia el mar. Sus pies no levantan la arena. Salta, su cuerpo desnudo se dobla y se zambulle en una ola que rompe. Su cabeza sale de entre la espuma blanca. Su piel dorada brilla, sin que parezca fluorescente. Nada con agilidad contra la marea, se divierte y sonríe.  Me mira y me pide que vaya. Salgo corriendo entonces hacia las olas.

Algo suena. Me detengo en seco. Parecen trompetas gigantescas cuyo sonido me  aturde y me hace caer de rodillas. Suenan en repetidas ocasiones dejando escasos intervalos de silencio. Ya no veo a Seidi entre las olas. Siento desesperación, sudo frío. No tengo la menor idea de dónde estoy. Grito con todas mis fuerzas pero las olas contribuyen a callarme.

Algo sacude las aguas, como si una gran roca hubiera caído. La marea, en consecuencia, se vuelve más turbulenta. Las oscuras olas se elevan y provocan que mi cuerpo dé un doble giro antes aterrizar de bruces en la arena. La espuma me cubre por instantes, salgo de ella con una tos atroz. Soy diminuto. Siento que el risco de la derecha caerá sobre mí.

Del mar emerge un monstruo. Las trompetas vuelven a sonar. Contemplo a la bestia y grito con más fuerza. Tiene unos quince metros de altura, su cuerpo es ancho, cubierto de escamas y en la parte superior hay cinco cabezas, todas ellas…de ninfas con los dientes afilados, cada una de ellas con rasgo bello diferente. Los ojos, la piel, los labios, el cabello y la nariz; si los junto…es Seidi.

El monstruo se zambulle en el agua con la misma facilidad que ella y una nueva ola me sacude. Un montón de anguilas salen de ella y se enroscan en mi cuerpo, hasta atraerme al interior de la marea. Nado con desesperación, pero cada vez me acerco más al espacio entre los dos riscos. El castillo todavía luce iluminado en las alturas.

La bestia marina me toma con uno de sus tentáculos. El contacto me produce un placer extraño y se intensifica al estar frente a las cinco cabezas. Todavía estoy aterrado, pero el recuerdo de Seidi despierta mis impulsos. En las escamas brillantes contemplo mi reflejo: parezco un hombre escuálido, con gesto lascivo y perdido. Cuando las trompetas callan, escucho un susurro: “Escila”. Soy devorado con rapidez. Grito de dolor por unos segundos, mi carne es destrozada.

*   *   *

Despierto. No puedo moverme. Estoy atorado en uno de los riscos que había visto antes, las rocas me apresan. Es de mañana. Mi piel luce escurrida y tengo una raída barba blanca. Entre mis venas tengo una sensación serpenteante que no me deja en paz. Tengo sed, pero mis labios están húmedos. Tengo hambre pero mi estómago está lleno. Estoy cansado, pero estoy casi acostado. No tengo voz.


Pienso en Seidi y mis entrañas parecen agitarse. Me queda claro que no estoy en el interior de un monstruo, ni en mi habitación. Respiro y mi corazón late. Siento que no puedo morir. El mismo cangrejo que apareció anoche recorre mi cuerpo sin que pueda detenerlo. Los deseos siguen despiertos, pero los placeres no alcanzan en mi condición. Pero yo elegí.

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