Pasos de Baile
PASOS DE BAILE
Miraban el reloj con
cierta angustia. Ambos se sentían ridículos por estar nerviosos de verse
aquella noche. Cada uno pensó en cancelar el compromiso unas horas antes, por
el puro temor, para aguardar cómodamente entre las sábanas viendo películas y
tratando de evitar los pensamientos de qué habría pasado. Pero decidieron no
huir de sus deseos. Néstor pasó por Denisse, con quince minutos de retraso a la
puerta de su apartamento. Se vieron, sonrieron y voltearon ruborizados hacia un
costado.
Unas semanas antes
habían sugerido, casi al mismo tiempo, salir a bailar una noche de jueves,
después de salir del trabajo. La intención pudo quedarse ahí, pero ambos
fijaron una fecha días después. Hablaban poco más allá de lo superficial y de
las anécdotas, como viejos compañeros de escuela en el poco tiempo del que
disponían. Se despedían cada vez con silencios forzados, con las palabras
luchando por salir. Por eso aquella cita los ponía nerviosos.
Ella renuente con todos,
él un amargado querido pero incomprendido. Eran amigos sin saber bien desde
cuándo, desde los días en que no encontraron motivo alguno para detestarse. Los
tiempos de escuela habían pasado muy rápido. Conversaban más de lo que
hablaban, se abrazaban sin tocarse. Ambos no se vieron en la fiesta de
graduación, a pesar de que asistieron a regañadientes. Se buscaron con la
mirada, pero no se encontraron. Se extrañaban, pero jamás lo confesaron al otro.
Néstor la vio aquella
noche de una manera que no habría pensado años atrás: de vestido negro y un
sutil maquillaje que escondía el cansancio de la semana. Le dijo un halago
espontáneo. Denisse no se la creyó. Él al fin lucía como adulto, luego de años
de parecer un adolescente congelado en el tiempo, pero ella no le dijo nada.
Se fueron en el auto de
él, sin muchos preámbulos. Iban a un lugar del centro, de no muchas mesas, con
un piso anaranjado amplio y brillante para el baile. Ninguno de los dos
recordaba cómo supo del lugar. Esperaban que por ser jueves no hubiera tanta
gente y así fue. Cuando entraron al lugar, había poca gente. Los meseros aún
dialogaban entre ellos. La música era tranquila, las luces tenues. Parecía
temprano aún, pero era propicio para platicar.
Pidieron dos cervezas.
Empezaron hablando del trabajo como cada vez que se encontraban. Ella buscaba
el contacto físico, él se acercaba y al final reían de cualquier cosa. Denisse
era más parlanchina desde siempre, pero Néstor siempre hallaba las palabras
correctas, que casi seleccionaba quirúrgicamente. Bromeaban del otro tanto como
fuera posible, querían brindar por cualquier cosa.
Conforme pasaban los
minutos, los ritmos aparecían y llegaba más gente. El murmullo redujo un poco
la plática, pero estaban tan interesados en el otro que olvidaron limpiarse los
restos de espuma de la cerveza de la boca. Ella lo hacía sonreír y ponerse cómodo
como pocas personas. Él la sacaba de balance a ratos, mientras trataba de
disimularlo.
Néstor había estado
enamorado de ella alguna vez, pero nada ocurrió entonces, a pesar de que en
esos tiempos había sospechado, motivado por sus fantasías, que ella sentía lo
mismo. Después de tanto tiempo él no tomaba muy en serio esa idea, ahora las
cosas eran muy distintas. Pero en aquel momento volvió a pensar en eso por un
momento. Reprimió la divagación de su mente con una acción simple: la sacó a
bailar.
Recién había comenzado
la salsa, con aquella consigna de “no le pegue a la negra”. Él sintió su mano
fría, la pequeña curva de su cintura; ella la soltura de sus movimientos, los
efímeros delirios del contacto. Seguían el ritmo sin preocuparse, respiraban despacio
y gozaban sin movimientos espectaculares. La canción se volvía más prolongada
de lo usual, pero en ese momento ambos pensaban en el otro y en cómo se verían
desde lejos.
