Entropía


ENTROPÍA

En las peleas todo ocurre demasiado rápido, pero el dolor se concentra en espasmos lentos. El espectador mira entretenido, conmovido o cargado de morbo la danza iracunda de los combatientes que se rasgan la piel con los nudillos, pies y piernas para derribar a su oponente. La adrenalina se vuelve colectiva, dura unos cuantos segundos o minutos, porque la carne no soporta demasiado. Además, los afectos o empatías de algunos impiden que el combate se prolongue.

Pero para los que pelean la visión es distinta. Todo se concentra en impulsos, reflejos y tácticas efímeras para dirigir los golpes al sitio correcto, y vencer de manera gloriosa pero sencilla. El dolor es absorbido rápidamente, los hilillos de sangre arden, la respiración fluye irregular y el corazón parece una bomba maníaca. La frustración se multiplica, se vuelve violencia irascible. El suelo es frío como el hielo cuando el cuerpo vencido cae.

Él vino de la nada a golpearme, en medio de la calle principal del Barrio Chino. Había pasado algunas semanas en esta ciudad, tratando de aclimatarme al calor húmedo y a los vientos fríos, en cambio constante. Pocas personas conocían mi nombre, o mi trabajo temporal que no duraría más de tres meses. No esperaba encontrar a nadie en un sitio tan apartado, planeaba tener días tranquilos.

Lo miré hasta que lo tuve a unos centímetros y alcancé a esquivar su golpe, saltando para atrás. Estuve a punto de tirar a una señora. “¡Ponce, hijo de tu puta madre!” me gritó, desquiciado. Era un hombre unos cuantos años mayor que yo, robusto, pero de brazos largos, con un gran vientre y una barba raída. Sus puños cortaban el aire, mis antebrazos lo detenían hasta que un golpe me impactó de lleno en costado.

Me repuse de inmediato del dolor y conseguí conectar un golpe en su cuello, seguido de otro en el vientre sin mucha fuerza. Él se lanzó contra mí como luchador, me impactó contra una pared y preparó un torbellino de puñetazos, del que me escapé segundos después con una patada brutal en sus rodillas que lo hizo perder el equilibrio de momento. Comenzaba a sudar, y las heridas de la cara empezaban a sangrar lentamente. Mis nudillos estaban ardiendo en fuego.

Me asombraba que no hubiera provocación previa, ni un canto de alarde, sólo la violencia imparable. Luego de impactar su barbilla, con la voz jadeante, le dije: “¿Quién chingados eres?”. Se volvió una distracción peligrosa: recibí un golpe en una costilla seguido de otro en la boca que me dejaron mareado por algunos segundos. En esos instantes de zozobra escuchaba al público, algunos horrorizados, otros entusiastas y un par llamando a la policía para terminar con esta pelea de mexicanos que estropeaba la vida cotidiana de la ciudad.

Traté de incorporarme, pero mis piernas temblaron. Levante las manos como pude en señal de rendición. Él se burló y me pateó en el cuello, para rematarme con un golpe cerca del ojo derecho. Luego se dio la vuelta. A un costado encontré un pequeño pedazo de ladrillo. Sin ser cobarde, le silbé para que se diera la vuelta y estuve a punto de arrojársela directo en la frente, pero él sacó de su bolsillo una navaja. Solté la piedra. Él se burló más, leí en sus labios el nombre “Lucía”, y se fue.

Hacía mucho que no sabía de Lucía. Fue un viejo amor, una mujer obsesiva que quiso apoderarse de mi vida. Y yo fui cruel con ella, le hice tragarse su orgullo vomitivo en cucharadas agrias hasta que no pudo más. Entonces la mandé lejos, muy lejos. No me importó parecer el culpable, ni recibir una colección de amenazas por ser un hombre tan desgraciado. Continué con mi vida, me alejé de ese mundo deseando que no me golpeara en la cara de nuevo. Ya vi que no se cumplió.

*    *    *
El café es malo aquí. Es una combinación sintética de químicos marrones, de sabor fuerte que sólo el asqueroso azúcar dietético puede regular. Es tan efectivo como una bebida energizante, produce taquicardias más recurrentes que una competencia deportiva y mantiene las pupilas inusualmente abiertas. Pero de sabor, aroma o consistencia no queda nada. Sólo el recuerdo convertido en un lujo tremendo, donde lo natural ahora parece gourmet.

Es la primera vez desde aquel día de pelea que vuelvo a caminar por estas calles plagadas de negocios chinos. Lo hice cuando supe que el vengador no tan anónimo fue deportado junto con otros obreros y trabajadoras domésticas. Sentí lástima por todas esas personas, menos por él. Deseaba, sin más fundamento que el resentimiento, que nuestro propio país lo escupiera a tierras de nadie, como exiliado permanente y apátrida violento.

Han abierto una nueva cafetería, que tiene un gran letrero neón con ideogramas chinos. Un letrero en inglés promete ofrecer café de distintas partes a un módico precio. La razón por la que entro no es la promesa, sino esos aromas que tanto extrañaba. Distingo dos olores paralelos, que no son un fraude como en Starbucks: el de la máquina de café y el de una olla hirviendo con canela. La nostalgia me reduce al deseo.

