Reminiscencia de Taxqueña
REMINISCENCIA DE TAXQUEÑA
Taxqueña. Con equis y no con ese, como sugiere el
gobierno de la ciudad a los que no saben pronunciar ese inusual sonido de
nuestro español mexicano. Se le simboliza con una luna en cuarto menguante,
pero sus calles son todo menos un resquicio aperlado. El nombre es un
gentilicio del pueblo no tan lejano de Taxco: veta gigantesca de plata por
mucho tiempo, de templos y calles estrechas, forjadas entre la riqueza y la
culpa; hoy, un centro más del narcotráfico.
Pero esto no es acerca de los orígenes, ni de sus
larguiruchos jardines que se extienden por las zonas habitacionales; tampoco de
los territorios olvidados del bosque de papel de Excélsior, perdido en los años
70 por pobladores desplazados que permanecen hasta la fecha en casas grises,
donde a veces se refugian algunos criminales. Ni siquiera de las almas
vagabundas que fluyen entre esas calles para encontrar un refugio o comida en
la basura de la terminal de autobuses cercana.
No me gusta ir a ese lugar, pese a que fue parte de mi
vida. Los recuerdos no hieren ni derriban costras viejas, tampoco traen
lágrimas o deseos de volver. Permanecen ahí en la mente, como un expediente que
se abre de vez en cuando, polvoriento o con olor a flores. No es el castigo de
una memoria rica en detalles y absurdos mínimos. Es que cuando voy allá se me
aparece un fantasma.
No debería asustarme porque es pequeño y más frágil
que yo. Pero dice demasiadas cosas, me juzga sin entenderme, me cuestiona hasta
el cansancio de mis propios pasos. Es un inquisidor voraz de información, un
manojo de dudas y esperanzas. Se proyecta siempre frente a mí, lo veo con
claridad, camina a mi lado aún si tengo compañía. Él está arraigado a ese
lugar, nunca va más lejos de los límites de la Calzada de Tlalpan o de Coapa.
La primera vez que lo vi fue en una ida a mi vieja
escuela por un trámite, luego de pasar meses sin volver. Sentí curiosidad, lo
pensé como una alucinación matutina, pero me inquietó lo suficiente para querer
escribir de él. En la segunda línea, se le acabó la tinta a mi pluma. Me
conformé con mirar cómo había cambiado la avenida Miguel Ángel de Quevedo, que
llevaba del caos vial habitual en Taxqueña a la frescura bohemia de Coyoacán.
Pequeño, minúsculo, pero orgulloso en la gloria en que
se quedó congelado como fantasma. Le miré el rostro y era como el mío hace
varios años. Noté su inocencia, el resquemor de su interior, las frustraciones
congeladas, el cabello largo y desordenado, los lentes rectangulares pequeños,
así como un cuerpo escueto al cual atravesaba el aire. Su voz era suave,
esquiva; su aliento olía a café muy azucarado, a una rebeldía no declarada.
De ahí venían sus múltiples cuestionamientos, de todos
esos sueños no cumplidos hasta la fecha, los cuales se habían vuelto distintos.
De nada servía decirle que el tiempo no era lineal, ni la vida una carretera
gringa, de esas que todo el tiempo son rectas. Preguntaba por una cosa, por
otra. Creía que no había hecho lo suficiente para lograrlo. Me miraba con
cierta ira, luego negaba con la cabeza y apretaba los puños.
Yo no fui nada para Taxqueña más que una sombra.
Al volver, aún siguen igual los intrincados paraderos que conectan al sur de la
ciudad, a veces pacíficamente urbano y otras muy distante, en cerros y colinas
donde aún tienen ganado. La prisa es la misma junto con la pereza de mitad de
semana, también el olor de las pizzas grasosas y el pan recién horneado. Aún el
atardecer llega con demora. Es humo
circulante, atenuado por los árboles que aún prevalecen.
Mi fantasma me lee varios de los diarios inútiles y
largos que escribí aquellos años, en los que describía detalles de cada día.
Escucho las conversaciones con cierta curiosidad, con dudas de si era realmente
yo. Esas páginas nunca fueron al fuego, pero se quedaron en el olvido como
borradores de algo que existió y a la vez no. Él piensa que son fantásticas,
que un día se volverán un libro cuasi-best
seller. Cuando le hablo de mis historias recientes, piensa que son un tanto
amargas.
Siempre que me habla o me increpa hay música de fondo.
Un montón de canciones enterradas o en calidad de muertas vivientes que
recuerdo de principio a fin, que por instantes eclipsan el presente. Un día
fueron plegarias a cosas que hoy me parecen ridículas o deseos que pudieron
materializarse, así como otros desvanecidos con el paso del tiempo. Ahí están
también mis covers opacos de guitarra.
Una pregunta recurrente es si la vida al final ha
resultado ser una maravilla o sólo una farsa sin sentido. Suelo responderle que
no es ninguna de las dos cosas. Le increpo también que no tiene derecho a
juzgarme. En los instantes de mayor desesperación le grito que está muerto. Yo
lo maté y no habrá de volver nunca, porque no hay resurrección ni reencarnación
que valga. Se acabó su tiempo, ahora es el mío, pero sigue ahí.
En esos momentos, él llora con aflicción. Al final, es
consciente de que no puede volver y de que no duraría para siempre. Existe,
pero no vive. Habla porque la palabra perdura más allá de cualquier límite;
deambula porque el tránsito no es cuestión exclusiva de los vivos. Me fastidia
porque sus pasos no son ya los míos. Y quien a veces lo invoca no puede
dialogar con él, sólo mirarlo como en una fotografía.
Ese fantasma es una versión anterior de mí, y es
omnisciente en toda Taxqueña. No hay rezos ni espanto, sólo una percudida
nostalgia interrogante y las señales de la ruptura con ese mundo en mi piel.
Los rincones de ese lugar ya no son míos, ni lo serán nunca más. Allá seguirá
mi escuela, centro principal de toda memoria; flujo infinito de historias
mínimas de una adolescencia interior turbulenta, de una creatividad ingenua.
Sé que un día dejaré de recibir cuestionamientos, y
sólo escucharé las historias como si las leyera en un libro. Veré a Taxqueña inundada
por varios días, como en los tiempos que era parte del lago. Puede que la
memoria se difumine con el agua y yo termine también convertido en un fantasma
de mi propio tiempo. Seré precavido porque no deseo morir. Por lo menos que mis
palabras sigan viviendo.

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