Luego de sentarse por
unos minutos a terminarse la cerveza y al mirarse con gesto de complicidad por
lo que acaba de ocurrir, volvieron a la pista. Probaron pasos raros, se
enredaron un poco con las vueltas y chocaron con otra pareja. Denisse se
recargó en su hombro un momento, Néstor acarició por instinto su cabello pero
ese instante se esfumó rápidamente.
Para la siguiente
canción ocurrió algo inesperado. Ambos se separaron por un momento, porque
Denisse había recibido una llamada. Cuando ella colgó, un hombre un poco mayor
que ella le había pedido bailar, pero a su vez una mujer se había acercado a
Néstor. Los amigos se miraron sin saber qué hacer, pero en un desafío implícito
ambos aceptaron. La música caribeña no paraba.
El hombre bailaba mejor
que Néstor y la mujer mejor que Denisse, lo hacían con una elegante seducción. Ellos
les seguían el ritmo con algunos problemas mientras trataban de lucirse, pero
no podían dejar de verse. No estaban celosos del intercambio de parejas
realmente, pero se extrañaban a esa distancia. Guardaban un temor que a los dos
les parecía ridículo pero probable: que el otro se fuera con el nuevo bailarín.
Pero acabando la
canción, los bailarines les dieron las gracias y se fueron a continuar por otro
lado. Empezó entonces el rock. Denisse extendió su mano para alcanzar la de
Néstor y lo jaló. Danzaron como una pareja que se conociera de hace años. Ella
ágil, coqueta, desenvuelta, olvidándose de los tacones; él entregado, fuerte
sin ser brusco, marcando sus pasos al compás de los de ella. Y los riffs de
guitarra movían sus piernas, las percusiones agitaban su piel.
Los ritmos retro
brillaban y ambos bailaban como si nadie los viera, como en un concurso con
jueces ciegos. Y cuando las canciones se volvieron delicadas, con una cadencia
lenta y azarosa ambos terminaron cerca sin decir nada. No fueron conscientes
hasta que sus miradas se encontraron y se prolongaron por varios segundos.
En plena solemnidad,
falló el sonido. Pero el daño ya estaba hecho. Entre la súbita confusión y el
gesto de desaprobación por parte de los asistentes, Denisse y Néstor se estaban
besando. Ninguno de los dos pensó lo que hacía. Cayeron por sus impulsos,
motivados por ese delirio de la juventud que aún estaba lejos de irse. Estaban
trenzados, los brazos de ella en su cuello y los de él en su cintura.
Presionaban sus dedos como si pidieran que el otro no se fuera. Sentían
espasmos y escalofríos en momentos.
Cuando se separaron, la
música ya había vuelto. Las parejas volvían a danzar. Se miraron
desconcertados, boquiabiertos…se soltaron por un momento, asustados de sí
mismos, pero después sus manos se encontraron de nuevo. Tenían el pulso
acelerado, reían nerviosos y estaban más que ruborizados. Conversaban sin
emitir palabra alguna, como los amigos que eran y se preguntaban, temerosos y
deseosos a la vez: ¿El ritmo nos hará continuar?
Y aquella noche fue de
ellos, porque el temor se les fue desvaneciendo a cada minuto. Néstor creyó
revivido su viejo enamoramiento; Denisse se sintió tan fascinada con él como en
los viejos días. Nadie los miraba ni les prestaba atención. Daba igual si ella
tenía en ese momento un frígido novio de hace unos meses que se había quedado
celoso en su casa o si él tenía una novia más joven, que se quería sentir
Harley Quinn. La infidelidad se volvió poco importante. El baile precipitó sus
deseos.
“El que espera,
desespera
Por ti yo vivo
errando
Espero poco a poco,
yo me voy enamorando”
Alegría / Sander van Doorn, “Cuba Libre”

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