Lágrimas de Cocodrilo
LÁGRIMAS DE COCODRILO
Yo no he venido aquí a
decir que lo siento. No tengo el ánimo de disculparme. Vine aquí al pantano
porque no soportaba estos días recientes y no terminaba de entender los
motivos. Es una especie de purificación, pienso; una manera de liberarme de ese
aire enrarecido que amenazaba con destruirme. Este es un viaje que toma sólo un
día. Volveré a casa como un hombre con la conciencia tranquila.
Es inusual irse a
purificar al pantano pero Óscar me lo sugirió, luego de que le comentara mis
problemas en el almuerzo del lunes. Me dijo que ninguna iglesia o templo me
iban a dar paz; tampoco algún spa, centro de meditación o chisme de cantina. “A
ti, que estás que te mueres sin arrepentirte, te hace falta una tarde a solas
en el pantano…o el tiempo que sea necesario”.
Fue sencillo llegar a
esta ciénaga abandonada que se extiende por unos cuantos kilómetros al este de
la ciudad. Un poblador indiferente me rentó una lancha por seis horas a un
precio módico. Me extraña que no me pidiera una identificación y que confiara
ciegamente en mí. Quizás sea porque su bote está tan destartalado que nadie
quisiera robarlo.
Pero es suficiente para
cruzar el pantano sin mayores problemas. No voy con ropa de deportista, sino
que luzco como un pescador trasnochado. Remo con cierta lentitud mientras
observo a los gigantescos mangles que empiezan a extenderse delante de mí. Sus
intrincadas raíces aprisionan el agua, la vuelven turbia y albergan muchas aves
pequeñas. El paisaje es bello, pero no lo suficiente.
Óscar me dijo que
tratara de llegar al centro del pantano y me quedara ahí el tiempo necesario,
hasta que no soportara las ganas de volver. No me dio razones místicas, su
consejo fue breve. El dueño del bote me dijo que el camino entre los mangles
era ancho, por lo que no debía temer quedarme encallado. Sólo me pidió no hacer
llorar a los cocodrilos, después de eso soltó una estruendosa carcajada.
Me toma unos veinte
minutos llegar al centro del pantano donde confluyen decenas de gigantescos
árboles que forman el contorno de un pequeño estanque circular. Las aves
parecen callarse en ese punto. Un par de caimanes descansan cerca del bote con
las fauces abiertas, sin inmutarse por mi presencia. Contemplo mi silueta
decaída en las aguas oscuras. Los vapores malolientes aparecen de vez en cuando
entre grandes burbujas.
Ha llegado el momento
de empezar a hablar. Nadie me escucha, nadie me callará. Entonces empiezo a
proferir palabras en voz alta para ella, sin dolor alguno pero con el estómago
revuelto. Fue mi novia por varios meses, más de los previstos y menos de los
merecidos. Recuerdo su expresión enamoradiza, ingenua, coqueta y temerosa de
los primeros días; después sus sonrisas desabridas, así como sus eternas
molestias en los últimos.
Yo no tenía mucha fe
cuando la conocí, ni pensé que algo ocurriría. Mentí cuando dije que fue amor a
primera vista. Para ser el novio perfecto uno tiene que mentir mucho y poner en
segundo plano las manías o gustos personales; algunos intereses, algunas
pesadillas. Pero todo sea en favor de unos instantes de gusto, por un sabor
agradable en la boca, por no sentirse solos.
Los días no pesan hasta
que empiezan a contarse y entonces es cuando el camino sencillo de los placeres
novedosos se vuelve complicado. Algunas opiniones de alrededor dejan de ser tan
optimistas, surgen dudas silenciosas. Pero todos dicen que el amor lo puede
todo, eso y otras decenas de clichés para calmar las ansias e invocar a la
fantasía.
No es que no la haya
querido, ni apreciado sus gestos de ternura o confianza. Ella me idealizaba, yo
era un falso héroe que sentía vacío y que alimentaba falsas esperanzas sin
darse cuenta. Tratábamos de hacer los días menos aburridos, pero no siempre lo
conseguíamos. Ella deliraba con un futuro inexistente mientras me abrazaba tan
fuerte como podía. Yo quería salir corriendo.
Al confesar mis
incomodidades a mi hermana, me pidió de mala manera que la valorara más. “Ella
es una muchacha encantadora, amable, respetuosa…lo mejor que un ser polar como
tú pudo haber encontrado” me dijo. Intenté creerle, pero al final no pude. Para
entonces habían pasado cuatro meses de relación y era lo suficientemente
cobarde para terminar las cosas.
