Pulsiones Visuales
PULSIONES
Aquí
te tengo, despierto, con los ojos titilantes y los nervios en un cortocircuito
interminable que te mantiene en un estado de excitación constante, que se
traduce en el sudor de todo tu cuerpo en un día frío. Lo único que no se altera
es tu respiración, que permanece tranquila. Estás atado, voluntariamente por
cuerdas no tan fuertes que se pueden soltar en cualquier momento. Sólo están
ahí para controlar tus reflejos primarios en lo que haré.
Accediste
a complacer mis caprichos, por amor, pero también por curiosidad. Dicen que los
amantes conocen mejor al otro mientras duerme, mientras calla y en la explosión
de sus sentidos. Pero quiero tenerte aquí despierto porque me intriga saber que
eres consciente de lo que haré, para mirar tus expresiones espontáneas e
innegables que me llenan de satisfacción. Te leeré por tus ojos, por el ajetreo
de tu boca y la forma en que tus manos aprieten los bordes del sillón
reclinable.
Son
esos ojos tuyos los que me han traído hasta aquí, de un color castaño que a
veces parece más claro y en otras más oscuro, que están cubiertos por tus
lentes, en ocasiones empañados. Los he visto a detalle antes, por varios minutos, cuando
tu mirada estaba distraída y provocabas una paz turbulenta. Ahí estaban, con la
pupila contraída, con los bordes difusos de mi rostro reflejados en ellos. A ti
también te gusta mirarme, llevarme al delirio sin decir nada, erizar mi piel al
escaso contacto y proyectar mis deseos en la dirección de tu contemplación.
Como
guardias sin descanso de tus ojos están esas pestañas, no tan gruesas, pero
ligeramente rizadas por naturaleza que cumplen su ciclo constante con tus
sutiles parpadeos. Las he contado, en distintas ocasiones. Casi siempre son 54
del lado derecho y 49 del izquierdo, dispuestas en un orden casi simétrico de
milímetros que forma proporciones pequeñas pero armónicas. Imagino espirales en
ellas, que sólo son continuación de los remolinos huracanados de tu mirada.
Mi
curiosidad se ha vuelto insaciable y la ansiedad que trae consigo contemplarte
me ha provocado pedirte esto. Tienes cierta expectativa del dolor. Tomaré
algunas de tus pestañas, las arrancaré lentamente y descansarán en mi mano.
Quiero sentirlas sobre mi piel, ver el espacio vacío que se irá formando entre
tus parpados. Las frotaré, pensaré que hago fuego con ellas. Las codiciaré más
que un tesoro. Son mi regalo, son mías. Imaginaré que descienden por mi columna,
y que ese contacto diminuto me provoca espasmos delirantes.
Me
provoca arrancarte cada una de ellas, aún a pesar de tu dolor. Pero no sé si
seré capaz de mirar el desierto de poros que dejaré sobre tu piel, para
tenerlas en mis manos. Así que sólo tomo casi la mitad, alternando, una sí y la
otra no. Al final, pareces víctima de una depilación extraña. Muchas personas
se implantan pestañas gigantescas y tú voluntariamente sin ellas. Has suspirado
de dolor en quince ocasiones, fruncido el ceño y apretado los puños. Un par de
veces una lágrima tímida ha querido salir. Pero al final, tu mirada es la
misma. Paciencia, como el acantilado que resiste a cada momento el embate de
las olas.
Tu
piel está erizada, fría y sudorosa; pero tus ojos siguen ahí, inquietos y
curiosos resistiendo el dolor. Están muy claros, como un manantial cubierto por
hojas otoñales. Las pequeñas arterias y venas que recorren tu globo ocular como
terminaciones nerviosas están irritadas, de un rojo tan intenso como del hierro
ardiente. Contrastan con el blanco mármol. Cerca de mí tengo un alfiler. Deseo
mantener tus párpados quietos y pinchar esas líneas rojas, quedarme con la
visión del contacto, como una alteración perfecta. Pero la sangre que correría
al instante entorpecería la visión. No lo vale.
Pero
tus ojos son tan bellos como una flor fluorescente en la imaginación de un
ciego; como las vibraciones sobre la oreja del sordo y como la caricia en el
descarnado. Son el complemento de la ausencia, disfruto tenerlos sobre mí, pero
a veces no es suficiente. Los quiero cerca, más cerca, palpables con mi piel
como tus manos. Por eso te los quitaría y dejaría tus cuencos vacíos, como
grutas abiertas que han perdido sus tesoros.
Te
los quitaría sin mucha violencia, cortando las separaciones que los conectan al
resto de tu cuerpo. Habría mucha sangre, sí. Gritarías como nunca, perderías
una de tus formas de contacto con el mundo. Los sentiría gelatinosos al
principio, como uvas vacilantes. Ahí estarían tus pupilas claras, con tus venas
cerrándose. Quizás me harían mirar como tú o ir hasta tus ensoñaciones, incluso
aquellas que no me cuentas. Serían míos, para mí.
Pero
no, no lo haré. No deseo dejarte ciego, que nunca vuelva a sentir tu mirada
expresiva sobre mí. Al final me dolería ver tu sangre vertida y lloraría por tu
dolor. Mejor nos quedamos así, te confieso todos mis deseos, mis delirios. Sé
que no me juzgarás, que contribuirás con tu imaginación incansable y que
también me dirás aquello con lo que sueñas hacer. Tenemos placer de imaginar el
dolor por puro gusto estético, pero somos cobardes para entregar nuestra vida a
él.
Sé
que extrañarás tus pestañas caídas, y he decidido concederte un deseo por cada
una de ellas. Tú decidirás si empiezas atado o no. Confío en que dejes tu
cuidado atrás y dejes salir tus impulsos, oscuros o luminosos. Si con el
contacto de tus manos sobre mi cintura inquieta mi interior, imagina lo que
pasará cuando no veas límite alguno. Quizás dejes mi cuerpo deshecho, como un
huracán que choca con una cordillera y los impulsos eléctricos resultantes me
causen escalofríos por varios días.
No
pienses mucho, deja que tus ideas se conecten en mi cuerpo. He amenazado con
tus ojos, ¿qué te querrás llevar tú? Aún si llegas a ser brusco, encontraré
cierta ternura en ti, no como debilidad sino como expresión de amor. Sé que no
me destruirás y que todo esto es una exploración inaudita de nuestros cuerpos.
Me he mostrado ante ti, reducida a mis antojos. Deseo conocerte hasta el final,
en tu gloria y en la belleza de tus impulsos. Ahora déjame sentir tu caos.

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