El Dorado
Debo estar loco. Nunca
creí en los golpes de suerte, ni en las cosas que parecían demasiado buenas. La
vida no tiene que ser así. Pero aquí estoy, encerrado en una gigantesca bóveda
de concreto y acero que encierra más oro del que jamás pude imaginar. Hay una
ventanilla oscura a mi derecha desde que se ve una furgoneta oscura. A los
costados hay cuatro hombres en el suelo, bañados en sangre.
Lo vi todo desde aquí,
fue hace cinco minutos. Dos tipos de facciones oscuras resguardaban la puerta
que está debajo de la bóveda con rifles de asalto. Eran corpulentos, vestidos
con gabardinas negras y mantenían un silencio sepulcral. Llegó entonces la
furgoneta con dos hombres, que sin inmutarse descendieron del vehículo. Ellos
saludaron a los guardias con sonrisas cordiales, pensé que vendrían a relevar
su turno.
Pero ellos volvieron al
auto y tomaron un par de armas. Los guardias sospecharon. Sin decir nada, los
de la furgoneta abrieron fuego, los otros respondieron. Fueron once segundos,
los conté. El sonido de las balas y de los casquillos cayendo en el suelo se
quedó rechinando en mis oídos. Voltee a ver. Tres hombres quedaron en el suelo
y uno de los agresores reptaba, al tiempo que intentaba marcar un número en su
celular. Uno de los caídos le disparó y no se movió más.
Los cuatro muertos y yo
aquí. ¿Qué demonios hacía yo aquí? Sé que lo que hay aquí vale lo suficiente
para derramar mucha más sangre. No tardará alguien en venir a saber lo que ha
pasado. Da igual si es policía o criminal, el resultado será el mismo. Seré
culpable de algo que ni siquiera entiendo. Será mejor escapar antes, las llaves
de la furgoneta quedaron tiradas en el suelo. Es un día nublado, parece que no
tardará en llover.
¿Qué haré, qué haré,
como el mísero pescador que soy? Lo que hay aquí vale para largarme a cualquier
sitio del planeta, pero no sé a quién se lo vendería. No tengo nexos con el
crimen y aunque los tuviera, no tardaría en ser un testigo silenciado por la
pistola. Esto debe ser para mi beneficio propio, de mi familia. A mí Dios no me
dio un arca, me mostró la cueva de Alí Baba y los cuarenta ladrones.
Pero ladrón que roba a
ladrón tiene cien años de perdón, ¿verdad? Por eso debo aprovechar esta
oportunidad. ¡Ah! Ya recuerdo. Podría hablar con Adam, ese amigo banquero de mi
hermano. Sí, su jefe es encargado de uno de esos bancos de crédito que acaban
de abrir. Seguro necesitará recursos, podremos llegar a un buen acuerdo. Todo
este oro por acciones vitalicias ahí, lo demás en dinero en efectivo para huir
de aquí antes de que el puerto se cubra de sangre. Suena bien.
Aún así, no estoy
seguro. ¿Será que los banqueros me engañaran también? Pueden negociar con el
gobierno para repartirse el botín y dejarme a mí como chivo expiatorio.
¡Cabrones! Debo ser inteligente, darle una pequeña comisión a Adam para que
vigile estos asuntos. Espero poder confiar en su cariño por la familia. Ojalá
sepa ver el interés en esta amistad. No tendría a nadie más.
Sé que no he visto todo
lo que compone este tesoro porque me atemoriza. Pero ya es hora, debo subir lo
que pueda a la furgoneta para irme tan pronto como pueda. Los ladrones no
venían a robarlo todo, no alcanza el espacio en esa carcacha. Debo encontrar
qué era tan especial para cometer traición. Porque también son traidores a su
jefe, quien quiera que sea.
Vamos a ver entonces.
Hay uno, dos, tres...treinta lingotes de oro de un kilo. Pero, ¡mira todo eso!
Hay tantos objetos tallados en oro, además de laminillas. Todo reluce, brilla
en la piel. Siento un hormigueo en la palma de la mano mientras toco todos esos
objetos. Son tan bellos. Da igual si son religiosos o no. También hay algunos
objetos de plata, además de fajos de miles de dólares en grandes cajas de
fruta.
Trato de cargar alguna:
es sumamente liviana, el papel casi no pesa. Pero primero el oro. Cabe bien en
un costal. Lo cargo con el espasmo de que será un gran esfuerzo, pero lo alzo
como si fuera algodón. Lo llevo hasta la furgoneta, luego de esquivar los
charcos de sangre, además de los cuerpos tirados. Lo deposito en la cajuela, los
lingotes parecen relucir en la oscuridad. Consulto mi reloj: las 4:15 p.m.