Mi mente generaba
infidelidades ficticias en momentos de ocio. Me producían adrenalina y
desconcierto. Sentía a mis amigos demasiado lejos. Los domingos transcurrían
con amargura con las comidas en casa de sus padres. Encontraba cualquier
pretexto para dar paseos solitarios, donde nadie pudiera encontrarme. Levanté
sospechas pequeñas que reducía fácilmente con mentiras mínimas.
Fue en aquellos días
sin pena ni gloria que me enamoré de mi mejor amiga, Sofía. Lo mantenía como un
secreto agridulce que expresaba únicamente en momentos solitarios o cuando me
duchaba. Creí que sería algo pasajero, pero no lo fue. En poco tiempo pensaba
más en ella, que mi novia. Por mucho tiempo creí que estaba confundido, pero siempre
supe la respuesta. Sólo me daba miedo aceptarla.
En un momento de
melancólica embriaguez, cuando mi novia no estaba en la ciudad le declaré mi
amor sin siquiera pensarlo. Lo hice como primerizo, con la voz entrecortada
pero con mi mirada fija en ella. No se sorprendió. Puso su mano en mi mejilla y
luego se fue sin decir nada, con pasos largos y silenciosos. No fui capaz de
hablar con ella en días posteriores.
Mi novia volvió muy
efusiva. Yo me volví distante, esquivo e indiferente. La besaba sin sentir
sabor alguno. Sentía su piel ceniza, cubierta de polvo. Sus palabras dulces se
habían fermentado. Hacía el amor con ella de mala gana, deseando que los
minutos pasaran rápido para poder verla dormir mientras me sentía miserable. En
los pocos momentos de placer no pensaba en ella.
Terminé con ella un día
lluvioso, sin decir mucho. Lloré algunas lágrimas que juzgué de hipócritas
porque en realidad me sentía aliviado. La gente me daba sus condolencias: “Tan
bonita pareja que hacían”. Pero si eso era una bonita pareja, no puedo imaginar
lo decepcionante que eran el resto de las relaciones. Me condené felizmente a
la soledad, a la espera de curarme de mis propias vacilaciones, de mi falta de
pasión.
¿Pertenecería a la
tropa multitudinaria de todos esos hombres que son iguales? Tal vez sí.
Hablarían de mi frialdad, de mi egoísmo incomprensible, de que no era
suficiente para ella. No tenía muchas palabras para defenderme o justificar mis
acciones, tampoco me arrepentía. Le deseaba que estuviera bien, pero recordaba
a ratos su expresión iracunda, con lágrimas de impotencia y sus manos a punto
de dejarme las mejillas rojas.
Días después, algunos
me pedían que volviera con ella porque se desvanecía en el dolor. Mis recuerdos
parecían ser demasiado fuertes, seguía teniendo un poder involuntario. Me cansé
de responder que no. Mientras tanto cultivaba la idea de tener un amor libre o
no volver a tener alguna de estas cosas mientras pudiera. Sabía que destruiría
cualquier cursilería. El amor convencional no es para mí.
También supe que
aquella noche no le confesé mi amor a mi amiga, sino que lo hice a otra chica
que no tardó mucho en darse la vuelta. Casi nadie había visto esa trágica
confusión, por lo que no trascendió. Me sentí avergonzado, pero aliviado.
Quizás aún tenía oportunidad de componer las cosas. Aún creo que hay maneras
menos estúpidas de amar.
Pensé en el karma, que
no tardaría en joderme en cualquier momento. Esperaba bajo la guillotina de mis
propios temores. Desde entonces la inquietud no me abandonó y las pesadillas
hacían de mis horas de sueño un caos. Sofía me pedía que le confesara todo lo
que había pasado, pero no era capaz. Mis sentimientos me aterraban, la crueldad
de mis determinaciones también.
Así me presento al
pantano, con deseos de no haber hecho llorar a los cocodrilos ni a ninguna ave.
Pero me siento sólo y débil. Pienso en Sofía como un recuerdo de algo que jamás
existió y en mi ex novia como una historia que desearía olvidar. Mientras
tanto, soy un amante ridículo que no sabe a dónde ir. Aún no quiero volver,
tengo más cosas que pensar.
Pero siento algo en mi
pie. Se ha abierto un boquete en la cubierta de la lancha y el agua estancada
se desplaza con facilidad. En menos de un minuto empieza a hundirse en las
negruzcas aguas. Quedo flotando en ese limbo, con la oscuridad de los árboles
sobre mí, mientras intento aferrarme a sus largas ramas. Lucho por instinto.
Un cocodrilo enorme me
mira desde una orilla cercana, abre las fauces y las cierra rápidamente. Hay
lágrimas en sus ojos. De su interior surge un rugido ronco que se vuelve pronto
un lamento que me eriza la piel. Sus patas rascan el fango. Salta al agua y se
dirige hacia mí. Permanezco inmóvil, lo miro, mi garganta se vuelve un nudo
implacable.

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