El barista, un camboyano de rostro simpático, me sirve un café de olla con una voz tenue y aguda. Me hace una breve pregunta sobre mi país, y maldice entre líneas a los agentes de migración. Le agradezco, le devuelvo una mirada empática. Acaba de oscurecer. Algunas personas dialogan con voces bajas en ese lugar ambientado por una intrigante música de bajos profundos y armonías claras. Alguien me mira con atención.

Como si fuera un borracho, agarro mi taza por instinto. Pero es una mujer joven. Trato de concentrar mi mirada porque temo estar viéndola mal por las pobres condiciones de luz. Es casi de mi estatura, delgada, de cabello teñido de verde y piel muy blanca. Varias perforaciones brillantes resaltan en distintas partes de su cuerpo porque viste de manera muy ligera. Permanezco varios segundos mirándola, en una contemplación intrigante que me hace conservar el silencio.

Antes de que pueda desviar mi mirada, ella se acerca. Se sienta delante de mí, recarga su mano sobre su barbilla, me observa también. Contemplo entonces como el tinte de su cabello parece proyectarse en los bordes de su cara. Sus pestañas son oscuras, gruesas y cubren unos poderosos ojos que me producen escalofríos. A ratos parecen verdes, en otros, turquesa y luego parecen oscurecerse. Me recuerdan al mar de Yucatán, a los cenotes antes sagrados, a las costas oscurecidas de Veracruz.

Ella habla en una lengua que no entiendo, pero que me recuerda ligeramente al ruso o al serbio. No parece importarle que no entienda nada. Guarda silencio mientras hablo, escucha atentamente mi español sazonado. Toma mi mano y después bebe de mi café ante mi gesto de desconcierto. Las gotitas restantes se quedan en sus labios casi naranjas. No siento tentación, sólo un profundo arrullo que bambolea mi cabeza y me hace perderme en sus rasgos.

Poco después siento el contacto de su piel, que es fría como un congelador en torno a mi cuerpo. Sus manos me tocan como si yo fuera un viejo conocido suyo, alguien a quien quiere. Mis intentos por apartarla y por decirle que no soy quién busca no rinden frutos. Siento su voz en mi cuello como un soplo diminuto, sus dedos son como la niebla que lo cubre todo; percibo leves picoteos sobre mi piel y una fuerza que me corta la respiración. Dentro de mis párpados veo auroras boreales.

Son sus ojos los que parecen crearlo todo, como un flujo infinito de alucinaciones que me hacen olvidarlo todo. Ahí permanecen, profundos e infinitos; inspiradores, arrogantes, bellos y peligrosos como una catarata salida de un volcán. Ella disfruta de su poder, seduce, gobierna todo impulso posible y me deja como materia inútil. Después se acerca, según yo, para besarme. Espero con mis labios entreabiertos. Pero su piel me atraviesa, mis ojos se funden con los suyos.

Despierto con un tosido hostigoso que casi me ahoga. El barista reaparece con unos costales en la mano y con grandes lagrimones que parecen no tener explicación. Me mira con indiferencia y luego vacía su tristeza en la máquina cafetera. El sonido mecánico se funde con el de su llanto, y el de la música. El resultado es aterrador. En mi taza flotan unas virutas verdes, movidas por las olas que ahora tiene mi café.

*   *   *
Llegó un día en el que deportaron a muchas personas incluyéndome a mí, aunque tuviera mis documentos en orden. Nos llevaron en muchos camiones hasta la frontera para ser repatriados. Casi nadie quería volver realmente a un país que nos recibía con los brazos abiertos, pero con el resto del cuerpo destrozado por sus propios parásitos. Ocuparíamos un lugar más, pelearíamos con nuestros propios compatriotas por el pan para comer.

Cuando crucé la frontera a pie y sin menor respeto de cualquier derecho que tuviera noté que sorpresivamente no había desierto, sino un extraño clima tropical, quizás producto de las irracionalidades del cambio climático. Después de varios minutos de caminar, me encontré de frente con una mujer a la que reconocí inmediatamente. Era Lucía, pero con su cuerpo carcomido con el tiempo. Llevaba un extraño y pesado tubo en la mano. Sin decir nada, igual que su amigo, me golpeó en la cabeza con él. Perdí la conciencia y lo último que sentí fue el reguero de mi sangre.

Desperté atado en una roca cubierta de musgo, frente a un gran cerro de un verde exuberante, con rocas enormes circulares, como si fueran huevos sembrados. Las cuerdas eran débiles y me desaté con facilidad. Frente a mí, arriba de una roca un lince con unos extraños ojos de búho alimentaba a sus crías. Me miró y continuó con su labor. Al lado mío había un cuenco con café caliente.

Bebí por instinto, el líquido bañó el interior de mi cuerpo. Vi esa mirada alucinante de nuevo y sentí que estaba en el cielo. Pero no fue así y volví a mi ciudad con una falta de credibilidad espantosa. Ya no me importó denunciar mi deportación arbitraria, porque estaba inundado de una infinita tristeza por esa aparición en el café del camboyano que nunca iba a volver. Aquí sigo con las vacilaciones de la vida, carentes de sentido. Con lo celestial en la belleza, lo infernal en el miedo.    


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