Aún hay espacio
suficiente, veré si traigo alguna de las cajas o de los adornos. Cuando doy el
primer paso en la bóveda ahogo un grito. Está vacía...o eso parecía. Al dar
otros pasos más noto que todo está en su lugar. Aún quedan muchas cosas. Me
acerco otra vez a los objetos tallados. Los acaricio con suavidad, como si
fueran mis hijos. Veo mi reflejo en el metal, nunca había estado tan sonriente
y lleno de adrenalina. Vuelvo a mirar el reloj por instinto: ya pasaron
cuarenta minutos. Empiezo a correr sin saber qué agarrar primero, todo parece
atractivo. Me tropiezo con mis propias piernas.
Vuelvo a contemplar a
mi alrededor. El oro brilla como las estrellas. En cada pieza veo mis sueños de
juventud plasmados, mis ganas de quemar mis redes de pesca para jamás usarlas
de nuevo, una gran casa al lado de un acantilado, un Ferrari, un yate y mis
cartas de presentación como accionista e inversionista bancario. Ahí está todo.
El tiempo corre. Me levanto, aún temo que alguien venga.
Luego de tomar varios
de las figuras relucientes y pesadas de oro que parecen gigantescos braseros
prehispánicos en un carrito de transporte que encontré, escucho pasos detrás de
mí. Volteo, no hay nada. Luego de avanzar unos metros con el carrito veo
sombras en la pared. Me detengo en seco, me cubro por instinto. Otra vez no veo
nada. Me muevo con mayor rapidez, volteo a todas partes. Casi provoco que el
carrito se vuelque.
Deposito esas cosas en
la cajuela. La furgoneta resiente el peso, pero parece soportar aún un poco
más. Debo encontrar la cereza del pastel, no creo que sean los lingotes. Al
volver a buscar, noto que hay mucho más oro del que había visto antes. ¿Qué
haré, buscar ahí el santo grial o largarme con lo que pueda? Decido la primera,
no me puede demorar más de diez minutos.
A pesar de ser una
bóveda, siento una brisa helada que importa poco con mi estado de excitación.
Detrás de unas vitrinas tapizadas de más objetos de oro hay un mueble semejante
a un clóset. Abro sus puertas, otra vez ahogo un grito mientras aplaudo como
maníaco. Es la figura de un dios antiguo, tallada completamente en oro, que
hasta los libros de historia de primaria consideraban como la figura artística
perdida más valiosa del mundo. Su valor es incalculable. No mide más de dos
metros. Bien puedo conservarla, esto no se lo daré al banco. Será el tesoro de
la familia.
Otra vez traigo el
carrito para transportarla con mayor facilidad. No tengo muchos problemas para subirlo,
pero al dar unos pasos las ruedas se truenan. Esta vez sí grito. Trato de
calmarme, pienso en dejar el objeto ahí e irme de una vez. Pero su belleza es
embriagante, no puedo, simplemente...no puedo. Esos criminales tenían una mina
de oro aquí y no la merecen. Pero yo sí. Todo depende de mi ingenio.
Doy vueltas por el
lugar para encontrar algo con qué llevarla. No hay nada. Luego de unos minutos
escucho ráfagas otra vez. Me oculto detrás de una caja y avanzo gateando, con
intención de mirar la puerta. Sudo frío, mi cara se encoge en una mueca de
temor, mis esfínteres están a punto de traicionarme. Pero al mirar por la
puerta, no hay nada. Ahí está la furgoneta resentida por la carga y los cuatro
cadáveres a los costados.
No hay otra forma de
transporte para la figura. Las ruedas están partidas, no puedo arreglar el
carrito. Debo recurrir a mi sudor, a la fuerza física. Aún si sufro una hernia,
valdrá la pena. Tomo la figura en mis brazos desde el suelo y empujo con toda
la fuerza de mis piernas para erguirme. Camino como pingüino hacia la
furgoneta. Otra vez está mi reflejo en el oro, el retrato de mi camino hacia la
fortuna.
* * *
Es fácil mentir,
inventar una leyenda urbana. Se creyeron la historia del pescador que apareció,
quizás debido a una elaborada treta de los grupos criminales, en una bóveda de
seguridad que tenía un fabuloso tesoro, a la usanza de las épocas coloniales.
También su elaborada fuga, la balacera en las principales avenidas del puerto
que mató a dieciséis turistas y el inusual enriquecimiento de un banco de
crédito que fue descubierto por unos periodistas meses después.
Todo muy sencillo.
Porque más que pescador, soy arquitecto de algo grandioso. El oro está aquí en
mis manos, mi tesoro oculto de la vista de todos por mi ingenio creando esta
historia. Y los que lo supieron no son ahora más que huesos y ceniza. Lo dorado
respalda mis inversiones, mis negocios, mis capitales de riesgo. Mío y para mí.
El brillo reluciente me hace más que poderoso.
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