La Frustración y la Ausencia

LA FRUSTRACIÓN Y LA AUSENCIA

Ese recuerdo no me deja en paz. Seguro que tiene que ver con la pesadilla que tuve anoche, esa donde era niño de nuevo y la atmósfera suave de mi hogar se tornaba lúgubre; escuchaba gritos, me sentía amenazado, mi cuerpo temblaba. Al final, sólo me quedaba con una ilustración que había visto en un libro y una sensación de abandono. Le contaré a mi hermana en cuanto llegue, se ha demorado como siempre.

Fui un niño que tuvo mucho acceso a los libros de mi casa, no tanto porque mis padres me motivaran a leer, sino a causa de su descuido por lo que hacía en los enormes tiempos de ocio de mi infancia. Recuerdo que uno de esos días, a los cuatro años y sin saber leer, tomé una enciclopedia pequeña. Miré con atención las ilustraciones de paisajes, animales, los planetas, entre otras cosas. Pero eso no fue lo que más me atrajo.

Mis ensoñaciones de juegos en las ilustraciones que había visto se cortaron de tajo cuando miré una ilustración de un hombre y una mujer desnudos, a manera de esquema explicativo, en donde se nombraba cada una de las partes del cuerpo. En un principio no me sentí extrañado, pero luego descubrí algo inusual: la mujer, que me recordó tanto a mi madre, mi hermanita y mis tías, no tenía las mismas partes que yo.

Fui a mi cuarto intrigado con lo que había visto. Quería ver mi cuerpo de nuevo, comprobar lo que había visto motivado por la curiosidad infantil e imaginar cómo sería el cuerpo de una mujer. Me deshice de mi ropa y exploré mi cuerpo, sentí gusto por mi piel, me relajé y jugué conmigo mismo. Mi madre abrió la puerta minutos después, y gritó muy fuerte.

En el acto me dio una nalgada que me dejó marca por varios días, me exigió que me vistiera y no volviera a tocar mi cuerpo de esa manera, además de llamarme “niño marrano”, cual hijo con cola de cerdo de la familia Buendía. Sentí su furia, pero eso no terminó con mi curiosidad del todo. Días más tarde, me atreví a hacerlo a sus espaldas, mientras cortaba pollo. Cuando volteó, sólo me miró fijamente y cortó con fuerza un pescuezo.

Ese sonido metálico rechinó en mi cabeza por varios días y no me atreví a hacer algo así hasta que fui adolescente. Quizás nada habría ocurrido si no hubiese visto el libro, ¿o sí? Hasta la fecha dudo si era algo realmente malo para un niño. Más allá de cualquier mito ridículo, como el crecimiento de vello en las manos, me intrigaba la relación de censura con nuestro propio cuerpo.

Entre mis cavilaciones, llega mi hermana con gesto iracundo. Casi se desquita conmigo, pero después se disculpa por la demora. Es mayor que yo por cuatro años y la veo de vez en cuando. De pequeños peleábamos a cada rato, por cualquier cosa, sin motivo aparente. Quizás sólo éramos un par de miniaturas caprichosas que buscaban atención de padres estresados.

-Desearía ser hombre-me dice mi hermana.
- ¿Por qué?
- ¿No lo ves? Es más fácil.
- ¿Lo dices porque orinamos parados? - le digo riendo.
-No, tonto. Porque ustedes no se desangran cada mes, ni se vuelven insoportables para el resto. ¿Sabes que mi novio no quiere verme en mis días por qué cree que vamos a pelear porque me pongo de histérica? Me hace sentir mal.
-Comprendo, es una situación terrible. Y sí, te pones mal en esos días. Pero ¿de verdad sientes eso o te dejas llevar por lo que el resto cree de ti?

Ella se lleva las manos a la cabeza, suspira y sus ojos se ponen llorosos. Le acaricio la espalda. Me voltea a ver, y casi susurrando me dice: “A ti te quisieron más que a mí”. La declaración me asombra viniendo de ella a esta edad, en que somos adultos y ya maduramos. ¿Cuándo esto se volvió una telenovela? Trato de pensar en una respuesta coherente.

