Eclipse
ECLIPSE
Por doce minutos se oscureció el cielo. Despertamos
con sobresalto cuando las luces del sensor alumbraron nuestra cara. Creímos que
se había hecho tarde y que la siesta vespertina se había prolongado por mucho
más tiempo del pensado. Habíamos venido a mi apartamento en la hora del
descanso del trabajo. No porque deseáramos comer, sino para aprovechar la
ocasión de que mi esposa se encontraba de viaje y que volvía esa noche,
seguramente para serme infiel también.
Nos conocíamos de apenas dos semanas, ella se había
incorporado y yo la había capacitado en lo que tenía que hacer. Desde el
principio tuvo un interés inusual en mí que se traducía en una coquetería
interminable que me deleitaba. Por mi parte, dejaba salir poco a poco mi
lujuria que siempre crecía y se volvía una resonancia interminable en mis
pensamientos.
Ella no era joven, ni muy atractiva, pero tenía una
sensualidad inherente que muchas veces confundí con mis propios impulsos
acrecentados. No traté de reprimir el deseo, porque estaba convencido de que ya
no tenía caso. Pagaría con creces mis errores de ser necesario, pero no me
quedaría reprimido. Me arrepentía de haberme casado por un embarazo prematuro,
que al final resultó en la pérdida del niño por una supuesta superstición. No
nos divorciábamos porque fingíamos querernos, aunque en el fondo ambos sabíamos
de nuestra mentira protocolaria.
Aquella tarde lo que menos esperábamos era que se
hiciera de noche. Eso era señal de que nos descubrirían al instante y estaría
forzado a pagar una pensión por el consecuente divorcio. Pero mi susto cambió
cuando noté que en el reloj aún no eran más allá de las cuatro de la tarde.
Para entonces no había pasado ni un minuto. Ella se vistió tan pronto como pudo
y quiso esconderse detrás de un alto mueble de cajones.
Salí a mirar por la ventana y todo seguía oscuro. En
el cielo sólo se veían algunas nubes y unos remansos diminutos de luz, que
supuse eran parte de la Luna. No había bullicio en la calle, pero los pájaros
piaban con fuerza y los perros ladraban desesperados. Los cristales reflejaban
mi sombra decaída, al que se le unió pronto la de ella. Contemplé esa imagen y
se me revolvió el estómago. La volteé a ver, miré sus ojos ilusionados y
traviesos. Quise saltar ahí mismo.
En la calle empezaron a escucharse pasos acelerados.
Al mirar sólo se veían luces difusas que iban de un lado a otro para replegarse
cerca de los bordes de las calles. Sólo se distinguían sus ojos, blancos como
un huevo, en la oscuridad. Parecían estar en persecución constante, pero no
sabía de qué hasta que noté unas enormes figuras que parecían flotar en aire.
Ella me dijo que esas visiones eran interminables: sólo eran espectros que se
perseguían.
“¿Por qué estamos viendo esto?” le pregunté. Ella me
dijo que porque habíamos abierto un canal ulterior en nuestra visión que nos
permitía distinguir seres imperceptibles, que fueran espectros o transparentes
como el aire. Era por nuestros actos, justo antes de que se oscureciera el
cielo. Habíamos perdido un poquito de nuestra vitalidad y esa parte muerta, que
no se caería como piel de serpiente, nos permitía otras perspectivas. Por lo
menos eso le contó su hermana que era bruja, y desde entonces había deseado ese
poder.
No le creí nada y traté de explicar las cosas por mi
cuenta. Ella continuó con sus historias, en tanto las persecuciones de seres
escurridizos siguieron. Decía que jugaban a representar las viejas historias de
cuando la luna perseguía al sol para tratar de devorarlo. Parecía un rito
inútil que siempre terminaba con la victoria de la estrella, pero que tenía
sentido. “Así es la esperanza verdadera...aquella que prevalece después de la
vida, cuando la catástrofe está más que asegurada”.
