Diluvio
DILUVIO
Un día antes le habían
preguntado sus motivos para amar la lluvia. Erol contestó que le gustaba pensar las hileras de agua
rompían el aburrimiento cotidiano e invocaban un caos que se volvía un deleite.
Importaba poco el tráfico que hacía de la circulación vial un laberinto o los
polvos amarillos ácidos que caían del cielo. El gusto individual podía más.
Sin embargo, los
últimos días habían sido de prolongada sequía. El calor era abrasivo, evaporaba
motivaciones y temores; energías y delirios. Por eso las semanas eran tanto
aburridas como fastidiosas, las pieles se habían vuelto escamosas, el pavimento
quemaba más que la arena ardiente y los vendedores de agua embotellada ahora
eran ricos como nunca.
Pero aquella tarde el
cielo dejó de ser azul. Un viento vertiginoso arrastró a la ciudad unas enormes
nubes oscuras que se quedaron estancadas ahí. La gente miró hacia el panorama
gris. Las sombrillas que llevaban algunas personas eran demasiado delgadas para
un aguacero. Los reportes del clima no habían dicho nada en la mañana y hubo
desconcierto.
Erol se encontraba
ocioso y solitario en su habitación en ese momento. Había empezado a leer un
libro gordo y a los cinco minutos lo había dejado tendido sobre sus piernas. Se
quedó viendo la ventana cercana mientras las nubes oscuras avanzaban. Sintió
esa emoción que había olvidado por tanto tiempo e imaginó picar con alfileres
los nubarrones para desatar la lluvia.
Con los días secos la
ciudad se había vuelto un desierto de asfalto. Y en los desiertos llueve con
una fuerza desmedida por días enteros hasta hacer de la infinita arena un
pantano. Aquella tarde estaba por pasar lo mismo, pero ningún habitante lo
presentía. Erol sólo pensaba, imaginativo y alegre: “¿Y si pido un deseo por
cada gota que caiga?”.
Durante los primeros
segundos que empezó la lluvia pudo cumplir su objetivo. Las primeras gotas eran
gruesas y caían lentamente. El viento aminoró su fuerza. La gente en la calle
aún caminaba con indiferencia. Erol fue a observar desde la azotea de su
edificio y notó que un niño había dejado caer un barquito de papel en el borde
la banqueta, como si fuera un vaticinio de lo que ocurriría después.
Tan sólo unos minutos
después estaba hundido. Las gotas dispersas se volvieron columnas de agua; ahora
las personas corrían, los autos aceleraban y caían en baches casi invisibles.
El estruendo de la tormenta no dejaba escuchar nada más. Las nubes se volvían
luminosas con los relámpagos y tronaban con mayor fuerza que un avión.
El viento soplaba de
nuevo y la brisa empapaba a los transeúntes que seguían tratando de huir.
Algunos se agrupaban debajo de los tejados cercanos, pero de todas maneras
terminaban empapados. Los pocos árboles que quedaban en pie parecían
reverdecer. Las miradas se concentraban temerosas hacia el caos de un cielo que
revivía.
Las aceras se inundaban
con facilidad pues las coladeras estaban tapadas con hojas secas y basura.
Muchas personas resbalaban con manchas de aceite y caían en los charcos de
agua. Los perros callejeros corrían sin rumbo fijo y ladraban con fuerza. El
declive de las calles impulsaba las corrientes con rapidez hacia el centro de la ciudad.
Erol miraba todo
divertido, con una capucha en su cabeza. Le dolía un poco la cara de mantener
la sonrisa, después de haber mantenido sus facciones endurecidas por varios
días. Siempre había añorado Venecia con sus canales, por eso el primer deseo
que había pedido era ver a su ciudad así. Lo pensó más por ociosidad que por
malicia. Sus deseos destructivos solían ser tan incautos como románticos.
Aquella tarde lluviosa
puso a la avenida San Antonio de cabeza, que en cuestión de media hora fue
inundada por el río de aguas negras cercano. Los novísimos autos relucientes y
chaparros de los oficinistas que iban a casa terminaron como botes. La
frustración se iba flotando por las calles, en un espejo oscuro y maloliente.
El ruido de las sirenas se perdía con el estruendo de los constantes truenos.
El agua reblandeció la
tierra árida de los panteones y provocó fisuras en las tumbas. Los muertos
refunfuñaron entre ellos acerca de las goteras y el mal mantenimiento del
lugar. Las flores desperdigadas quedaron regadas por todas partes. Un ataúd
vacío que yacía en una de las puertas cercanas acabó arrastrado por una
corriente, como un mal presagio para los citadinos.
Al poco tiempo comenzó
a caer granizo. Las bolitas de hielo cayeron como caramelos, provocaron que las
corrientes oscuras se volvieran blancas y que algunos vidrios débiles
terminaran agujerados. Muchos niños acabaron con heridas menores, las hojas de
los jardines desaparecieron. Ahora el desierto urbano era blanco y vibrante,
temblaba con el flujo de las aguas.