-No lo creo. A ti te quisieron mucho, aún si nuestros padres no estaban. Recuerda todos los juguetes que tenías, como papá quiso hacerte una princesa y hasta te quería hacer un castillito en tu cuarto.
-Sí, antes de que nacieras. Cuando llegaste, todo se fue para ti. Me disgustaba verte ahí en tu cuna, con toda la atención. Para ti todo, para mí nada. Tuya la herencia, el apellido, la fama y que nuestros padres dejaran de follar tanto porque ya habían obtenido el hijo varón.
-No fue mi culpa, ¿por eso peleábamos tanto?
-Quizás, quizás. Creo que incluso el cariño con mamá cambió, y buscaba más a papá. Tuve mucho tiempo el sueño de que realmente me hiciera el castillito, pero se le iban los ojos por ti.
- ¿Eso te hace odiarme ahora?
-No, si fuera así, no estarías aquí.

No había pensado en eso antes. Ella, desde los seis o siete años se volvió ensimismada y muy concentrada en su propio bienestar. Se aplicó a la escuela, obtuvo excelentes calificaciones en cada grado, después llegó a la carrera y no paró jamás. La recuerdo muy ojerosa cada día, cambiando de lentes a cada rato porque sus ojos se desgastaban y con una voluntad de acero que nos impresionaba a todos. Para ella el éxito académico o laboral lo era todo. Lo demás bien podía irse al carajo.

Ahora la miro, y se ve mucho mayor que yo a pesar de que aún nos queda un poco de juventud. No soy capaz de negar sus temores o ridiculizarla porque tiene razón. La extraña suerte que tuve muchos años de mi vida no fue más que la preferencia depositada en mí. Finalmente me atrevo a decir algo que avergonzaría a mi padre: “Desearía ser mujer para entender tu carga por una vez”. Ella se conmueve y me abraza.

 - ¿Cuándo la sangre menstrual dejará de estar maldita para todos? -me pregunta
- No lo está, es más como una señal de vida. Señal de que no tienes un chamaco dentro y todo puede seguir como antes.
- Sí, pero no es suficiente. ¿Por qué no las cosas son más fáciles?, ¿por qué estoy tan jodida aun cuando las cosas parecen ir bien?
-Relaja un poco tu vida, hermana. Conoce tus deseos, deja ese humor tuyo del demonio.
- ¿Relajarme? -me increpa furiosa-Tú no entiendes nada realmente. Ni tú, ni el mundo. Que se jodan todos.

Después de eso, ella se va con lágrimas en los ojos. No acabo de entender qué tan malo es lo que dije para que huyera. La persigo, le llamo por teléfono, le mando mensaje y nada. Ya se le pasará, son sus días. No quise herirla.

*   *   *
Mis padres no supieron de ella por mucho tiempo y sus amigos fueron muy herméticos al respecto. La razón real de que nos viéramos fue que había sido promovida en su trabajo para ser su representante en Madrid. Deseaba contarme primero, pero los recuerdos la destrozaron primero y no quiso saber más. Mis últimas palabras habían herido su orgullo, su voluntad en la que la persecución del éxito lo era todo.

Por su llamada telefónica de hace unos minutos me enteré de que finalmente se inclinó por ser lesbiana en ese momento de su vida, y por fin se sintió realizada. La decisión molestó a mis padres, por lo que no me sorprendería que en unos días empezaran a presionar para que al fin ya tengan un nieto. La extraño, incluso a sus peleas constantes y voluntad inquebrantable. Quizás ya conoció sus deseos.


El sonido metálico de las tijeras aún resuena en mi cabeza. Pensando en ella, a veces dudo de qué es ser humano y qué implica ser hombre. El deseo lo mueve todo, en cualquier dirección. ¿Deberíamos sólo darnos gusto entonces y olvidarnos de lo demás? No lo sé. Que alguien me responda. El vacío, la ausencia, el deseo…terminarán conmigo pronto.


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