Y entonces los persecutores parecían héroes por el
simple hecho de intentarlo, aunque fueran frustrados permanentes. El
espectáculo se resumía en sus actos desesperados, buenos, por el simple hecho
de existir. Al poco tiempo, otros seres semejantes a demonios aparecieron y
persiguieron esta vez a los dos anteriores. Resultaba que, si los otros sólo
jugaban a las atrapadas, ellos eran los verdaderos malvados que eran capaces de
terminar con la existencia.
“Grita, ¡grita!” me imploró ella. La miré
desconcertado. Al poco tiempo ella empezó a gritar, y al parecer los vecinos o
la gente de la calle también. El resultado fue un concierto de exclamaciones
desesperadas que parecía una representación de un infierno cualquiera y que por
unos tres minutos estuvo a punto de volverme loco. Finalmente, los demonios
desaparecieron, girando en espirales infinitas hasta fundirse con el suelo y
dejando centellas errantes que atravesaban el cielo.
Poco después empezamos a pelear, sin saber quién había
comenzado. Nos gritábamos, insultábamos y reñíamos como si ella realmente fuera
mi esposa. No era capaz de entender lo que me decía, pero esas palabras
incomprensibles me causaban mucha ira. Al parecer ella tampoco entendía las
mías. Ese afán de ira continuó un poco más hasta que un sonido nos hizo
callarnos a los dos. Era el llanto de un bebé.
Lo buscamos por todas partes, y el sonido se
acrecentaba. Sólo hasta que chocamos por accidente, espalda con espalda, nos
dimos cuenta de que estaba atrás de nosotros. Era un niño grande de tamaño, con
muchas pecas y manchas oscuras, y con una deformación en sus piernas que lo
hacían tener los pies volteados. Nos asustamos, buscamos consuelo en el otro y
el bebé se fue caminando, luego nos deseó las buenas tardes y azotó la puerta.
Totalmente fuera de mis cabales, le pedí que parara
esta locura, que hiciera algo que le dijera su maldita tía bruja. No quería
volver a ver un bebé aterrorizante como ese, ni escuchar coros de gritos o ver
persecuciones de seres extraños frente a mí. Ella también estaba asustada y
sollozaba casi en silencio. En eso se abrazó a mí, y se enroscó de tal forma
que parecía una serpiente. Sentí su cuerpo pegado a mi piel, casi siseante, que
apretaba con fuerza y parecía exprimirme el sudor.
Tuve entonces otra visión en mi mente, esta vez de la
inusual danza de un dragón chino que recorría en giros imposibles un cielo estrellado
para culminar su espectáculo con una gigantesca llamarada de fuego que consumía
un pequeño pueblo entero. Cuando abrí los ojos volteé a ver ese aro apenas
luminoso que al principio creí la luna, y me sentí cegado. Recordé esa palabra
que escuché una vez de niño y de la que nadie me advirtió ese día: un eclipse.
Permanecí ciego un par de minutos más en los que mi
piel se sintió invadida por las caricias de ella, besos húmedos como el trópico
y me invadió una extraña sensación de nostalgia a la par de un deseo
incontrolable. Me dejé llevar por el instinto de mis manos, me olvidé de mis
terrores anteriores, sólo me guiaba el placer. Olvidé el nombre de las cosas
porque ya no importaba. Podía seguir así otro buen trecho de oscuridad.
Pero aún con la ceguera temporal, sentí que la luz iba
creciendo cada vez más hasta que finalmente pude abrir los ojos. Aparté mis
manos de inmediato. Frente a mí no estaba mi amante, sino mi esposa. En el
eclipse de los doce minutos había pensado que ella era alguien más, por puro
deseo. Lucía más bella que en otros días, pero con un gesto frío y tenso, a
pesar de su respiración jadeante. Pude ver de lejos mi reflejo en la ventana:
mi cara estaba seca, como los cráteres de la Luna. En un instante de
anormalidad todo fue posible. Pero ahora, el día continuaba.

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