El agua apenas se
filtraba entre algunos agujeros del suelo y se concentraba cada vez más. Los
servicios de bomberos se movían a todas partes para atender la creciente
inundación así como las caídas de árboles o espectaculares glamorosos. Cuando
la lluvia aminoraba en momentos se escuchaban algunos gritos en las calles e
instrucciones desesperadas. Las noticias informaban que cuatro de cada cinco
avenidas estaban colapsadas y pedían evacuar las zonas bajas. Antes de decir
cuáles, el servicio eléctrico se cortó.
Fue entonces que Erol
se sintió asustado. Llamó a su madre, a su tía, a sus tres amigos de parranda y
a su mejor amiga. Todos estaban bien, pero maldecían a Tláloc. Y el dios del
agua reía con fuerza, tanta que las gigantescas nubes oscuras se resentían y se
seguían desparramando. Sus carcajadas se escuchaban en ciertos intervalos, pero
nadie las reconocía.
La tormenta continuó
toda la noche y el resto del siguiente día. En un intento de restablecer el
servicio eléctrico se produjeron cortos circuitos que causaron pequeños
incendios. Los helicópteros sobrevolaban la ciudad y realizaban los primeros
rescates entre la población, además de dar avisos con megáfono. El nivel del
agua ascendía a tres metros en algunas partes. Los caseríos grises de las
afueras parecían islas olvidadas. Los cerros cercanos habían reverdecido y las
presas se habían desbordado.
La mañana siguiente
finalmente la lluvia torrencial terminó, pero se mantuvo una llovizna
constante. Erol había pasado la noche envuelto en las cobijas y pensando en las
consecuencias de su deseo. Se sentía culposamente feliz. Los primeros dos pisos
de su edificio estaban cubiertos de agua. Él, al vivir en cuarto piso se había
salvado y sólo había lidiado con las goteras y el granizo que provocó agujeros
en la ventana de su departamento.
Los encargados de
protección civil salieron con sus botes despintados-que jamás habían sido
utilizados-a continuar con el rescate de personas que no habían sido evacuadas
a tiempo. Ellos, que apenas se sostenían en tejados, techos de camiones,
árboles o lugares inverosímiles se quejaban de haber sido atacados por unos
tentáculos que salían de la corriente. Otros decían haber visto cocodrilos o
aletas de tiburón. Uno incluso juró ver el tesoro perdido de Moctezuma en un
cofre saliendo por una corriente de una coladera.
Los rayos habían
destruido partes viejas o frágiles de la ciudad, además de diezmar la población
de árboles en los parques. Parte de la fachada del edificio de Erol se había
caído por lo mismo. Los rumores que circulaban en la ciudad inundada decían que
pasaría al menos una semana antes de que las aguas bajaran a un nivel que fuera
seguro.
Los de protección civil
llegaron cerca del mediodía al edificio. En el bote no cabían las quince
personas que querían salir de ahí, por lo que acordaron dar dos rondas, luego
de rogar tres veces a los afectados que cargaran sólo lo indispensable. Erol
cedió amablemente su lugar en la primera vuelta y fue a buscar algunas cosas a
su apartamento. Otras tres personas también.
Una, dos, tres horas y
el bote no regresaba. Los números de emergencia estaban saturados. Las otras
personas que habían preferido esperar a la segunda ronda tampoco estaban. A los
pocos minutos, entre las aguas llegó flotando el mismo bote pero sin tripulante
alguno y con un solo remo. Erol gritó a los vecinos faltantes pero nadie
respondió.
Con sus habilidades de
marinero de regadera se trepó al bote. Trató de navegar entre las aguas
pantanosas y los restos de escombros flotantes. Mientras tanto veía si en las
ventanas se asomaba alguien como acompañante. No tenía idea de a dónde se
dirigían exactamente los damnificados, pero supuso que al cerro más cercano. La
llovizna mantenía su cara húmeda.
Erol contempló su
reflejo mientras remaba. Se veía menos iluso, con el gesto cansado y con la
expresión de aventurero que tanto había deseado de niño. Era el único citadino
que estaba extrañamente agradecido con la lluvia, pero no deseaba gritarlo a
los cuatro vientos. Sólo se detuvo un momento y abrió los brazos. En ese
momento, un grito interrumpió su momento de inspiración.
Era de una mujer.
Navegó cómo pudo hasta la azotea de una casa y reconoció el rostro de esa chica
que había conocido hace unos días, la misma que le había preguntado sus motivos
para querer la lluvia. Ella saltó al bote y con la fuerza casi ambos caen por
la borda. Después de reír y sentirse aliviados continuaron su camino.
“¿Y así te gusta la
lluvia?” preguntó ella, irónica. Erol no supo qué responder por varios minutos.
Algunos relámpagos brillaban en la lejanía y no había rastro alguno de que esa
ciudad hubiera sido un desierto por varios meses. Finalmente él contestó: “A
veces el caos nos hace más humanos”.

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